Evaluación

¿Violencia revolucionaria o delincuencial?

domingo, 01 de diciembre de 2019 · 00:00

Carlos Decker-Molina Periodista boliviano radicado en Suecia

 

Se sostiene que la violencia no tiene una doctrina, hay muchos estudios y allí se descubre que la violencia se explica sólo a través de discursos. Quizá el teatro y la literatura son los mejores vehículos de explicación.

Hannah Arendt en su trabajo Sobre la revolución (Alianza, Madrid, 1988, pág.19) sostiene:

“Una teoría de la guerra o una teoría de la revolución sólo pueden ocuparse de la justificación de la violencia, en cuanto esta justificación constituye su limitación política; si en vez de eso, llega a formular una glorificación o justificación de la violencia en cuanto  tal, yo no es política, sino antipolítica”.

En Los Justos, de Albert Camus, una obra de teatro divida en cinco actos basada en la historia real del asesinato del Gran Duque Sergio Romanov, se da una discusión entre dos hombres, Stepán el “duro” y Kaliáyev que representa la fracción idealista de la revolución. La obra gira en torno a estas dos ideas sobre el uso de la violencia política. 

Luego de dos intentos, el primero fallido, pero exitoso el segundo, Annenkov cae en manos de la Policía y lo ejecutan. Dora y sus hermanos terroristas lucharán por convertir la ejecución en un símbolo de la lucha política.

Camus introduce en su obra teatral una nueva dimensión a la historia de Los demonios de Dostoyevski, el dilema moral, metafísico y religioso, en Camus es más explícito.

La violencia descrita en ambas obras es nihilista, asusta incluso a Bakunin cuando recibe la visita de Necháyev el autor del asesinato de un estudiante de la universidad (Los demonios).

El tipo de violencia retratado en Dostoyevski y Camus se puede advertir en el terrorismo islamita:  matar en nombre de una religión (wahabita), no le interesa carecer de un relato que lo haga “lícito”, incluye el suicidio siempre y cuando mate a gente de su alrededor. El suicidio pierde su calidad individual (privada) para convertirse en una granada de guerra. Es violencia terrorista.

La violencia política tiene una expresión “ordenada”, sus autores cumplen con las resoluciones políticas del partido. Es una violencia “con moral” porque es la guerra revolucionaria o popular con sus leyes internas, a veces muy severas con fusilamientos de traidores. Abandonos de la trinchera y revolucionarios que no supieron cumplir con las resoluciones políticas son sancionados o ajusticiados por tribunales populares o militares. Esta prohibida la rapiña.

 

La (nueva) violencia urbana 

En los últimos años aparece una violencia urbana que se arroga o pretende explicarse con el calificativo de revolucionaria por sus consignas socialistas; pero en realidad transgrede los límites morales de la lucha popular porque los actores carecen de plataforma política para “justificar” sus hechos.

No pretendo justificar el uso de la violencia, mi intención es explicar la nueva “insurgencia” más cercana a la violencia de la película Joker, que tiene sus raíces en la psicología de masas. Incendios de estaciones de metro, buses de servicio colectivo, usinas eléctricas, centros comerciales, rapiña, incendios de edificios bancarios, etcétera, no tiene ideología.

Luego de la caída del Muro de Berlín aparece una violencia de nuevo cuño que la considero simple y llanamente delincuencial.

Vuelvo al drama de Camus, hay un diálogo muy expresivo:

— Dora – Abre los ojos y comprende que la organización perdería su poder y su influencia si tolera, por un solo momento, que nuestras bombas aniquilaran niños.

— Stepán – No tengo bastante corazón para estas tonterías. El día que nos decidamos  olvidar a los niños, seremos los amos del mundo y la revolución triunfará.

— Dora – Ese día la humanidad entera odiará la revolución.

Mi intención es hacer una diferencia entre aquella violencia con moral y la otra que llamo delincuencial.

 Si observamos la violencia de la guerrilla del Che en Bolivia concluiremos, al margen de estar o no de acuerdo con el método, que fue entre dos ejércitos, uno que estaba en gestación (ELN) y el otro que era la expresión de la legalidad de ese momento (FFAA), ambos bandos tenían uniformes.    

Otra violencia “ejemplo” fue la de 1952, cuando los trabajadores bolivianos pelearon en las calles contra el Ejército de aquel entonces. Pero, los subversores tenían la orientación política de una plana mayor política e ideológica. No se trataba de una violencia nihilista retratada en Dostoyevski y Camus, era una violencia con el apoyo de un discurso político. El 18 Brumario de Marx nos explica ese tipo de violencia, el de la insurrección popular.

La “nueva” violencia en las ciudades de Bolivia y en otras latitudes está más próxima a la delincuencial que a la revolucionaria. Carecen de un relato político, tampoco ideológico que justifique los incendios de buses en La Paz o los de viviendas de opositores o de enemigos. O los pillajes de supermercados.

Lo que se debe separar de esta aproximación a la violencia es la actitud democrática de la protesta, sobre todo la juventud, que usa sus derechos democráticos de salir a las calles en manifestaciones en contra de la política económica o porque, habiendo vivido en autocracia pseudodemocrática (Líbano-Bolivia) quiere volver al cauce de la constitucionalidad. 

El reto no es revolucionario en el sentido leninista; la juventud pos Muro de Berlín exige más democracia, su agenda incluye la ecología, la igualdad de género, una mejor distribución de ingresos. No pretende la dictadura del proletariado y tampoco el autoritarismo. Es una juventud global, que le gusta ejercitar su libertad individual también global y ese factor es la base de la democracia.

Esa actitud enmarcada en la ley tiene su propio discurso, que juega como fronteras de la aplicación de la violencia. Ésta puede ser defensiva ante la arremetida policial, los estudiantes de medicina que tienen puntos de emergencia en calles y avenidas, es parte de una defensa no de un ataque (Chile). Ese discurso no permite que alguno de los jóvenes manifestantes vaya a la casa del jefe de policía e  intente asesinarlo o incendie su vivienda. 

Si alguien lo hace será un delincuente y no militante político porque mucho que reclame “estar haciendo la revolución” cuando el contexto es la defensa o la ampliación democrática.

Si pensamos un segundo en la violencia revolucionaria, el reclamo violento para el retorno de un líder que ha huido por propia decisión, no es para volver al pasado político, sino para juzgar al huido por haber abandonado su puesto político/militar. Si lo reclaman será para juzgarlo por haber traicionado el “Patria o muerte”, tan cacareado en tiempos de paz y no para reponerlo en una silla dejada como treta.

El Che Guevara decía en uno de escritos: “Cuando el grupo de guerrilleros pierde la brújula ideológica se convierte en una gavilla de bandoleros”.

Trotski, por su parte, decía: “(…) el terror individual es inadmisible precisamente porque empequeñece el papel de las masas en su propia conciencia, las hace aceptar su impotencia y vuelve sus ojos y esperanzas hacia el gran vengador y liberador que algún día vendrá a cumplir su misión”.

La violencia delincuencial es un intento de sustituir la movilización social de las masas con las proezas individuales o de un pequeño grupo ajeno al programa revolucionario. Quien convoque a este tipo de violencia abandona la categoría de líder político para convertirse en capo delincuencial.

Otra causa de la aparición de esta violencia delincuencial es la “construcción del sujeto del llamado socialismo del siglo XXI”. Si ayer la clase obrera era la hegemónica, hoy es una fuerza sometida a la hegemonía de una alianza entre campesinos, indígenas, vecinos de barriadas populares, desocupados y otros marginados (multitudes) que no siempre tienen el mismo objetivo que el que líder ha programado.

Que los últimos hechos de violencia provoquen el nacimiento de una nueva etapa: la de las ideas.

En 1917 Manuel Azaña, presidente español (1936) explicó: “Un partido político, que merezca ese nombre y no sea una horda de aventureros ni una clientela de parásitos adheridos a un personaje figurón, ha de tener un contenido de ideas…”.

 

 

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