Análisis

Crisis política sin retorno

El uso utilitarista del indio dejará como resultado que su imagen quede por los suelos, después de tantas luchas justas contra el colonialismo, la discriminación y el racismo.
domingo, 10 de noviembre de 2019 · 00:00

Pablo Mamani Ramírez
Sociólogo

 

Durante estas últimas semanas ha habido una especie de pedagogía política. Las aguas se han ido aclarando paulatinamente. Tanto respecto a la opinión política de unos y otros, y el fraude electoral denunciado con documentación, que se convirtió en el punto neurálgico de la actual crisis política. Esto ha reabierto de la imposible sumatoria entre  Estado y la sociedad civil en Bolivia.

Esa dinámica pedagógica ha definido que los aparentemente anti-MAS se hicieran mucho más visibles, mientras que los anti-MAS reales se radicalizaron de distintos modos, y los indecisos se convencieron de la gran importancia de la democracia y de las libertades. En este contexto se ha movido radicalmente el suelo social y político.

Para una gran parte de la sociedad, el fraude se hizo evidente con el fin único de inaugurar una dictadura. El 1 de noviembre de 1979 se produjo el golpe de Estado de Alberto  Natusch Busch y ese recuerdo ha vuelto a la mente de los hombres y mujeres que, aunque no hayan vivido algunos ese tiempo, lo saben por la historia. Los millennials y centennials no están dispuestos a vivir ese tipo de régimen, y ahí surgió la consigna: Ni Evo ni Mesa, sino nuevas elecciones.

Y como consecuencia de ello, la democracia se ha convertido en un valor supremo de la vida política. Como efectivamente debe ser entendido y practicado. Aunque en ello queda un trabajo académico pendiente de cómo hacer una democracia según nuestros gustos y pasiones, que en los ayllus es la rotación, turno y thakhi.

Ante lo anterior, muchos sectores exigen la anulación de las elecciones y las voces suman, y suman día y hora que pasa. Incluido las de las cooperativas mineras de Potosí y de otros sectores, aún con mayor fuerza y legitimidad. Por lo que la segunda vuelta se ha agotado. Muchos sectores, incluidas organizaciones sociales y líderes, han ido aún mucho más allá y piden la renuncia de Evo Morales. Esto, para ser claro y precisos, se dio ya antes de los cabildos realizados el 31 de octubre en diferentes departamentos del país. 

Todo ello ahora deriva en que quienes hicieron el fraude tengan que asumir las consecuencias políticas y económicas. Por lo que la simple fuerza por la fuerza del poder ya no sirve. Dado que en esto el poder no siempre se fundamenta en la fuerza, sino en la aceptación de un tipo de régimen político legítimo, compartido por sus habitantes.

Como muchos sociólogos o politólogos han sostenido, la violencia sin causa justa es simplemente o terrorismo de Estado o violencia delincuencial; es decir, el político o partido político que se apoya en la mera fuerza bruta sale del campo político y entra al campo de la delincuencia. Y en este contexto sus acciones son delitos que la sociedad debe combatir.

Por ello hemos vuelto al principio vital de la vida política, como es la necesidad  social e histórica de la vida humana, dada en la democracia y en la necesidad de la política como arte. Ahí ya no interesa el color político sino la vida misma.

 

Punto sin retorno

Desde el 31 de octubre, el conflicto político se  agravó en Bolivia. La conflagración no sólo es una posibilidad,  ya está en las calles, en las carreteras y en los corazones de los de más de 11 millones de habitantes del país; se está sembrando ánimos explosivos y el hecho de que el “jefe real”, el “jefe único”, no quiera dejar el poder enardece esos ánimos aún más. 

Las violentas represiones en Caranavi, Apolo, Chaparina, a los discapacitados, cooperativistas mineros, pobladores de Achacachi, Comcipo (Potosí), a la Universidad Pública de El Alto, a los  cocaleros de los Yungas de La Paz y a los indígenas guaraníes de Takovo Mora pueden subir este tono.

Y si es así, al parecer hoy ya no hay punto de retorno a lo anterior al 20 de octubre, día de las elecciones, denunciadas como fraudulentas, y con mucha evidencia, dado que se observó ánforas en casas privadas, en autos particulares. A esto se suma la paralización al conteo rápido (TREP), ordenada, al parecer, por el TSE, y muchas otras anormalidades. En esto, muchas personas han sostenido que como nunca se ha visto manejar ánforas por aquí y por allá.

En razón de ello, todo el país está movilizado y en diferentes sectores. Y cada día y hora que pasa se suman más, y más gente, y organizaciones sociales, como los fabriles de Cochabamba, y dos centrales obreras departamentales, que se han fracturado, la de Potosí y Cochabamba, y las cooperativas mineras de Potosí, que han pedido la nulidad de elecciones el 30 de octubre.

A esto se suma que los militares de baja graduación han dicho que no dispararán contra el pueblo. Algo tiene que ver que ellos también fueron violentamente reprimidos en 2015 por pedir la descolonización de las Fuerzas Armadas.

Por ello es que se ha agotado la segunda vuelta y la presencia de la OEA con una auditoría a las elecciones perdió también legitimidad, con el antecedente de que Luis Almagro bendijo la reelección de Morales-García cuando vino a Bolivia.

Existen sectores que aún no se han sumado porque en  su interior hay arduas disputas de unos a favor del gobierno y otros en franco rechazo al gobierno. Y esto también se aceleró porque casi todas las organizaciones sociales han sido divididas desde el poder, mediante la cooptación, el clientelismo, la corrupción, el fraude y la intervención de las sedes de las organizaciones indígenas originarias,  como el Conamaq en los andes y la Cidob, en el oriente.

En ese escenario, si el gobierno declara Estado de sitio, éste, posiblemente, sería el último acto del poder, pues el estado de ánimo es altamente inflamable. 

En el substrato o subsuelo social de la gente existe enojo, rabia, impotencia, lo que, al mismo tiempo, cada día que pasa, se va cristalizando en favor de una democracia que pueda respetar la Constitución Política del Estado y el régimen de libertades ciudadanas. Y, lo fundamental, que el nuevo gobernante  no ahonde el racismo, hoy impulsado desde los niveles del poder y desde los propios sectores criollos de la oposición.

Por lo que el MAS está casi perdido. Y para tener algo de aire usa a mujeres de pollera y hombres de las áreas rurales para polarizar peligrosamente entre el campo y la ciudad, cuando gran parte de los aymaras, quechuas o guaraníes viven en las grandes ciudades, como El Alto, La Paz, Cochabamba, Potosí, Oruro, Sucre, Pando, Tarija e incluso en Santa Cruz de la Sierra. 

Alguna gente en El Alto se pregunta, ¿voy a pelear con mis primos, mis tíos que viven en el campo? Aquí hay un evidente contraste entre la realidad y el discurso político, pues existe una interesante dinámica socioeconómica entre campo-ciudad de alcance económico y cultural tal vez nuevo, aunque el aymara y el quechua vivieron hace décadas esta dinámica. 

El uso utilitarista del indio dejará como resultado, lamentablemente, que su imagen quede por los suelos,  después de tantas luchas justas contra el colonialismo, la discriminación y el racismo.

 

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