Matasuegra

Hartos de la picardía

Los 14 años del MAS fueron signados por este vicio, que en un inicio hasta resulta jocoso, pero cuando se repite, provoca indignación.
domingo, 29 de diciembre de 2019 · 00:00

Willy Camacho  Escritor

 

Por algún extraño motivo, en nuestro país (en realidad, en casi todos los países de Latinoamérica), se exalta la picardía criolla. Quizá porque algunos intelectuales del pasado siglo analizaron este rasgo y le hallaron virtudes, que probablemente en determinado contexto histórico y dada una coyuntura social distinta sí las tuvo, pero que a la luz de estos tiempos resulta un anacronismo que tiende a convertirse en cinismo puro y duro.

La verdad es que la picardía es una característica del populismo, en cualquier vertiente, y los 14 años del MAS fueron signados por este vicio, que en un inicio hasta resulta jocoso, pero, cuando se repite, provoca profunda indignación. La picardía, como los chistes, es admisible un par de veces, luego pierde gracia y comienza a molestar. Así, las ocurrencias de Evo Morales, al inicio de su primer gobierno, nos causaban gracia, incluso ternura, pues veíamos un hombre sencillo, francote, que representaba una brisa fresca en comparación a la acorbatada seriedad e hipocresía de los gobiernos precedentes. El problema es que, poco a poco, de castaño se fue pasando a oscuro, y Evo comenzó a instaurar la picardía como principio de gobierno.

Cuando las principales autoridades actúan de manera incorrecta, el mal ejemplo cunde, y toda la sociedad involuciona. Podemos apreciar esto en la conducta de los choferes de transporte público urbano de La Paz (aliados del masismo), quienes no se orillan para que los pasajeros suban o desciendan del vehículo, no respetan los semáforos ni los pasos de cebra, hacen trameajes, etcétera. Claro, ellos creen que son muy vivos, que solo los idiotas cumplen las normas de tránsito, y así parece, pues, cuando la picardía se normaliza desde la cabeza misma del Estado, no hay estupidez más grande que respetar la ley y el bien común.

Álvaro García Linera procuró dotar a la picardía criolla de un matiz intelectual y acuñó términos rebuscados para justificar sus triquiñuelas, como eso de la “estrategia envolvente” luego de engañar al país y agenciar la primera repostulación de Evo cuando expresamente se había acordado que no lo iba a hacer.

 De ahí a que Morales hablara sin tapujos de que él “le metía nomás” y luego los abogados arreglaban, solo había una diferencia: la simpleza verbal de uno, frente a la pose académica del otro, ambos pícaros. Y no sé cuál fue peor, porque hay que recordar que a García Linera le pareció asunto de idiotas eso de terminar la universidad y obtener el título, cuando un pícaro puede pasar por profesional con solo un poco de labia. Por lo menos Evo no tenía esas poses, se asumía ignorante y repudiaba públicamente los libros y el estudio.

El caso es que de la normalización de la picardía se pasó a la legalización, cosa que se logró con la instrumentalización de la justicia. Efectivamente, Evo le metía nomás y luego el gobierno se daba modos de legalizar lo que el presidente hacía, ya sea presionando a los operadores de justicia o creando leyes y decretos. El caso más grave de esta lógica pícara quizá haya sido el desconocimiento al resultado del 21F. 

Claro, los pícaros decían “el referéndum era para modificar la Constitución y no se la ha modificado”, con un cinismo indignante, y así justificaban la absurda interpretación del Pacto de San José con la que el TCP avaló la intención de Morales de vulnerar la Constitución y el voto del pueblo. Le metieron nomás, y sacaban pecho, se sentían orgullosos de su jugada, porque su picardía se había impuesto, una vez más, a la legalidad que observamos los ciudadanos estúpidos (así nos consideraban los masistas).

Pero todo el aparato estatal funcionó bajo el principio de exaltación de la picardía. Se destinó ingentes cantidades de dinero para hacer campaña perpetua en favor del MAS y, principalmente, con el propósito de mitificar la figura de Morales, de convertirlo en una semideidad e inscribirlo como tal en el imaginario de los sectores más vulnerables y desprotegidos (que, aparte de canchitas y algún proyecto de riego, siguieron postergados, con una educación peor a la del neoliberalismo, pues lo ideal para el MAS era tener gente ignorante predispuesta a creer sus mentiras).

 Para este fin, utilizaron Bolivia TV, la Radio Patria Nueva, crearon un pasquín llamado Cambio, un estudio audiovisual con recursos de Mi Teleférico y varias radios comunitarias, es decir, gastaron cuatro mil millones de dólares para financiar la campaña constante de un partido, dinero que era de todos nosotros. Es que el pícaro jamás usa su propio dinero, eso es de idiotas, el pícaro se aprovecha de los recursos públicos.

La mente del pícaro no deja de ser sorprendente, ya que halla mil caminos para evitar asumir su responsabilidad, porque el pícaro jamás acepta que cometió un delito o siquiera un error. En una entrevista reciente, por ejemplo, la diputada masista Betty Yañíquez se mofó del informe de la OEA sobre el fraude, indicando que solo se habla de “irregularidades” y que solo en un 3% de las actas había algo mal. 

¿Cuántas actas tendrían que estar mal para que la señora Yañíquez admita el fraude? En su lógica, probablemente robar mil pesitos no es robo; de un millón para arriba recién hay delito. Yendo a un extremo, me gustaría saber cuántas penetraciones carnales son necesarias para que la diputada Yañíquez considere que se ha cometido una violación.

Imagino que el excónsul de Bolivia en Orán (designado por Evo Morales) ha debido pensar que ocho kilitos de droga no es gran cosa, y se ha debido sorprender mucho al comprobar que la policía argentina no piensa igual. Y no es la primera vez que gente vinculada al MAS tiene problemas de tráfico de cocaína. Es que los pícaros piensan: “si todos los hacen, ¿por qué yo no puedo ganarme unos pesitos extras?”. 

Claro, sería de idiotas no aprovechar la oportunidad. Lo cual debería mover a sospecha a los argentinos, que hoy recibirán a mil dirigentes masitas en su país. Quizá algunos tengan la intención de financiar el viajecito con algún tipo de contrabando. Ojalá que no, porque al final, quedamos mal todos los bolivianos.

Y si penábamos que la picardía quedó atrás con el MAS, el ministro Arturo Murillo nos ha hecho pisar tierra con el nombramiento de su hermana como cónsul de Bolivia en Miami. 

La justificación es que la señora estaba siendo amenazada por cocaleros y se le dio ese cargo por razones humanitarias. Y ya que son tan humanos, ¿por qué no darle un consulado en un paraíso tropical, cierto? Fuera de sarcasmos, es una mala señal que, esperamos, la presidente Áñez sepa corregir de inmediato, pues lo bolivianos ya estamos hartos de tanta picardía.

 

 

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