Elecciones de octubre 2019

La política del odio

Si este 20 de octubre se impone la política de la revancha, de la persecución judicial, entonces es posible que Bolivia caiga en una vorágine muy peligrosa.
domingo, 06 de octubre de 2019 · 00:00

Flavio Machicado Terán Ciudadano independiente y preocupado

Una cabeza ensangrentada apenas sobresale de la tierra. Los vecinos se han congregado para cegar la vida de una mujer infiel. No existe escapatoria: la adúltera y su amiga de infancia no tienen opción. Una debe morir apedreada, la otra debe participar de este salvaje ritual, o ver su lealtad con la tribu cuestionada.  La tribu demanda apego total a sus normas y su verdad. Sin cohesión total, incluso alrededor del  más banal e injusto principio, la tribu podría sucumbir ante los deseos de conquista de la tribu al otro lado de las montañas.

Se supone que con el advenimiento de la democracia, naciones, organismos multilaterales y la proclamación universal de los Derechos Humanos habíamos superado nuestra herencia tribal. Es verdad. Pero no es una verdad absoluta. Cien años después de una guerra que le costó la vida a 40 millones de personas, solo porque un nacionalista serbio asesinó a un archiduque austro-húngaro, la política sigue siendo más visceral que racional. Para muestra un botón.  

El Presidente de EEUU, que perfeccionó el arte de interferir en asuntos internos de sus vecinos, acaba de declarar guerra al partido de oposición. Con el llamado de la presidenta de la Cámara Baja, Nancy Pelosi, a iniciar una investigación con el objetivo de iniciar un proceso de juicio político (impeachment) contra el presidente de EEUU, la temperatura en la política estadounidense ha llegado al punto de ebollución. Irónicamente, el crimen del que se acusa a Donald Trump es precisamente procurar ayuda de terceras naciones para interferir en las elecciones presidenciales del 2020.

La pugna por el poder, dentro del marco de una democracia, solía ser una pugna ideológica. Tal como nos había advertido Nietzsche hace siglos, la verdadera pugna es por el desnudo, crudo y suculento poder. 

La excusa es mejorar las condiciones de vida de la sociedad, la verdad es que el político moderno ha perfeccionado el arte de “el fin justifica los medios”. Lamentablemente el fin –hoy al igual que ayer– es prevalecer sobre la tribu enemiga. 

No hablo del electorado, de aquel ciudadano de a pie que va a la urna ilusionado de que las condiciones de vida mejorarán. No. Hablo del político, cuya herramienta de trabajo es el poder. Su “fin” tal vez alguna vez, o en algunos casos, fue un ideal. Y si bien ha habido políticos comprometidos con su sociedad, dispuestos a sacrificar incluso la vida por el bien común, hoy vemos que lo que predomina es el cálculo en beneficio personal y de su “tribu”.

La clase política estadounidense vio con gran desdén cómo su preciado sistema  político fue secuestrado por la persona más ordinaria en ocupar ese cargo desde que Andrew Jackson ganó las elecciones en 1829. 

El presidente, hoy, es un hombre de negocios deshonesto, de instintos lascivos y estrategias poco convencionales, por no decir dignas de un bully de secundaria. Su presidencia ha sido deslegitimada desde que subió al cargo más alto de la política estadunidense en 2017. 

Ahora los demócratas pretenden llevar a cabo un impeachment supuestamente porque utilizó su cargo para extorsionar al presidente de Ucrania para lograr información comprometedora de Joe Biden.

Existen muchos supuestos, los cuales serán ventilados rápidamente, dada la proximidad  de las elecciones presidenciales en 2020. Lo sorprendente es el nivel de odio que se ha destilado a raíz de una acusación que sobrepasa un simple abuso de poder, para llegar (según algunos demócratas) a traición a la patria. 

Hay contraargumentos importantes, no el menor el que el presidente Trump fue víctima de un dossier falso, infiltrado por los rusos a la campaña de Hillary Clinton, para luego justificar que su campaña sea espiada por los servicios de inteligencia estadounidenses. 

La pregunta aquí es otra. Y tiene que ver con la democracia boliviana. El caso de Trump sirve tan sólo de ilustración. En la administración de  EEUU existen burócratas de carrera que ocupan parte de los más de dos millones de cargos públicos. Algunos pertenecen a los servicios de inteligencia. 

A ese contingente de burócratas de carrera que pudiesen pretender contravenir las políticas de un presidente democráticamente electo, simplemente porque tienen una agenda política diferente, se lo ha denominado deepState (Estado oculto, o profundo). 

Dependiendo de nuestra propia persuasión política, este deepState (o el whistleblower), actúa de manera patriota, o es un agente infiltrado de la oposición.

En Bolivia tendremos elecciones en pocas semanas. Nuestra burocracia no será tan nutrida como la de los estadounidenses, ni nuestro aparato de inteligencia tan sofisticado. Mucho menos tenemos leyes que permitan que emerja un whistleblower para develar las matufias de nuestroslíderes. Pero sí existe el peligro de una nueva “matanza blanca”. 

Ahora bien, es posible que la burocracia deba ser reducida. También es posible que, en caso de perder Evo, muchos empleados públicos sean una manga de inútiles. Pero también es cierto que una burocracia requiere continuidad y beneficiarse de la experiencia adquirida. 

Capacitar a los actuales empleados públicos ha costado mucho, sobre todo un costo gracias a su  ineficiencia y corrupción. Tal vez sólo algunos burócratas merecerán quedarse. Sin embargo, el precio pudo y puede ser aún más alto. Nuestras instituciones son incipientes. No tenemos una economía “blindada” (por mucho que lo pregone Arce Catacora). Si este 20 de octubre se impone la política del odio, de la revancha política, de la persecución judicial, entonces es posible que Bolivia caiga en una vorágine muy peligrosa. 

Espero que el 20 de octubre esta tensa calma que nos agobia se destile en un espíritu democrático de  aceptar los resultados. Atrás quedó el 21F. Legítima o no la candidatura de Evo, vamos a elecciones. Si hay fraude, que el mismo sea comprobado. Porque si bien otros pueden darse el lujo de aplicar una política del odio, temo que en Bolivia ir a las urnas para luego hacerle el juego a políticos cuya mamadera dependerá de su cuota de poder, es jugar con el bienestar y estabilidad de todo un pueblo.

 

 

Confidencial

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