Demanda marítima

Del fiasco en La Haya al rapprochement con Chile

Falta de visión histórica, desconocimiento de la materia, improvisación, determinaron la más grave derrota en la política exterior boliviana.
domingo, 15 de diciembre de 2019 · 00:00

Fernando Salazar Paredes  Abogado internacionalista

La derrota de Bolivia en La Haya tiene, solo ahora, una dimensión real que se libera de la camisa de fuerza impuesta por la propaganda del gobierno del MAS. El acceso soberano al océano Pacífico, objetivo central de la política exterior boliviana, fue utilizado como una falsa señal de iniciativa y compromiso que, a la postre, se reveló en una nueva y casi definitiva frustración en todos los bolivianos.

La falta de visión histórica, el desconocimiento de la materia, la improvisación de personajes ajenos al derecho internacional, la contratación de falsos especialistas internacionales –mercenarios, como los denominaba Augusto Céspedes– y el desprecio por los expertos bolivianos, determinaron la más grave derrota en la política exterior boliviana,  rayana en traición a la Patria.

Las relaciones internacionales se conducen en un contexto de equilibrio de intereses guiados por la idoneidad y profesionalismo de sus ejecutores.

Nada de eso se hizo en más de una década de una política exterior hiperideologizada y errática, que anteponía los intereses de una especie de cártel del internacionalismo pseudosocialista a los del pueblo boliviano.  Nuestros aliados de siempre en la causa marítima fueron apartados y encausados en engañosos dictámenes populares, cuyo resultado final fue un anacrónico aislacionismo.

La política del insulto, acompañada por operadores ignorantes del arte de la persuasión, alejó cualquier posibilidad de acercamiento y anuló toda perspectiva de hacer realidad las esperanzas bolivianas.

Desde su inicio, la política exterior plurinacional se caracterizó por su improvisación, discontinuidad y altibajos críticos. Se sustentaba en razonamientos artificiales y artificiosos; era pretenciosa y estridente en el discurso que, a la vez, era confuso en sus objetivos y extravagante en sus definiciones. 

Su ejecución se caracterizó por el uso del artificio y se basó en el capricho. De ahí que solo se limitaba a auto alabarse, convenciéndose que su entelequia imaginaria era la realidad.

La repentina decisión de demandar a Chile en la Corte de La Haya fue producto de un impulso –por no decir capricho– del entonces presidente y fue aceleradamente secundada por un grupo de asesores improvisados  que jamás comprendieron que la solución a este trascendental objetivo, mas que jurídica, era político-diplomática.

El resultado redujo categóricamente la posibilidad de diálogo político.

Hoy, con seriedad y patriotismo, es preciso asumir la difícil tarea de reencaminar la búsqueda de senderos que logren concretar los anhelos de los bolivianos. Son más los lazos que nos vinculan que los que nos separan, con la vecina República de Chile.

Durante casi medio siglo me dediqué a analizar, observar, enseñar y escribir sobre el tema marítimo. Fuimos muy pocos los que nos atrevimos a exteriorizar nuestra posición de que el camino de demanda a Chile en la Corte de La Haya no era el adecuado.

 La actual canciller fue una de ellas. Experimentamos una suerte de resistencia por ignorancia –ostracismo– y, en ciertos casos, amenazas como la de un diputado de apellido Molina que pedía vocingleramente identificar los medios y las personas que no acompañaban la demanda para calificarlos como enemigos del país y de la democracia.

Los responsables del fiasco en La Haya son fácilmente identificables y deben responder al país y a la historia por esta derrota, así como también algunos autodenominados internacionalistas y ciertos excancilleres que fueron abierta y encubiertamente  funcionales, aportando a este descalabro.

A pesar de todo, el país en su conjunto, incluyendo al que escribe esta nota, deseábamos patrióticamente, de todas maneras, que el resultado nos fuese favorable

No fue así. El veredicto de La Haya causó un profundo daño al país y confirmó, ex post facto, a los que consideramos y propugnamos, entonces, el camino de la negociación diplomática en lugar de la demanda jurídica. Nuestro interlocutor, desde entonces, apoyado en ese veredicto, se ha mostrado reacio a iniciar dialogo alguno con Bolivia.

Con Chile tenemos una dilatada historia de relacionamiento. Hemos tenido desencuentros, momentos extremadamente trágicos y expectativas fallidas. No obstante, no seamos peligrosamente fundamentalistas: Si la historia nos separa, la geografía nos une y la economía nos complementa. Esa es una innegable realidad que debemos sopesar debidamente.

En Chile hay sectores adversos a nuestros intereses, pero también hay quienes comprenden nuestra posición. Somos países hermanados y, como en todas las familias, a veces los hermanos se distancian y hasta se perjudican, pero la hermandad prevalece y puede ser camino a la reconciliación y a la justicia.

Soy un convencido de que entre Chile y Bolivia puede existir una nueva racionalidad política basada en el equilibrio de intereses y un nuevo entendimiento. En política internacional no hay amigos, ni enemigos permanentes; lo que hay son intereses y éstos tienden a ser dinámicos. Ya lo dijo Edgar Camacho Omiste, en el prólogo de uno de mis libros, “los errores mas graves en política exterior suelen cometerse cuando no se encuentra el equilibrio apropiado entre las necesidades, los ideales, los instrumentos y las posibilidades”.

En este momento en que parece haberse olvidado el fiasco en La Haya y sus nefastas consecuencias, es preciso hacer un alto en el camino y guiarse por lo que un notable internacionalista norteamericano dijo alguna vez: “Estamos tan ocupados resolviendo lo urgente, que a menudo nos olvidamos de lo importante”.

Pareciera oportuno y pertinente que el gobierno de transición tome debida nota de este mensaje e inicie, prudentemente, un rapprochement con Chile.

 

 

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