Reflexión

Desactivemos las bombas

El gobierno saliente nos ha dejado sembrado el miedo. Por curioso y absurdo que parezca, era parte de su plan: miedo, caos, terrorismo y vacío de poder político para luego retornar alzado en hombros.
domingo, 01 de diciembre de 2019 · 00:00

Gonzalo Lema Escritor

Estamos convertidos en un manojo de nervios. Como fuego nutrido de metralla, nos agrede la información de unos para otros. Sin clemencia y  sin tregua. Nuestras vidas se han convertido en pompas de jabón a punto de reventar con cualquier noticia, aún la falsa. Imaginamos Bolivia como un campo minado y su cuerpo social absolutamente fragmentado. Atomizado. Toda nuestra historia precolombina, colonial, republicana y contemporánea deshecha. 

Pensamos que nada sirvió para nada porque ahora, de pronto, nos hemos convertido en un gigante páramo y es mejor desaparecer. Olvidamos la feroz guerra de Independencia, las varias batallas contra los argentinos, la amputación cruel del Pacífico, la pérdida del Acre, la dolorosa guerra del Chaco y la inclaudicable lucha social en pos de más y más democracia para toda la sociedad. Olvidamos que no somos poca cosa, que sabemos mucho de la vida y que después de cada profundo terremoto siempre nos hemos puesto de pie para volver a caminar. Caminar al frente, además. Es esencial que recuperemos nuestra valiosa memoria. Los bolivianos somos gente de pelea.

 El gobierno saliente nos ha dejado sembrado el miedo. Por curioso y absurdo que parezca, era parte de su plan: miedo, caos, terrorismo y vacío de poder político para luego retornar alzado en hombros. Qué tristeza de gente, qué mentalidad tan ruin. Delirantes, fanáticos, frustrados. 

Como sus tantos planes de perpetuación no prosperaron, decidieron imponerse vía sangre. Sólo así se explica el  magrísimo discurso de renuncia que ambos exmandatarios nos dejaron: enrevesado como nunca, grasoso, patinador, tan falso que había que prestar atención: “¡Golpe de Estado!”. Esa afirmación fue la señal que sus huestes esperaban para movilizarse apretando dientes y blandiendo palos cuando no un fusil. 

Pero, ¿acaso desconocer el resultado del 21F no fue un tijeretazo al hilo constitucional? ¿Acaso la burla (“hemos tomado el pelo a la derecha”) y desconocimiento del artículo transitorio de la Constitución no era un rompimiento de la legalidad? Abominable y tonta conducta.

 Este es el resultado: autoexilio, repudio mayoritario, vergüenza de quienes acompañamos el sueño de la inclusión social, redistribución de la riqueza, desarrollo rural y soberanía. 

Algún detractor a sueldo espera que yo lo diga siempre: yo fui candidato a la alcaldía el año 2004, cuando Evo Morales era diputado (después de la Guerra del Gas, faltaban tres años para las elecciones generales, pero se adelantaron para fines de 2005) y el MAS prácticamente no existía en la ciudad de Cochabamba.  Lo hice de corazón, rechazando otras invitaciones partidarias.

 Precisamente porque los sueños de siempre no han llegado a destino, el boliviano que apoyó con tanta contundencia los años 2005, 2009, 2014,  sabe muy bien que nuestro país debe seguir haciéndose. La miseria no debe ocultar el oro de nuestros corazones. Todo sigue en pie: la inclusión social, la redistribución de la riqueza, el desarrollo rural, la industrialización como la soberanía. Son tareas aún inconclusas pero que los futuros mandatarios deberán implementarlas con sentimiento nacional.

 ¿Que nos exige la democracia en el momento actual? Ya lo sabemos: diálogo. El camino a las nuevas elecciones ha de ser posible si entendemos que, por mucho enojo y fastidio de la gente, se debe conversar con el MAS democrático que existe en el congreso y en el país. 

Necesitamos que trabaje la política sana y llegue a acuerdos: paz en las ciudades, paz en el campo; nuevo organismo electoral, nueva ley electoral que revise exhaustivamente los tiempos del calendario electoral y definir, entre todos los partidos, entre todos los bolivianos involucrados en la política, el día de elecciones. Nada de esto se presenta fácil. Es más: todo luce difícil, pero ya hemos salido de tantas calamidades que confiamos en nuestras fuerzas.

 ¿Será posible interpelar a la sensatez de los extremistas? La vida casi nunca se parece a nuestros sueños, pero tampoco a las pesadillas. ¿Por qué ustedes fuerzan que se parezca a punta de bombas? ¿No es mejor consultar a la gente mediante el voto transparente? Es mucho mejor, lo cree el mundo entero menos algunas tristes excepciones. 

Súmense a la voluntad general y trabajen por el país a la luz del sol. Abandonen sus armas y trincheras, sus pósters del Che, y atrévanse a ser ustedes mismos. Se debe reiterar: la vida no se parece a nuestros sueños ni a la letra de ningún libro. Sin embargo, y es una buena noticia, la vida es más bella. Para advertirla así es necesario que cada día nos reinventemos como se reinventa ella.

 

 

10
3