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El legado de Evo

Los bolivianos no queremos tener otros 14 años como los anteriores. Morales nos escarmentó con sus odios, mentiras y corrupción.
domingo, 01 de diciembre de 2019 · 00:00

Oscar Antezana Malpartida Consultor  boliviano  radicado en Perú

Evo ha dejado un legado horroroso para cualquier país o grupo humano: la división. Ha calado profundamente divisiones existentes. Ha utilizado todo a su alcance: indio versus k’ara (blanco), occidente contra oriente, pobre contra rico, patrón versus trabajador, entre otros, con el único fin de quedarse en el poder para beneficio propio y de sus cercanos cómplices. La mentira, las prebendas y el miedo se encargaron de dividir a los bolivianos, rifar sus recursos y callar denuncias.

 Desde los primeros minutos que asumió a la Presidencia, el rencor le salía como fuego por los ojos cuando leyó su mensaje a la Nación haciendo alusión a que ahora les tocaba a los indígenas a 500 años de dominación sobre el resto.

Las Fuerzas Armadas y la Policía han sido sujetas a vejámenes y humillaciones. La gran mayoría de las instituciones públicas, corroídas y debilitadas por la corrupción, dejaron de cumplir su función de servir a la población para que sus funcionarios masistas se sirvan de ellas. 

La información estatal que debería comunicar a los ciudadanos sobre su gobierno y su país, apuntaba a desinformar y meter miedo. Los tres poderes del Estado y el Órgano Electoral dejaron de servir a los bolivianos para servir a un solo boliviano y su pandilla. Evo tenía todo bajo su poder y control. Las empresas públicas fueron botines de guerra para su partido y han sido manejadas como agencias de empleo masista.

La economía ha crecido porque los dólares han llovido y empapado al país producto del alto precio internacional del gas que, coincidente y suerte de Evo, empezó en 2006. Con semejante cantidad de recursos, Bolivia no ha desarrollado industrias excepto el mamarracho de Bulo Bulo que no es y nunca será rentable y el litio no avanzó un milímetro. No se ha desarrollado ni un pozo petrolero. 

El sector privado invirtió lo mínimo para subsistir y atender la demanda interna generada por el crecimiento demográfico. Otra cosa es el contrabando, que como nunca ha estado en todo su vigor. Somos más dependientes de la exportación de gas que antes y la infraestructura vial sigue siendo mala y escasa. 

La inversión pública se ha utilizado como instrumento de prebenda a ciertos sectores, poblaciones, zonas territoriales, etcétera, y para generar pingües ganancias a todos producto de la corrupción. Así, por ejemplo, la inversión en Perú es cinco veces más productiva que la inversión boliviana porque ésta no se ha decidido en función a su rentabilidad y/o beneficio para la economía. 

Así se han rifado los recursos de los bolivianos. A pesar de todo, de semejante derroche de recursos, tanta la sido la bonanza de dólares que la economía creció y, conjuntamente con los bonos asistenciales, han sido clave para reducir la pobreza. 

Pero ahora, desde el año 2014 que el precio del gas ha bajado (aunque sigue mucho más alto antes de la llegada de Evo al poder) y a pesar de recurrir a las reservas internacionales, que están en picada, y el déficit fiscal cada año más disparado (más del 8% del PIB, similar al año 1984 de plena época de hiperinflación), la economía está dando sus últimos aleteos de crecimiento. 

Es sólo cosa de tiempo, poco tiempo, para que el legado de Evo se haga claramente patente en los bolsillos de los bolivianos.

Pero no podemos solamente lamentarnos del legado de Evo. Todo esto tiene que servir de algo. Los bolivianos no queremos tener otros 14 años como los anteriores. Evo nos escarmentó con sus odios, mentiras y corrupción. No tenemos que volver al año 2005 o antes porque querría decir que no aprendimos la lección. 

Depende de nosotros de transformar ese infeliz legado en algo realmente grande e histórico. Ya lo hicimos con las burlas de Evo sobre las “pititas” y podemos hacerlo nuevamente. 

Desde que los señores  Camacho y Condori se abrazaron, desde que un camba reivindicó a la wiphala, desde que la población de El Alto bajó a apoyar la renuncia de Evo junto a los citadinos de la sede de  Gobierno, desde que la gente dio de comer a los jóvenes que bloqueaban las calles pacíficamente y protegió a los policías en todo Bolivia, desde que las Fuerzas Armadas decidieron a favor de su gente y no de un dictador.

Desde que se respetó la sucesión constitucional y se nombraron ministros de todos los espectros sectoriales, desde que Santa Cruz tiende puentes aéreos para abastecer a La Paz, desde que me llegó un video por WhatsApp que ofrecen abrazos gratis en “puntos de abrazo” en la ciudad de La Paz, podemos empezar a cambiar. 

Que la pesadilla de 14 años de Evo sirva para unir a los bolivianos, para poner por delante a la Patria, para estar conscientes de que si a alguien le va mal, a todos nos puede ir mal, para erradicar mezquindades territoriales o étnicas, y para que nos demos cuenta de que todos nos hundimos o todos salimos a flote.

 

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