Gobiernos

Anaciclosis boliviana

El autor, basado en la teoría del griego Polibio, sostiene que pronto el país se verá sumergido en una forma de gobierno dictatorial, siguiendo una sucesión cíclica de regímenes políticos.
domingo, 24 de febrero de 2019 · 00:01

André Tejerina Queiroz Abogado, candidato a PhD en política internacional

Polibio (historiador griego, 200 a. C.) compiló su trabajo en lo que hoy se conoce como Historias. El Libro VI de Historias hace referencia a las formas de gobierno, con el objetivo de explicar el ciclo circular que tienden a atravesar estas formas de gobierno denominándolo anaciclosis (una teoría que describe una sucesión cíclica de regímenes políticos).

 Polibio argumentaba que toda sociedad tiende a poseer regímenes benignos y degenerados, y que éstos, al mismo tiempo, van rotando a medida que la sociedad evoluciona en sus diferentes etapas: monarquía, tiranía, oligarquía, democracia, oclocracia, monarquía..., para comenzar nuevamente el ciclo. 

Para entender cómo la anaciclosis puede ser aplicada a la realidad boliviana, debemos comprender y valorar los acontecimientos que forjaron nuestra historia. Antes de la colonización, nuestro territorio estaba habitado por naciones indígenas con sus propios usos y costumbres. Después de 290 años de colonización, el territorio boliviano fue liberado tras una serie de levantamientos y sublevaciones, hasta que el 23 de julio de 1825 concluye la sesión de la Asamblea Deliberante y se redacta el Acta de la Independencia.

Empero, dada la excepcionalmente confusa historia de los presidentes bolivianos, no es posible construir un patrón de estabilidad que ligue la anaciclosis a la sociedad boliviana, por lo menos, hasta el periodo de 1952, con la Revolución Nacional del MNR. Para entender la anaciclosis planteada, es necesario desglosar los acontecimientos que llevaron a la revolución del 52 y cómo este periodo se asemeja a la realidad que vivimos hoy en día con el MAS. 

Ya que Bolivia nunca fue una monarquía, tampoco puede convertirse en una oligarquía, aunque sí estuvo cargada de dictaduras militares y civiles. Al mismo tiempo, a pesar que algunas épocas pueden ser consideradas como una forma de gobierno de aristocracia y hasta oligarquía, fue la Revolución del 52 la que abrió las puertas a que todos los bolivianos tengan participación en la vida política del país; por lo que no se puede hacer un análisis de la teoría de Polibio en periodos políticos previos.

 Es por eso que, a partir del 52, Bolivia atravesó por tres regímenes políticos: democracia - oclocracia - dictadura - democracia… por lo que rotaríamos entre estos regímenes.

Tanto la Revolución del MNR como la autoproclamada Revolución del MAS buscaron, en términos generales: transformar la participación ciudadana, distribuir las tierras y las riquezas, implementar un control del Estado sobre los recursos naturales e incorporar a la mayoría indígena a las decisiones del país.

Tanto el MNR como el MAS ingresaron al gobierno con una mayoría abrumadora de votos. Esto conllevó que diferentes actores y movimientos sociales pactaran con el partido de gobierno, ocasionando una sobrecarga de obligaciones que produjo pugnas internas y favoritismos que terminaron por colapsar la administración por no lograr cumplir con todos los actores que lo respaldan; es el caso del faccionalismo con el MNR. 

Tanto el MNR como el MAS reformaron el Ejército dándole un nuevo pragmatismo nacionalista y  haciendo que su función sea en defensa del partido más que del país. En ambos periodos se nacionalizó los recursos del Estado (minas e hidrocarburos) para garantizar la repartición “justa” de las regalías. 

Ambos regímenes percibieron ayuda extranjera bilateral, MNR recibió de EEUU 368 millones de dólares, y el MAS recibió 1.789 millones de China. Tanto el MNR como el MAS se aliaron a organizaciones sociales, en especial a la COB, y garantizaron su presencia en ministerios; configurando lo que en 1952 se entendía como clientelismo. 

Así como el MAS tiene a Evo Morales, el MNR tenía a Paz Estenssoro (aunque este último nunca intentó cambiar la Constitución para perpetuarse en el poder).

 En el libro de Lavaud, titulado El embrollo boliviano, se cita la favorable situación política que revestía a su líder: “Apoyo fanático por parte del pueblo, condiciones de arranque inmejorables, poder real derivado de una esencia popular que sobrepasa cualquier entusiasmo, simpatía continental, oposición interna casi nula en un comienzo; en fin, todas las circunstancias, todas las condiciones, todos los requisitos que las multitudes le brindaron a este caudillo engreído y mimado como ninguno”. 

Fácilmente podríamos utilizar este pasaje para describir la situación de Morales. 

De esta manera, lo que en un comienzo adquirió una forma de gobierno benigna, pronto se pervertiría para dar paso a la oclocracia y la aglomeración de las masas detrás de aquel que se impone como “El Jefe”. 

Nace así el clientelismo, que “garantiza una mayor cohesión, en la medida en que el país se encuentra dividido en dos bloques enemigos y solamente dos: la montonera favorable al MNR (MAS), clientelísticamente vinculada a la figura de Paz Estenssoro (Evo Morales), por un lado, y, por el otro, la oposición, minoritaria, pero lo suficientemente activa como para motivar un aumento de conectividad en los poseedores del poder”. 

Al final, el MNR sucumbe al proceso de desgaste y torna inevitable que las Fuerzas Armadas tomen el poder, ya que constituyen la única fuerza cuya organización y poder abarcan el conjunto del país. El 4 de noviembre de 1964 Barrientos toma el poder mediante un golpe de Estado, haciendo la famosa frase que caracteriza la historia boliviana “un caudillo reemplaza a otro”. 

Es importante aprender de la historia porque inevitablemente los pueblos tienden a repetirla. De esta manera, si la teoría de Polibio referente a la anaciclosis es correcta, pronto nos veremos sumergidos en una forma de gobierno dictatorial, ya que será la única forma de encontrar soluciones a la crisis institucional que se ha infiltrado en cada organización del país. 

Para que una democracia sea verdadera y aplicable se debe primordialmente respetar el mandato de la ley y evitar que las ansias por poder o riquezas inmediatas interfieran con la estabilidad y el desarrollo a largo plazo.

 

 

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