Hidrocarburos

Cambio de época del mercado del gas

El precio se ha “desacoplado” del precio del petróleo y es determinado por la competencia de los otros tipos de gas en cada mercado, analiza Francesco Zaratti
domingo, 17 de marzo de 2019 · 00:00

Francesco Zaratti Físico y analista en energías

El comercio mundial del gas natural está pasando, más que por una época de cambios, por un verdadero cambio de época. Las razones son fáciles de entender. Primero está la necesidad de reemplazar  las energías fósiles contaminantes y destructoras del ambiente con energías renovables, en cuyo proceso el gas natural se ha posicionado como el combustible de transición, abundante y menos contaminante que los combustibles fósiles líquidos.

Luego, se observa la consolidación del LNG (Gas Natural Licuado) como un commodity abundante que ha alcanzado precios realmente competitivos hasta con el gas natural tradicional.

En tercer lugar está la irrupción del shale, gas obtenido mediante el método del fracking (fracturación de rocas gasíferas) que ha multiplicado reservas y producción de ese hidrocarburo y ha hecho, por ejemplo, de   Estados Unidos una potencia energética  mundial, autosuficiente en energía, y un firme exportador.

Finalmente, el desarrollo de relevantes yacimientos marinos a gran profundidad, como el Presal brasileño, ha añadido otro factor de complejidad en el mercado del gas en el mundo y en nuestra región en particular.

Como consecuencia, actualmente en los mercados compiten por lo menos cuatro “tipos” de gas: el tradicional, el shale gas, el gas de offshore, todos ellos transportados regionalmente por gasoductos, y el LNG, transportado a escala planetaria por barcos metaneros. 

Definitivamente el precio del gas se ha “desacoplado” del precio del petróleo y es determinado por la competencia de los otros tipos de gas que existen en cada mercado.

La competencia para abastecer a un mercado de gas natural se juega por tanto entre costos de producción/entrega al distribuidor y costos de transporte, de modo que cada actor deberá sopesar lo más conveniente en función de la distancia propia y de las otras fuentes competidoras.

Las implicaciones para Bolivia de este cambio de época del comercio del gas son, en algunos casos, buenas y en otros, malas.

En cuanto a los mercados, es evidente que cuanto más cerca estén a nuestras fronteras (y cuanto más lejos estén las otras fuentes), más ventajas tendrá el gas boliviano.

 Por tanto, la buena nueva es que las regiones fronterizas de Brasil y Argentina, para no mencionar eventuales mercados menores, son el campo de batalla vencedor de nuestro gas. La mala es que la competencia se hace más y más aguerrida a medida que nos alejamos de nuestras fronteras.

Sobre los precios, la buena nueva es que, en el marco limitante del punto anterior, el costo de producción del gas tradicional (el de Bolivia lo es) resulta siempre inferior a la competencia. 

Sin embargo, la mala nueva es que ese precio competitivo es mucho menor del precio que Bolivia se ha acostumbrado a recibir cuando era el casi único proveedor, gracias a los contratos en firme, de largo aliento y con cláusulas estrictas, los “peores contratos de la historia”, a decir del (no muy) confiable Ministro de Hidrocarburos actual. En otras palabras, hay que estar preparados para recibir menores ingresos, regalías e IDH.

Hablando de contratos, a la hora de firmar compromisos, aunque sean de corto alcance, tiene mucha relevancia la garantía de suministro. Por tanto, se requiere tener reservas creíbles,  “certificadas” (y no sólo “evaluadas”, como hizo Sproule con YPFB). Lo anterior implica mayores inversiones en exploración; reglas claras e incentivos razonables para las empresas privadas que en Bolivia siguen haciendo todo el trabajo del sector, además de tener que lidiar con la burocracia de YPFB. 

Los precios futuros y el alto riesgo asociado a la perforación de pozos profundos (8.000 metros o más) no son precisamente un atractivo para las empresas que siguen en Bolivia.

En el caso de YPFB, a todo lo anterior se añaden intereses cruzados. Por ejemplo, la “imposición” de Argentina de la modificación del contrato Enarsa-YPFB, aparte de no tener obviamente el objetivo de pagar más a Bolivia, puede estar dirigida a ahorrar unos cientos de millones de dólares útiles para hacer sostenibles los incentivos en Vaca Muerta y elevar la producción de gas. 

O sea, con el dinero ahorrado con Bolivia, Argentina buscaría depender menos del país, y competir mejor con YPFB.

Finalmente, en cuanto a Brasil, que es el otro mercado real y significativo que se tiene, está claro que Petrobras reducirá sus compras a 15 MMmcd a partir del 2020, lo que corresponde al 50% de la capacidad del ducto; y lo hará a precios de mercado. 

La otra mitad habrá que colocarla, en los términos competitivos anotados, mediante distribuidores locales o directamente como YPFB. Ambas opciones representan un reto para la frágil institucionalidad de YPFB, la miopía de sus autoridades, el precio reducido del gas  y la escasa confianza de no tener reservas certificadas.

En resumen, el cambio de época que se está dando en el mercado del gas es una oportunidad desafiante para el sector energético boliviano, el cual reclama un cambio profundo de conducción.
 

 

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