Democracia

La pluralidad unánime

Si el voto de la consulta se acata, pero no se cumple, ¿por qué se debe creer que ha de respetarse el voto en elecciones generales? El respeto al voto es esencial para que la democracia no se quiebre.
domingo, 17 de febrero de 2019 · 00:00

 Gonzalo Lema Escritor

Excepcionales circunstancias logran que la pluralidad social alcance unanimidad. Ejemplo: los bolivianos tenemos una sola voz para hablar del mar cautivo. Toda la dispersión social y lejanías geográficas se agrupan en reclamo vehemente desde fines del siglo XIX. Esta unanimidad consigue el apoyo manifiesto de otras sociedades, hecho verdaderamente notable. 

La Guerra del Chaco, en cambio, está inscrita en otro registro. No construye unanimidad pero sí produce, sin desmayo, música, literatura, pintura y cine. Arte. La Guerra del Acre ha quedado, únicamente, en memoria regional.  
 Frente a la unanimidad bien puede estar la dispersión. La actividad política nada en esas aguas. Diversos líderes, diversas organizaciones, mil intereses distintos en lo local, departamental y nacional. 

Alguna vez, pese a ello, el voto ciudadano ha sabido concentrarse en grandes volúmenes para sorpresa de nosotros mismos. En la democracia contemporánea, Morales ha logrado hacerlo. Nada comparable a la unanimidad, pero evidentemente sí como un formidable hecho político. Su enorme apoyo electoral provenía de lo propio: origen étnico, pobreza, pero en grandes caudales también de las clases medias sensibilizadas por su veraz interpelación a la realidad global y simpatía iniciales. Sus resultados electorales han sido extraordinarios.

 La democracia sigue construyendo unanimidad en nuestro continente y un día, bastante próximo, ha de lograrlo del todo. Así lo anuncia la batalla ya desatada por el respeto al voto. El voto es el ladrillo, la democracia es la casa. Las paredes de la casa pueden ser coloridas, porque los ciudadanos tienen sus preferencias y las opciones suelen ser numerosas, pero nadie ni nada debe intentar remover un solo ladrillo porque la casa se cae. Se vuelve dictadura. El voto debe respetarse. Creo que es posible afirmar que este es un criterio en camino cierto a la poderosa unanimidad. 

De todas formas, se  encuentran mentalidades violentas, autodenominadas revolucionarias, que descreen del refinamiento y sostienen que, si se trata del “bien del pueblo”, se puede pisotear el voto. A su juicio, el voto mayoritario, por ejemplo, no proviene del pueblo. O el pueblo no sabe lo que hace y hay que conducirlo. Estupideces que todavía se lee o escucha.

 El proceso democrático boliviano exige que se respete el voto. Este es un imperativo creciente. La democracia educa y la democracia remueve las aguas fangosas donde yacen viejos dogmas. Herrumbre, no tesoros. Las aguas de la revolución cubana hace décadas que no son transparentes. Su permanente injerencia en la realidad latinoamericana es confesa: la vieja y superada guerrilla en Venezuela, el respaldo firme a grupos guerrilleros en Colombia, el Che en Bolivia, su sueño de varios Vietnam, su asesoramiento en Nicaragua, su influencia en la actual Venezuela oficialista  y su sombra presente en nuestro país así lo certifican. Es influencia práctica, operativa, retórica y suministradora de dogmas, k’oñichis indigeribles para la nueva humanidad. 

¿Acaso no son los jóvenes quienes mayoritariamente defienden el 21F? Y mujeres, porque está visto que este es su siglo. Pero también los veteranos. A nadie falta ni pizca de razón: si el voto de la consulta se acata, pero no se cumple, ¿por qué se debe creer que ha de respetarse el voto en elecciones generales?

 Pero hay circunstancias excepcionales que construyen unanimidad. Estamos transitando una de ellas. El respeto al voto es esencial: para que la democracia no se quiebre, para valorar al prójimo, para no ensuciar ningún proceso, para vivir en paz y para que la comunidad internacional nos mire con admiración. Hay más razones igual de importantes. 

En cambio no hay ni una sola para defender la burla o desaire que la argucia de tinterillo nos ha arrojado como piedra grande en el camino. La nefasta picardía no ha de construir unanimidad. Nunca, así de concluyente. Sino, más bien, repudio, más que permanente, eterno. Y universal. 

 La bella unanimidad parece trabajarse por cuenta propia debido a sus sólidos anclajes. No creo, porque no tengo ejemplos, que falsedades puedan construirla. No podría desarrollarse con patas cortas. Sus requisitos son la verdad contundente y la sensatez para reconocerla. Entonces comienza a erigirse y a crecer, hasta que un día es propiedad de todos, inclusive de la comunidad internacional.

 No todo es tan espontáneo, no obstante. También se debe colaborar desarrollando conciencia política. Así como los creyentes intentan vivir de acuerdo con las sagradas escrituras, los políticos deben hacerlo de acuerdo con la ley. La democracia exige el respeto a la voluntad popular.

 

 

3
3