Reflexión

La política como enfermedad

La política persigue el poder y, cuando lo alcanza, quiere conservarlo para siempre. Ese es su espíritu, su esencialidad.
domingo, 22 de diciembre de 2019 · 00:00

Gonzalo Lema Escritor

Pensada, en principio, como oficio destinado a solucionar todos los conflictos y contradicciones que genera cualquier sociedad, la política ha devenido en enfermedad. ¿Cuándo sucedió su quiebre? En el mismísimo principio, debido, sin duda, a su ambición patológica por el poder. Nada ha logrado extirpar su angurria: leyes, reflexiones, filosofía o inteligencia, se diría, planificada. 

La política persigue el poder y, cuando lo alcanza, quiere conservarlo para siempre. Ese es su espíritu, su esencialidad. Pareciera que así se explica. 

Sin embargo, la numerosa humanidad piensa que no debiera ser así: La política es un oficio que debe ejercerse temporalmente, sujeto a leyes (restricciones), condicionado por la ética (denostada por los políticos profesionales) y pensado siempre para hacer el bien a todos, no el mal. El divorcio de la sociedad con el ejercicio político es evidente. Conviven casi siempre de espaldas, ocultando arcadas y la cola de diablo.

 La perpetuación en el poder, la acumulación de riqueza mal habida y la eliminación del rival es el combo. El paquete que el político se propone desde un principio. Diversas formas se han probado, en nuestra realidad, a objeto de lograr lo primero. Un ejemplo clásico (1964) provocó el golpe del General Barrientos y las barbaridades posteriores. 

Otro ejemplo es el actual basado en la postulación sucesiva en mérito a un supuesto derecho humano. Muy imaginativo, es cierto. La revuelta popular no se ha dejado esperar. De manera sorpresiva, la juventud y las mujeres han echado por los suelos esa pretensión. 

Respecto a la acumulación de riqueza, el glosario de ejemplos es interminable. El político suele tener las manos en las arcas fiscales, una vergüenza que no acaba. Nada lo intimida, ni siquiera la cárcel. ¿Alguien piensa que esta historia de corrupción podría acabar pronto? Bueno sería conocer los fundamentos de su esperanza. 

Por último, la eliminación cierta del rival como idea obsesiva. No sólo desea acallarlo, sino encerrarlo y, de ser posible, eliminarlo. Los ejemplos pululan. Esta práctica está arraigada de tal manera que, inclusive en redes, entre ciudadanos que dan su opinión, brinca la amenaza bárbara. 

La política anclada en el fanatismo, pérdida de razón y enceguecimiento absolutos. ¿Acaso la solución a todo conflicto no es el debate? ¿Acaso si, luego de debatir y no llegar a acuerdos, no es mejor votar? Este camino inteligente y sencillo es aplastado por la diatriba, por el insulto y por, reitero, la amenaza. El resultado es el quiebre de la armonía social. ¿Le importa eso? Ahora se advierte que a mucha gente le tiene sin cuidado. 

Es el poder lo que persiguen detentar para siempre. Quienes osan pensar diferente, o con matices, son los enemigos que se debe amenazar, silenciar o eliminar. Esta afirmación ¿no les provoca la imagen tierna de un greñudo en la puerta de su caverna? Con su garrote, con su fuego…

 Un círculo vicioso nos está entrampando: la política mancha y, por ello, nuestros mejores ciudadanos no desean participar de esta actividad. No faltan razones: apenas se postula esta gente, la misma sociedad esmera sus recursos para estigmatizarla: corrupto, falso, vendido, tonto… 

Parece que la sociedad no se ha detenido a pensar en su propia conducta. Quiero decir que, si seguimos en lo mismo, la actividad de la política continuará en las mismas manos, con la misma gente. ¿Por qué no pensamos, más bien, en jerarquizarla? ¿Por qué no alentamos a nuestros mejores ciudadanos a participar de la conducción del Estado y sus instituciones? 

Hasta ahora son siempre motivo de excepción, un número pequeño que no alcanza. Urge que reflexionemos al respecto: jerarquizar la actividad política, respetar al valiente ciudadano que se atreve, incentivar el debate con provecho, atajar la picardía y dejar de apoyar a quien, sabemos sobradamente, no está hecho para conducir a su comunidad municipal, departamental o nacional. Creo que nadie acabará con jaqueca por pensar en este tema.

 Es importante hablar de las excepciones. Casi siempre son quienes recuperan al país de su debacle. Lúcidos, valientes. Consagrados al servicio social. Honestos. Frontales. Demócratas, nada fanatizados. Desprendidos. Líderes, en suma. Son pocos, pero existen y son nuestros contemporáneos. Se ajustan a nuestros diversos gustos si no somos intolerantes. 

Con ellos contamos para sumar a más personas. Que la realidad boliviana vuelque como un panqueque basada en todo lo logrado. ¿Acaso la continuidad de lo positivo no forma parte de la ética política? Sólo debe desecharse lo malo, explicando, además, por qué. Bolivia espera esta reacción. Demos el paso ahora.

 

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