Desigualdad, corrupción y violencia

Tarija y Bolivia, ¿la maldición de los recursos naturales?

El autor analiza tres casos en los que estos recursos, en Estados fuertes, impulsan (o no) los indicadores sociales, económicos y políticos.
domingo, 17 de marzo de 2019 · 00:09

Diego Ayo Politólogo

La investigación de Waldemar Peralta Elefantes en Tarija ofrece una radiografía dolorosa de lo ocurrido con la inmensa bonanza del gas. Este trabajo es una contribución certera al debate. Las cifras son elocuentes sobre el despilfarro que tuvo lugar en Tarija a lo largo de estos años de auge económico hidrocarburífero. 

Este departamento recibió en poco más de una década 10 veces más que todo el dinero contabilizado de 1935 a 2005: pasamos de manejar 500 millones de dólares en siete décadas a administrar 5.000 millones en una década. 

¿El resultado? Hay que decirlo sin demora: incremento de la corrupción a niveles jamás observados en nuestra historia. 

Estadios, hipódromos o helipuertos construidos por millones de dólares en regiones donde la pobreza es lacerante. ¿Quiénes ganaron? La investigación es audaz y se atreve a dar una lista de las empresas beneficiadas. No hay duda alguna de que una oligarquía, compuesta por no más de media centena de empresas, ha sido ampliamente beneficiada con este boom. 

Y dentro de esta oligarquía hay un grupo dominante –la oligarquía de la oligarquía– formado por no más de cinco  a seis empresas que se han llevado al menos tres cuartas partes de la torta. 

En fin, la danza de datos es oprobiosa. Sin embargo, no quiero quedarme en Tarija, ni en la denuncia contra la gestión masista del gobernador Lino Condori, ni en la contemplación masoquista de los guarismos que da cuenta el libro de Peralta. No. 

Quiero ir un poco más allá y replantear la pregunta clave: ¿es una maldición tener recursos naturales?, ¿es el caso de Tarija tan solo el relato de una profecía autocumplida? 

Al parecer sí. Los estudiosos del tema insisten en ofrecer cantidad de ejemplos que develan reiterativamente este flagelo. La situación patética que se vive en Venezuela lo confirma. 

La violencia desmedida, corrupción flagrante y degradación ambiental en Nigeria sigue la misma senda. Igualmente cabe destacar la cleptocracia rusa o la cuasiteocracia saudita, sin dejar de recordar países como Irán, de evidente apartheid contra las mujeres, y/o Angola o Congo, santuarios de la homofobia más rampante. 

Sin embargo, una nueva y fascinante investigación a cargo del politólogo Víctor Menaldo, titulada (en inglés) La maldición de las instituciones: recursos naturales, política y desarrollo, publicada por la Universidad de Cambridge, cuestiona esta certeza tan sólida y legítimamente arraigada. 

¿Qué plantea? Pues que los recursos naturales pueden ser una bendición si son manejados por Estados fuertes. 

La ecuación instituciones fuertes y posesión de recursos naturales da un resultado notorio: desarrollo. 

Y de ahí en adelante la gradación cuyos extremos marcan la presencia de  Estados fuertes y Estados débiles pasando por Estados más o menos fuertes y débiles arroja tres resultados concretos a lo largo del planeta: 

El primer resultado tiene que ver con el desarrollo en los países industrializados: la tesis apunta a reconocer que el inmenso desarrollo logrado fue en gran parte conseguido gracias a la producción de carbón, minerales y petróleo. De maldición, nada. 

El segundo resultado fue que aquellos países productores de petróleo lograron mejorar, de 1973 en adelante –tras la crisis del petróleo–, en una variada gama de indicadores sociales, económicos y políticos. 

El tercer resultado es que aquellos países dependientes de sus recursos naturales no están peor que sí mismos antes de haber explotado sus recursos naturales, ni tampoco tienen peores indicadores que sus vecinos no dependientes del petróleo y/o los minerales. De maldición, poco. 

En suma, el trabajo mencionado apunta a enfatizar el rol de las instituciones. No es un argumento nuevo –un mejor armazón institucional genera un mayor desarrollo– pero su aplicación al mundo de los recursos naturales si lo es. 

Hoy, no sólo Tarija, que más bien es la exacerbación en versión reducida de lo que sucede en el país en su conjunto, sino Bolivia no puede ni debe resignarse a que “así nomás es”, bajo el argumento tácito de que nuestros recursos naturales sólo terminan por enervar los peores rasgos del desarrollo: desigualdad, corrupción y violencia. 

El ejemplo del “proceso de cambio” ofrece una doble evidencia: del lado de la “maldición de los recursos naturales” no hay mucho que rebatir: la corrupción es galopante y no hemos podido escarbar en lo que debe ser la búsqueda de una nueva matriz productiva. 

Empero, tampoco se puede negar la mejora social lograda. Se puede alegar que es frágil y que los indicadores sociales mejorados, pueden revertirse. 

Es cierto, pero ello no desmerece que estos indicadores efectivamente han mejorado. ¿Se debe a la destreza gubernamental? No lo creo, se debe a la bonanza de los recursos naturales. 

¿Qué debemos hacer a futuro? La investigación de Menaldo sugiere replantear el debate sobre el formato institucional, no en general (por ejemplo, refiriéndonos al parlamentarismo, federalismo y demás) sino en particular, en torno a la producción de hidrocarburos y/o minerales, su distribución, el uso de su excedente y demás aspectos que aluden a una nueva institucionalidad. 

Vale decir, Tarija y Bolivia en su conjunto no han pasado de ser Estados (regional y nacional) débiles, anclando por ello en lo que ha sido más bien la reiteración de la “maldición de las instituciones”.

Es imprescindible cambiar ese marco institucional. Por supuesto, ello va a ser imposible bajo el actual régimen, dominado por instituciones extractivas y/o personalizadas. 

En todo caso, no hay determinismo/fatalismo alguno. Podemos aprovechar nuestros recursos sin que ello suponga mayor corrupción y/o desigualdades, sino desarrollo y progreso.

 

43
2

Otras Noticias