Política y religión

Los inescrutables caminos del Señor

Cuando se acude al Omnipotente en busca de resolver los asuntos humanos la cosa, como sentencia la ley de Murphy, sólo puede empeorar.
domingo, 08 de diciembre de 2019 · 00:00

Luis González Quintanilla Periodista

El desenlace de la porfiada lucha  de los bolivianos por vivir en democracia me ha hecho reflexionar sobre la perseverancia que tiene el hombre para meter a Dios en los embrollos terrenales.  Creo que la historia viene demostrando  que cuando esto ocurre la cosa tiende a ir a peor. 

 A veces me inclino a pensar que el rector del camino de nuestra especie es un proyectista lleno de inconsistencias.  Suele jugar fuerte, como un tahúr del Mississipi en los tiempos de Lo que el viento se llevó. Tira los dados  cargados. La mayor parte de las veces caen construyendo destinos  injustos para sus criaturas. Claro –los creyentes a los que respeto vitalmente–  nos plantean un enigma escondido tras una incógnita: los caminos de Dios son insondables. 

 El anónimo, cuando los musulmanes cruzaron del norte de África e  invadieron la península ibérica,  tejió un romance lleno de sabiduría: “Vinieron los sarracenos y nos molieron a palos/ porque Dios ayuda a los malos/ cuando estos son más que los buenos”. La ayuda a los buenos, se supone que viejos cristianos, les llegó sólo ocho siglos después de la invasión árabe, cuando  los reyes católicos  acabaron con el último monarca moro de Granada. Muchos siglos fueron en la noche de los tiempos. 

Por eso, subrayo la  hipótesis de que cuando se acude al Omnipotente en busca de resolver los asuntos humanos la cosa, como sentencia la ley de Murphy, sólo puede empeorar. 

Este prólogo va sobre la necesidad de trazar una línea gruesa entre la fe y la política.  Muchas mujeres y hombres de mi  generación participamos en la recuperación de la democracia que  arrebatamos a las dictaduras militares de antaño. 

Como otros  tantos, sufrimos persecución, cárceles y exilios –nunca como los mejores de esas  batallas que lo dieron todo: su propia vida–  y son ahora nuestros mártires.  Algunos de nosotros no sólo pasamos miedo aquí, donde nos invitaban a ir con el testamento bajo el brazo, sino en el  exilio a causa del feroz pinochetazo que asoló Chile.  

 Hoy, una nueva generación de jóvenes  sintonizó con la antigua ética libertaria de resistir al autoritarismo.  Así se dio el movimiento popular al que se incorporaron obreros, mineros y algunos sectores campesinos desengañados del régimen. 

La tiranía, soberbia y secante,  compuesta por un cerrado grupo de poder y corrupción, fue acorralada.   Entonces surgió el hastío y la ira acumulada. Y todo remató en la nueva primavera democrática  que ya se llama la “revolución de las pititas”.  

Hasta aquí lo que vimos todos y lo que es perfectamente comprobable.   

 Pero, algunos de los principales actores del nuevo gobierno  irrumpieron con la  Biblia en la mano,  como si de una cruzada se tratara,  en los primeros días  del desenlace democrático. Ello dejó  aquí y en el mundo mundial  la apariencia  difícil de borrar de un gobierno golpista y  ultramontano. 

En el plano nacional hubo rechazo y miedo de ciertos sectores sociales y principalmente campesinos. Y las sombras de la duda se proyectaron sobre el iluminado y prioritario mandato de nuestra transición: dejar hablar a las urnas, con elecciones libres,  justas e imparciales. Por ello es un buen comienzo de nuestro caminar democrático que el primer nombramiento para el Tribunal Electoral haya recaído en una persona técnicamente idónea y de  intachable decencia. 

A nivel internacional esos hechos también nos pusieron en la parte negra de la historia.  Por supuesto que a ello contribuyó la perversa demagogia y las obvias  mentiras de los fugados a México, apoyados en la  estrategia de sus adláteres de una izquierda latinoamericana rancia y caduca. Y en Europa, en medios de comunicación y en niveles políticos campeó el ingenuo mito rousoniano del “buen salvaje” que tiene una larga tradición.

La quema de la wiphala  –un símbolo patrio y constitucional como la tricolor– fue un error, un inmenso error. Sus atolondrados autores dejaron  un coste tremendo para Bolivia y su nueva andadura democrática.

 Soy de los que piensa que la patria es de toda la humanidad.  Pero los símbolos y blasones   –de todos los colores– hay que respetarlos porque representan sentimientos colectivos. Sobre el origen de nuestros emblemas hay teorías para todos los gustos. Unas esgrimen que la wiphala ondeaba ya entre  los tercios españoles de Flandes,  que  inmortalizara  en La rendición de Breda, el talento de Diego Velásquez. El origen de la tricolor es menos polémica por más reciente. Viene de los albores de la República.     

La moraleja de toda esta historia  es diáfana: se trata de  respetar las distintas  creencias e ideologías de un pueblo tan diverso como el nuestro. Fortalecer la tolerancia y ponderar los sentimientos en esta patria mestiza en la que nos reconocemos la mayoría de los bolivianos.

Pero no hay que olvidarse de  rogar a  Dios para que  evite  que encajemos su nombre  en nuestro pedestre discurrir cotidiano.

 

 

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