Ensayo

Algunas causas del comportamiento electoral brasileño

A partir de una anécdota personal, el autor repasa su experiencia en una universidad de Brasil y la vincula con la derrota de las fuerzas izquierdistas y las ideologías progresistas.
domingo, 10 de febrero de 2019 · 00:02

H. C. F.  Mansilla Filósofo y escritor

Comprender no es perdonar y menos justificar. Tratar de entender las causas muy complejas del comportamiento electoral brasileño en 2018 no significa, de ninguna manera, legitimar los resultados. Uno de los motivos para la derrota de las fuerzas izquierdistas debe ser visto en el hastío moral, en el rechazo de las ideologías progresistas y en el desprestigio de la llamada corrección política, que los intelectuales izquierdistas se dedicaron durante décadas a fundamentar y consolidar. 

El votante habitual no comprende estos asuntos teóricos, pero se da cuenta de la distancia, mejor dicho del abismo que existe entre las pretensiones éticas y políticas de los intelectuales, por un lado, y su vida cotidiana, por otro. Por medio de una anécdota personal quiero mostrar en qué consistían estas incongruencias en la vida universitaria del Brasil.

   En agosto de 2010 volé de La Paz a Porto Alegre para dictar un curso como profesor invitado en Unisinos  (Universidade do Vale do Rio dos Sinos), una institución privada de los jesuitas en la ciudad de Sâo Leopoldo (en el Estado de Río Grande do Sul). 

Esta universidad es famosa por la alta calidad de la enseñanza y por la reputación de sus catedráticos. El campus era algo realmente hermoso: un pedazo de selva virgen, muy bien conservada, con los edificios diseminados en una superficie bastante grande y en cierta armonía con la naturaleza.

   El día mismo de la llegada experimenté el primer indicio de lo que trato de explicar. Un notable catedrático de sociología, especialista en la historia de la Iglesia, me invitó a una exquisita cena de bienvenida junto con colegas de sociología y ciencias políticas. Debo reconocer que los manjares y los vinos fueron inmejorables. No exagero ni un ápice. 

La sala y el comedor de su casa estaban exornados por retratos de San Agustín, Tomás de Aquino, varios santos medievales que no pude identificar, Fidel Castro, Che Guevara y unos mártires brasileños actuales que no conocía. Nuestro anfitrión tenía una especial inclinación por el pensamiento teológico revolucionario, que entonces era muy popular y poderoso. 

Se levantó con actitud solemne e improvisó el brindis principal, muy largo y emotivo, en el que aludió a los profundos y tradicionales lazos de amistad entre Brasil y Bolivia, sobre todo en el terreno en las luchas contra el imperialismo, y al paralelismo entre los presidentes Lula da Silva y Evo Morales. 

El profesor expresó la convicción de que mi curso contribuiría a que los estudiantes brasileños aprendan de las experiencias revolucionarias de Bolivia y Ecuador y conozcan las novedades teóricas derivadas del indianismo y de ideologías similares. 

Hacia el final de su alocución el docente trazó una línea de progreso intelectual-filosófico, un “arco celestial”, como se expresó, que empezaba con los evangelios, continuaba con San Agustín, Hegel y Marx y concluía triunfalmente con Guevara, Castro, Lula y Evo Morales.

 A la cena asistían algunas estudiantes invitadas: unas chicas hermosas, sensuales y con caras inteligentes.  Las menciono porque estas palabras del profesor humedecieron sus ojos de emoción y solidaridad. Los otros catedráticos, que seguramente ya conocían estos ejercicios de retórica, escucharon respetuosamente, pero con caras de aburrimiento.

   Porque soy muy ingenuo en la vida práctica y para evitar un malentendido que podía crecer posteriormente de manera irracional, me animé a una aclaración que generó una distancia y hasta un rechazo inmediato a mi persona de parte de varios catedráticos y de las estudiantes.

 En lugar de callarme, que hubiera sido lo razonable, declaré, muy cuidadosamente y carraspeando un poco, que la invitación era para dictar un curso crítico sobre el populismo en América Latina, con especial referencia al mundo andino y a la cultura política del autoritarismo. 

Pronuncié esta palabra maldita y casi prohibida en esos lugares. Traté de suavizarla mencionando lo que siempre cae bien en esos ambientes: el anhelo de objetividad, el pluralismo de ideas y la exposición de datos históricos desconocidos fuera del país de origen. 

Pero fue inútil: los asistentes se dieron cuenta de que yo no tenía ninguna simpatía por los regímenes populistas y las ideologías indianistas. Se hizo un frío glacial. En medio de los santos medievales y contemporáneos terminamos rápidamente la cena. Nadie quiso tomar un café o un licor de despedida. Las chicas guapas fueron las primeras que se fueron.

En Brasil detecté una actitud bastante generalizada dentro del estamento intelectual que se aferra a aquella “verdad” tan evidente que no necesita de ninguna prueba empírica: la acción maligna y permanente del  imperialismo, también vigente en el plano ecológico. 

Después de un tiempo y con mucha amabilidad los colegas profesores me preguntaron: ¿cómo puedo hablar de autoritarismo en Bolivia, si a partir de 2006 el pueblo ha tomado el poder con sus propias manos? 

Por primera vez en la historia del país la mayoría indígena participa en el gobierno y ejerce sus derechos soberanos, y yo hablo en cambio de cosas muy abstractas, como la pervivencia de tradiciones autoritarias o la continuación de prácticas corruptas. 

Y continuaban: ¿cómo se puede afirmar que en Cuba no hay una democracia moderna, cuando hasta el turista más desprevenido puede comprobar fehacientemente que el pueblo ha depositado toda su confianza en Fidel y su hermano y se siente representado a cabalidad por el máximo líder? 

Yo soy el que tengo una resistencia estructural a comprender y apreciar los cambios porque estoy obstinado en mi mentalidad conservadora y antirrevolucionaria, y por eso no puedo entender todo lo nuevo, bueno y promisorio que está naciendo y floreciendo en América Latina.

   Fue fácil darse cuenta de que el Partido de los Trabajadores (PT) del presidente Lula era el preferido de docentes y estudiantes, quienes en lo referente al exterior se orientaban por el Foro de Sâo Paulo. 

Este último es una institución creada por el PT brasileño en 1990 e inspirada por el Gobierno cubano, antes financiada por el régimen venezolano, que pretendía ser la vanguardia intelectual y cultural del socialismo del siglo XXI. 

Hablo en pretérito porque la institución está algo deteriorada. Ser simpatizante del PT y del Foro de Sâo Paulo permitía ser progresista sin gran esfuerzo y sin ningún riesgo. Esta inclinación abarcaba otras ventajas: se podía estar con la última moda teórica sin leer pesados libros de filosofía y tediosos informes de economía y sociología. 

Se podía viajar a las playas cubanas sin sentir el menor temor a una expropiación de bienes y ahorros. Se podía enlazar una buena fortuna personal con una ideología revolucionaria. 

La única condición era evitar los temas feos, incómodos y antibrasileños: la corrupción, la inseguridad ciudadana, el caudillismo del presidente Lula, el gigantismo de las aglomeraciones urbanas, la destrucción de la selva amazónica, el crecimiento desmesurado de la población. 

Esta línea de “pensamiento” no debería extrañarnos: era lo que pedía la corrección política del momento, propagada en Europa por la socialdemocracia de izquierda y por el romanticismo de turno en las universidades del Viejo Mundo. La izquierda caviar de Unisinos  (y de todo Brasil) no quería saber nada de los temas feos, incómodos y antibrasileños que he mencionado.

 No hay que asombrarse, entonces, de lo que pasó poco después. En junio de 2013 y a lo largo de 2015 se llevaron a cabo las manifestaciones públicas de protesta más amplias e intensas de toda la historia brasileña. 

En la segunda mitad del siglo XX no hubo nada similar contra la dictadura militar. Más de 80 ciudades vivieron una atmósfera de tumulto contra las dilatadas prácticas de corrupción y las políticas públicas del gobierno y, en el fondo, contra los valores de orientación de las élites gobernantes. 

En 2016 fue depuesta la presidenta Dilma Roussef (del PT) y en 2018 un político relativamente desconocido de la extrema derecha ganó las elecciones presidenciales. Todo este movimiento, sostenido por los ciudadanos con mayor nivel educativo que el promedio, protestaba contra la corrupción desenfrenada del PT, contra la dilución de los valores éticos y contra la división polarizadora y excluyente que había creado la propaganda gubernamental: nosotros los buenos contra los malos, caducos y explotadores de la oposición.

 Hasta hoy el PT nunca ha hecho un modesto ejercicio de autocrítica y jamás se ha disculpado por los desmanes ocurridos bajo su dilatado gobierno. 

El Foro de Sâo Paulo ha terminado justificando sin atenuantes a los gobiernos dictatoriales de Nicaragua y Venezuela. De alguna manera una parte importante de la población brasileña estaba asqueada por las prácticas cotidianas y por la propaganda del PT, que buscaba la confrontación dicotómica entre los malos irredimibles de la derecha y los buenos progresistas de la izquierda. 

Esto es lo que no puede comprender la izquierda caviar europea, ni tampoco los bienintencionados comentaristas de prensa, que sienten una nostalgia acrítica por un sistema que han apoyado durante décadas, sin molestarse por conocer los detalles desagradables de la vida diaria. Ellos tampoco pueden darse cuenta de la dimensión moral del asunto, que fue una de las causas de la derrota electoral del PT.

Como decía, el campus de Unisinos  era simplemente maravilloso. Pero era el motivo de la crítica (o de la envidia) de la población normal de Säo Leopoldo, que no podía darse el lujo de enviar a sus hijos a esa universidad. 

En el campus habían cinco restaurantes, tres cafés de tertulia, cuatro gimnasios, ocho tiendas de ropa y accesorios, dos agencias de viajes, dos filiales de bancos, una oficina postal, una farmacia, varias tiendas de aparatos electrónicos, dos tabaquerías y una sola librería, la que, como es lo usual en América Latina, ofrecía ante todo material de escritorio, libros de auto-ayuda y hermosos volúmenes ilustrados sobre los paisajes brasileños. No menciono los salones de peluquería, las perfumerías y otros establecimientos, que tenían la función de mantener contentos a los clientes, perdón, a los estudiantes que pagaban las elevadas pensiones de esa universidad privada. 

La comida de los restaurantes era de alta calidad. Los cafés eran espléndidos. Sobre todo el situado en el edificio administrativo central, el preferido por los docentes, merecía sólo elogios. Quedaba al lado de la librería, permitía una hermosa vista al lago de la universidad y ofrecía los mejores pasteles que he probado en toda mi vida. A menudo me reunía con profesores que charlaban muy animadamente. Hablaban muy mal del capitalismo y vivían muy bien en él. 

A los catedráticos les encantaba hablar de las cinco excolonias portuguesas en África, que constituían todavía sistemas nominalmente socialistas, es decir progresistas y bendecidos por la historia. Noté en más de una ocasión que les gustaba comentar los aspectos culturales del modelo socialista en Angola, pero no su dimensión política. 

En 2010 ya era un hecho público que el presidente José Eduardo dos Santos, quien ejerció el poder de 1979 hasta 2017 –simultáneamente era el máximo líder del Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA)–, se había convertido en uno de los hombres más ricos del mundo y controlaba la producción de petróleo y el terreno de las telecomunicaciones, con importantes participaciones en muchas empresas fuera de Angola. 

Con toda inocencia pregunté cómo se había realizado esa hazaña, pues efectivamente constituye un caso digno de estudio. Una de las mayores fortunas privadas del planeta había salido de una de las naciones más pobres, desorganizadas y corruptas del mundo. Sería interesante, decía yo, analizar la personalidad de José Eduardo dos Santos, héroe de la Guerra de la Independencia, artífice de la victoria socialista en la guerra civil (con la ayuda masiva de tropas cubanas), absolvente de una universidad soviética, encarnación del espíritu revolucionario y comunista del MPLA, amigo personal de Fidel Castro y del presidente Lula, con quienes se hacía fotografiar a menudo. 

Dos Santos, sin visitar jamás las afamadas escuelas de negocios de Europa o de los Estados Unidos, había resultado el organizador insuperable de empresas privadas y el mago de las finanzas capitalistas. El régimen angoleño sigue siendo hasta hoy oficialmente socialista.

Un catedrático tolerante, jovial y simpático me dijo, sin embargo, que mencionar temas incómodos y feos delante de chicas tan lindas y pasteles tan ricos y mirando el bosque tropical, el lago y sus aves silvestres –unas hermosas grullas de patas rojas, muy delgadas y largas y penachos de color azul fosforescente–, representaba una clara falta de savoir-vivre. 

Con esto el interlocutor tocó un punto sensible de mi espíritu y me olvidé de Angola por algunos años. Pero hablando con la gente sencilla de Sâo Leopoldo medi cuenta de que las grullas, la buena vida de profesores y estudiantes y sobre todo la distancia de esa existencia con respecto al pueblo llano eran causas de una profunda aversión hacia todo el estamento intelectual, a sus valores de orientación y a la corrección política que los catedráticos predicaban sin cesar.

 Curiosamente la gente humilde de Sâo Leopoldo estaba muy preocupada por las grullas, pues suponía que la alimentación de estas bellas aves impedía la concesión de unas cuantas becas para los estudiantes pobres de esa ciudad.

 

 

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