Por qué no importa si fue o no golpe de Estado

El resultado del 21F probó que para el MAS la democracia era sólo un instrumento más para obtener el poder.
domingo, 15 de diciembre de 2019 · 00:00

Carlos Guevara Rodríguez Analista

Los que mantienen a rajatabla la narrativa de que hubo un golpe de Estado al gobierno de Evo Morales, o los que mantienen que su renuncia dio lugar a una sucesión constitucional a la presidencia por la entonces vicepresidenta del Senado, nunca van a ser convencidos de la posición contraria, pero eso no importa. Lo que en el fondo importa es cuál era la mejor manera de salvaguardar la democracia. ¿Con la continuación del gobierno de Morales, o con su cambio por el presente gobierno interino?

El quebranto de la democracia por parte del MAS empezó cuando los medios de comunicación masiva fueron intimidados o cooptados. Luego todos los poderes del Estado cayeron bajo el control del Ejecutivo, el Electoral a tal punto que, como se comprobó a través de la auditoría de la OEA a la elección del 20 de octubre que comprobó fraude, llegaba a responder directamente al partido de gobierno.

Este control anti democrático de los poderes del Estado dio lugar a que el gobierno pueda perseguir a sus principales contrincantes políticos, exiliándolos, tomándolos presos o acosándolos jurídicamente. Una situación en la que la democracia era distorsionada para favorecer al partido de gobierno de una forma tan extrema daba una enorme ventaja al MAS en las sucesivas elecciones, y cada vez en mayor proporción.

Luego el desconocimiento del resultado del 21 de febrero del 2016, cuando el gobierno perdió el referéndum para su reelección indefinida, significó un rompimiento abierto y expreso de la democracia, cuya máxima expresión es la voluntad del pueblo a través del voto popular.

El resultado del 21F probó que para el MAS la democracia era sólo un instrumento más para obtener el poder: cuando le convenía aceptaba sus resultados, pero cuando le eran adversos, no. Por tanto, el fraude perpetrado por el gobierno el 20 de octubre fue solamente una prueba más, si bien la más contundente, del carácter fundamentalmente autocrático y anti democrático del MAS.

El propósito de aferrarse al poder a cualquier costo, como una extensión natural de un régimen autocrático, se desveló de manera dramática con la declaración de Morales, después de la elección del 20 de octubre pero antes de su renuncia, cuando se vio acorralado por la reacción masiva de la población en contra del fraude electoral, de que sus fuerzas debían cercar a las ciudades de modo de asfixiarlas.

Luego, en el exilio, su conversación con un dirigente cocalero con antecedentes penales y ligado al narcotráfico, difundida extensamente, llamando nuevamente al cerco de ciudades para privarlas de comida, y dando instrucciones de cómo mejor llevar adelante bloqueos, además de otras declaraciones que en esencia incitaban a mayor violencia, mostró más allá de toda duda razonable que no se limitaba a métodos democráticos en su accionar político. 

Aquellos que mantienen que fue un golpe de Estado, pretendiendo con esa aseveración desacreditar al actual gobierno de transición, mantienen como una tesis central de su argumentación el ofrecimiento de Morales de llamar a nuevas elecciones con un nuevo Tribunal Supremo Electoral, esto apenas después de que la OEA hizo conocer a primera hora del 10 de noviembre que, en esencia, se había comprobado el fraude. O sea, lo que se pretende demostrar señalando esa declaración de Morales es su espíritu democrático capaz de extraordinario desprendimiento.

Como se puede constatar al analizar y revisar el accionar de Morales, ese tipo de análisis es resultado de ignorancia, ingenuidad o mala fe. Además, si consideramos su comportamiento hasta el presente podemos proyectar lo que hubiera sido su accionar si es que ingenuamente se hubiera aceptado su propuesta y levantado las medidas de presión el 10 de noviembre.

Primero, hubiera nombrado comandantes de las FFAA a aquellos considerados incondicionales a él personalmente. De igual modo con la Policía.

Segundo, hubiera perseguido a los principales dirigentes que lideraron el rechazo al fraude y que reclamaban su renuncia.

Tercero, hubiera sustituido al TSE por otro igualmente obsecuente.

Cuarto, se hubiera postulado nuevamente; en su declaración del 10 de noviembre no ofreció no ser el candidato oficialista.

El resultado hubiera sido la continuación, a través de otra elección amañada, de un régimen que ya había probado que no era democrático, el cual hubiera tenido que recurrir a medidas cada vez más represivas y dictatoriales para mantenerse en el poder, estilo Maduro, por quien sabe cuánto tiempo más.

En cambio, lo que se dio fue un gobierno de transición cuyas cartas de presentación son demostrablemente democráticas. El congreso, con dos tercios pertenecientes al MAS, continuó sesionando ininterrumpidamente desde la sucesión presidencial en el ejecutivo, demostrando la inexistencia de una persecución estrictamente política. Esa realidad dio lugar a la pacificación plena del país a pesar de los intentos de Morales y de algunos o muchos de sus seguidores, abierta o solapadamente, de fomentar la violencia para intentar volver al poder sin importar el costo en vidas humanas y destrucción.

Luego logró la aprobación, unánimemente, de la nueva ley electoral en el congreso.

Por último, el proceso electoral se encuentra en marcha, todo con la participación y aceptación del bloque mayoritario del MAS en el congreso y fuera de él.

Si en Bolivia el principal objetivo era salvaguardar la democracia, más allá de si hubo o no un golpe, está claro que el único modo de lograrlo era a través de la ascensión de un gobierno interino como el actual.

Sólo los que no consideran mantener una verdadera democracia un mayor objetivo al de mantener en el poder a un gobierno de la línea del “socialismo del Siglo XXI” tendrán la posición, abierta o encubierta, que era preferible la continuidad del gobierno de Morales al cambio de gobierno que se dio.

Los que comentan los últimos acontecimientos en Bolivia deben ser honestos: o prefieren un gobierno que, por más que se apegue a sus preferencias político-ideológicas hubiera sido incontrastablemente un gobierno dictatorial con ropaje democrático, o un gobierno de transición que garantiza una restitución plena de la verdadera democracia.

 

 

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