Matasuegra

¿La misma piedra?

Evo Morales se dio aires de gran revolucionario, pero se estancó en la comodidad del lujo y las fantasías del poder.
domingo, 01 de diciembre de 2019 · 00:00

Willy Camacho Escritor

 

Hoy, domingo 1 de diciembre, comienza un mes muy diferente. No solo es por la época navideña, sino que es el primer mes que empezamos sin Evo Morales en la presidencia desde hace casi tres lustros. En estos últimos días, la vertiginosa sucesión de acontecimientos nos ha creado una especie de distorsión temporal, parece que hubiese pasado un lapso más largo que el real desde que Evo renunció, pero ni siquiera llegamos a cuatro semanas.

Ahora Evo vive a cuerpo de rey en México, intentando inyectar odio en sus más radicales seguidores que permanecen en Bolivia, porque varios se esfumaron (y resulta llamativo que justo los más “blanquitos” hayan sido los primeros en escapar), incluidos periodistas y demás acólitos que lanzaban loas al jefazo y los justificaban sin ruborizarse.

Honestamente, pensé que Evo no iba a renunciar, que él se iba a aferrar al cargo hasta el sacrificio final. Si yo pensé eso, muchos de sus seguidores han debido cometer el mismo error. Pero Evo no es ni será Allende, el “patria o muerte” siempre le quedó grande y falso. Se dio aires de gran revolucionario, pero se estancó en la comodidad del lujo y las fantasías del poder.

Precisamente eso, la embriaguez de poder, no le permitió ver que esos jóvenes con “pititas” en los nueves departamentos del país no estaban jugando ni estaban dispuestos a rendirse. Y para agravar la situación, cometió un error que más bien era costumbre en su forma de tratar a militares y policías: la humillación. 

Recordemos cómo se hacía amarrar los huatos con edecanes o poner los zapatos de fútbol, y en esta ocasión hizo que la Policía sirviera pollos a supuestos mineros que habían venido a amedrentar a la juventud de la resistencia paceña y a la ciudadanía en general. Fue un craso error que caló hondo en la tropa policial y, sumado a un descontento de antaño, derivó en el amotinamiento que había de poner en jaque al gobierno de Morales.

Lo peor es que hasta ahora no se da cuenta de los errores cometidos, menos aún los reconoce. La última década, su círculo íntimo se encargó de endulzarle el oído y hacerle creer que el pueblo lo necesitaba, y al mismo tiempo, el aparato propagandístico se ocupó de hacerle creer a los sectores más vulnerables de la población que Evo era el único que podía ayudarlos a mejorar. 

Se convirtió en una relación tóxica. Evo está convencido de que ama a Bolivia, pero, como ya no es correspondido, prefiere ver a Bolivia muerta antes que verla con otro. Por eso no dudó en instruir a sus secuaces que incendiaran, literalmente, el país. La cúpula masista hizo de todo por generar un enfrentamiento fratricida, mucho más grave que una guerra civil, porque el objetivo macabro era un enfrentamiento étnico. Sin embargo, el plan no funcionó; es evidente que la gran mayoría del pueblo boliviano no quiere violencia, menos si ésta implica defender a un líder que ha defraudado la confianza de todos.

Evo insiste con que fue derrocado por un golpe de Estado, se niega a admitir que fue el pueblo, con una movilización pacífica, el que le quitó su confianza y, por ende, el mandato. Nada raro, porque su lógica siempre fue totalitaria: si la gente no es masista, entonces esa gente no es el pueblo. 

Así, durante sus tres periodos presidenciales, y también durante sus años como dirigente cocalero, Morales creyó tener el apoyo total del pueblo (pues cualquiera que no lo apoyara no era parte de él), y siempre escudó sus decisiones, incluso las más absurdas, en el supuesto deseo del pueblo. “Yo no quiero candidatear, pero el pueblo me pide que siga siendo presidente”, repitió muchas veces. De modo similar, justificó actos de corrupción, como el caso del Fondioc, con un supuesto pedido del pueblo. En pocas palabras, Morales quiso hacernos creer que él no tenía la culpa de nada, pues él solo obedecía a sus bases. De ahí su falaz eslogan: “Gobernar escuchando al pueblo”, repetido hasta el cansancio en propaganda que a los bolivianos nos costó alrededor de 4.000 millones de dólares, y que gente como el exministro Canelas dilapidó con tal de mantener a gusto a su jefazo.

Pero es momento de retomar la senda democrática, de asumir los liderazgos y la función pública con una verdadera vocación de servicio a la nación. Para la cúpula masista, el partido siempre estuvo primero, antes que la ideología, antes que la patria, pues el partido era el engranaje principal de una gigantesca maquinaria para producir beneficios económicos principalmente.

Entonces, de cara al futuro, no creo que sea un buen comienzo asumir el discurso manido de “si las instituciones me lo piden…”, que es muy parecido al que empleaba Morales en el pasado. Luis Fernando Camacho aseguró en una entrevista que no era ni sería candidato. Y muchos le creímos, quisimos creerle, pues la ausencia de ambición política daba legitimidad a una lucha por la recuperación de los principios democráticos. Claro que tiene derecho a cambiar de opinión, aunque lo ideal sería que mantuviese su palabra (recuerde el octavo mandamiento, señor Camacho), pero, por favor, no se escude en el pedido del pueblo o de las instituciones, asuma la responsabilidad de su ambición legítima, y muéstrese como un líder que, en el futuro, se hará cargo de sus responsabilidades y no se lavará las manos con la excusa de que la gente se lo pidió.

Muchos desean un solo bloque, un solo binomio, que haga frente a los candidatos del MAS. Eso sería lo ideal; sin embargo, ya sabemos que Mesa y Chi volverán al ruedo, probablemente se sumen Camacho y Pumari en otra sigla y quizá hasta Ortiz y Patzi se animen a intentarlo de nuevo (incluso Doria Medina no descartó la posibilidad de meterse en la lucha).

 Eso nos deja en un escenario que favorece al MAS, pues seguramente mantiene un 25% de voto duro y leal que le garantiza una buena bancada y la posibilidad de disputar un balotaje. La pelea entre los candidatos opuestos al MAS será por quién se gana el derecho de ir a segunda vuelta; no se aspira, hasta el momento, a ganar en primera, aunque el MAS, sin duda, hará todo su esfuerzo por ganar con amplia ventaja.

Parece que la distorsión temporal afecta del vértigo reciente nos afecta profundamente, pues no recordamos la dura experiencia atravesada por la falta de unión y desprendimiento. Peor aún, no recordamos que el entusiasmo por figuras mesiánicas nos condujo al borde del totalitarismo fascistoide. A los ciudadanos nos queda la responsabilidad de no tropezar en la misma piedra; a los líderes, la de no convertirse en la piedra.

 

 

54
1