Crisis regional

De movimientos y explosiones sociales

En la generalidad de países las juventudes debutan y se gradúan en la política planteando recomposiciones estructurales.
domingo, 22 de diciembre de 2019 · 00:00

Adalid Contreras Baspineiro Exsecretario General de la Comunidad Andina de Naciones

¿Por qué los pueblos latinoamericanos se agitan con olas de indignación que están resquebrajando los pisos de los sistemas estatales? La pregunta se ha hecho recurrente en el ambiente político continental, con una línea de respuestas que aduce que la pobreza y la desigualdad no son sólo asignaturas pendientes, sino que se han agudizadohaciéndose intolerables. En otro orden están las afirmaciones sobre el déficit democrático que sostienen que la corrupción, la impunidad y el autoritarismo han rebasado los límites y la paciencia de las poblaciones. Y es también un argumento que en los actuales sistemas los jóvenes no avizoran futuro y exigen reinventarlos. 

La pregunta ronda también en el ambiente académico y, entre otras explicaciones, Manuel Castells identifica tres factores. La crisis de legitimidad política, que se expresa en una transformación caótica y fragmentada de los sistemas políticos; la emergencia de movimientos sociales, que surgen con nuevos valores de todo tipo; y las explosiones sociales que no son movimientos articulados en torno a proyectos, sino que la gente no puede más y explota.

Para nosotros, la explicación está dada por un proceso combinado entre el agotamiento ciudadano y sus grados de apropiación y exigibilidad de sus derechos, que no encuentran correspondencia en la desinstitucionalización de los mecanismos democráticos, ni en la estrechez de las políticas estatales que se han estancado en propuestas conservadoras, cuando no regresivas, por lo que unas veces espontáneas y otras orgánicas, multitudes ciudadanas indignadas intervienen para transformarlas.

A diferencia del caso boliviano, donde la coyuntura crítica emerge por irregularidades en el proceso electoral que profundizan el malestar ciudadano por el desconocimiento de su voto en el Referéndum del 21 de Febrero de 2016, en otros países el motor del descontento que erupciona un agotamiento acumulado, son las medidas que profundizan los efectos perniciosos de las políticas de ajuste estructural, característica de sus propuestas estatales. 

En el caso ecuatoriano la movilización indígena y ciudadana es provocada por el anuncio de la eliminación de subsidios a los combustibles, con un incremento de la gasolina en un 75% y del diesel en 200%. En Colombia, la chispa que enciende la ira ciudadana es el anuncio de una reforma laboral, así como el pago de salario diferencial por regiones y edades. En Chile, el conflicto que empieza y arde con el incremento de 5 centavos de dólar a las tarifas del metro, se profundiza con el alza de tarifas eléctricas y de productos alimentarios.

Ante estas situaciones, la reacción ciudadana, desde un eje compartido de indignación con insurgencia de multitudes, tiene diferentes expresiones y evoluciones. En el caso ecuatoriano se trata de una reacción orgánica, estructurada, alrededor de una poderosa articulación de las organizaciones indígenas, que tienen una larga trayectoria de vida política. De manera parecida, en Colombia el liderazgo lo tiene el Comité Nacional del Paro conformado por las organizaciones sociales más representativas, que van sumando en sus demandas reivindicaciones como el desmonte de la reforma tributaria y el cumplimiento de los Acuerdos de Paz.

El caso chileno es suigéneris, porque arranca autoconvocada por grupos de estudiantes que declaran desobediencia civil al alza del pasaje y, en una relación progresiva con la represión estatal, van sumando nuevos actores y demandas, hasta plantearse una nueva Constitución Política del Estado. 

En Bolivia, la defensa ciudadana de su voto, escala en propósito combinado con las organizaciones políticas a la demanda de una segunda vuelta y la convocatoria a nuevas elecciones, para con ese ímpetu, la iniciativa de los movimientos cívicos y el apoyo de las fuerzas del orden, encaminarse a la renuncia del presidente.

La participación ciudadana tiene como característica su naturaleza articuladora de solidaridades, en dinámicas que otorgan estatuto político a nuevas formas de movilización basadas en el encuentro. En las calles bolivianas las “pititas” que cruzan de una acera a otra tejen hermandades vecinales. En la generalidad de países las juventudes debutan y se gradúan en la política planteando recomposiciones estructurales desde sus causas concretas; mientras que las familias se hacen actor político con su intervención socializadora en la protesta social. 

Y, en todo lado, el pedido clamoroso de pacificación se simboliza en los cacerolazos que le hacen sentir a uno que no está solo, con lo que se disipan los miedos y se enlazan las esperanzas. En los distintos países, la represión desmedida, la violación de los derechos y el desprecio oficial a los movimientos sociales, agigantan las movilizaciones.

La expresión indeseada son los hechos de violencia que deforman la naturaleza de los movimientos sociales, sembrandomiedo alimentado por mensajes que apelan a la emoción en las redes sociales, y zozobra con la quema de viviendas, de infraestructura pública y policial, ataque al transporte municipal y asalto de centros comerciales. 

En Ecuador, Colombia y Chile se declara estado de excepción y toque de queda, mientras que en Bolivia tras la renuncia del presidente Morales, en 48 horas de ausencia de gobierno y de policía, el vandalismo reina en la oscuridad y los ciudadanos se ven obligados a crear sus propias formas de resistencia familiar y barrial.

Otro factor regresivo en la coyuntura crítica es la exacerbación de prácticas racistas. En Bolivia la quema de la wiphala es el móvil para la amenaza de una guerra civil; en Colombia y Ecuador los movimientos son descalificados por su mayoritaria composición indígena y popular. Y en Chile, los cuicos o blancos que hacen sus compras en el lujoso centro comercial de la comuna Lo Barnechea, insultan y expulsan a los rotos o descendientes de campesinos que vitrinean en ese sistema de “consumo conspicuo”. Estos espectáculos indolentes le hacen preguntarse a Alicia Ortega: “¿qué nos queda sino confirmar que la colonia sigue en pie entre nosotros?”. 

En la América Latina contemporánea, tanto los movimientos como las explosiones sociales son mucho más que protestas esporádicas, ya que se constituyen en formas de acción colectiva para la búsqueda de objetivos compartidos que destapan problemáticas nacionales irresueltas y señalan caminos de recomposición de los sistemas políticos, de los modelos estatales y de las democracias imperfectas.