Consensos

Un país fracturado, pero con futuro

Las fracturas de nuestra historia requieren que nos miremos de frente, en nuestras diversidades ideológicas, políticas y costumbristas.
domingo, 15 de diciembre de 2019 · 00:00

 Max Murillo Mendoza   Ciudadano boliviano.

 

Los fantasmas del pasado son demasiado fuertes en nuestra historia, despiertan cada vez que tienen la oportunidad de buscar venganza. Cuando creíamos que estos años habíamos curado en algo esas enfermedades del pasado, pues vuelven a brotar con fuerza en estos días, se hacen cotidianos y se enfrentan en las calles como en los siglos anteriores. 

Las excusas sobran: elecciones, cómputos, internet, etcétera. Son fantasmas que reclaman ser atendidos en el presente; pero el presente sigue siendo incapaz de ver el pasado, de curar aquellas heridas que definitivamente se encuentran en el pasado.

Las fracturas de nuestra historia, si es que la tenemos, son evidentes: historia del racismo, historia de un Estado que no es Estado, historia del saqueo, del desprecio y la guerra prolongada mental. Profundas raíces en el tiempo, que requieren que los bolivianos nos miremos de frente, en nuestras diversidades ideológicas, políticas y costumbristas, para por fin empezar a dialogar. Porque no tenemos otra salida, la de entendernos y consensuar para convivir. 

Es verdad que las injusticias han sido las constantes. Pueblos marginados y casi destruidos en nombre del progreso y del desarrollo, de esas ideologías inventadas en occidente con miradas de supremacía racial. Pero, a pesar de eso, tenemos que encontrar la salida civilizatoria para conocernos y convivir. 

Porque lo contrario sería el dolor, la balcanización y la muerte, pues pienso que podemos ser más sabios y optar por la convivencia de distintos. Las experiencias mundiales (la guerra de los Balcanes) deberían iluminarnos para no buscar la locura, el sinsentido y la tragedia humana.

Venimos de civilizaciones milenarias, que por azares de la historia nos topamos con occidente, que también vienen de historias milenarias y ricas como las nuestras. Siglos de desencuentros e injusticias, cierto. 

Aún seguimos con esos recuerdos. El siglo XXI parecía de sueños y desafíos; pero nos sigue arrastrando al siglo XVI, allá donde está el origen de los errores y los desaciertos. Y no estamos siendo capaces de encontrar la bisagra para abrir las puertas de la comprensión, de la convivencia civilizada para por fin  morar felices en estos territorios, en esta vida. 

Los errores de estos años son por supuesto monumentales. Hay aciertos que debemos reconocer. Esos errores que son continuidades de la política tradicional, desde el siglo XIX, nos están llevando a la tragedia: Estado patrimonialista, corrupto, sin políticas de Estado modernas, sin capacidad de generar Nación. 

Las reacciones de la cotidianidad tienen que ver con esos aspectos, más allá de otros que también influyen en la política de los intereses mundiales y regionales. Errores que además se han mezclado con resentimientos y venganzas inconscientes, quizás conscientes  también, que están derivando en respuestas en ese mismo sentido. 

Las nuevas generaciones se mezclan en medio de esas complejidades que devienen de siglos anteriores. Las postmodernidades nada pueden hacer frente al poder de la tradicionalidad, pues las generaciones anteriores no han resuelto sus desafíos, o lo han hecho a medias que no es suficiente para arrancar con los desafíos del siglo XXI.

 Las nuevas generaciones tienen que acomodar lo suyo, a las viejas estructuras políticas que no acaban de morir, además de sus representantes. Es ciertamente un choque de mentalidades, de maneras de ver el mundo y la vida, muchas de ellas definitivamente contradictorias.

No somos una isla, somos parte del mundo que está en cambios y transformaciones profundas. Las crisis del mundo desarrollado y agotado, muestran también sus rostros de preocupaciones, ya que sus poblaciones están en las calles reclamando justicia y atención social a sus demandas. Si queremos ser parte de ese mundo exigente, pues tenemos que ponernos al día en varias cosas, en muchas cosas si queremos sobrevivir: nuestro llamado Estado no es Estado. 

Sólo han cambiado sus edificios y su fachada de pinta; no en la profundidad de sus estructuras, pues la gestión es un desastre. Modernidad no son edificios lindos, sino mentalidad y costumbres. Educación de punta y competitiva, como gestión y transparencia en la información. 

Es decir, si no consensuamos como sociedad y nos ponemos de acuerdo para convivir juntos, no podremos mirar más allá de nuestras narices y seguiremos siendo los provincianos nomás que somos, desde las clases altas que son las más provincianas. 

Es urgente el acostumbrarnos a sentarnos y consensuar en tantas cosas. La balcanización mental nos está haciendo un daño irreparable. Nos estamos estancando como país, nos estamos quedando en el siglo XIX. Nos estamos quedando en el pasado de una manera enfermiza, con los traumas no resueltos que resuenan como tambores de guerra, cuando la inutilidad política se pone de manifiesto.

Construir  Nación. Construir Estado, aunque tarde. Construir nacionalidad boliviana para enfrentar el presente y el futuro de nuestra historia. Pero la condición es consensuar y mirarnos los rostros multiculturales, desde nuestras diversidades, sin trampas ni engaños. 

Es posible si es que nos despojamos de nuestras mezquindades y arbitrariedades políticas, provincianas y nada constructivas.

 

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