Integración

Unasur, una experiencia negativa

El organismo demostró una evidente parcialidad hacia los gobiernos con influencia ideológica y económica del eje La Habana-Caracas.
domingo, 17 de marzo de 2019 · 00:00

Alberto Solares Gaite Abogado y profesor universitario

En América Latina el  desarrollo de la integración estuvo constituido principalmente por esquemas o grupos subregionales con afinidad geográfica (ALALC, GRAN, MCCA/SICA, ALADI, CARICOM). Actualmente en Suramérica, se hallan vigentes la Comunidad Andina (CAN) y el Mercado Común del Sur (Mercosur). No obstante, la idea de un Mercado Común Latinoamericano propugnada ya en los años 60 no se perdió de vista y su necesidad se halla proclamada en diferentes instrumentos regionales.

En ese marco, en la primera década del presente siglo, surge un nuevo intento integrador que abarca  toda la región sudamericana, pero cuyas motivaciones no se fundaron en la necesidad de rescatar la idea del mercado común latinoamericano, sino como efecto de la reacción de varios países al proyecto  de Estados Unidos para imponer el ALCA con dimensiones continentales y posteriormente a la liquidación de este proyecto como rechazo al intento de generalizar los  Tratados de Libre Comercio (TLCs) como figura alternativa y homogenizadora del comercio regional.  Por tanto, primó un conjunto de causas principalmente políticas, instrumentadas mayormente por los países de orientación “progresista” que impugnaban la iniciativa del “imperio” y que militaban ya en las corrientes del Foro de Sao Paulo, fundado en los años 90 y dedicado a promover en América Latina la continuidad del “socialismo” después del derrumbe de la URSS.

Estas circunstancias propiciaron la organización de bloques con afinidad ideológica,  como el Alba y la Unasur, este último a diferencia del primero disimuló inicialmente esta orientación, lo que le permitió convocar a todos los países sudamericanos. Con estos antecedentes, los presidentes de Sudamérica, reunidos en la Isla Margarita el 17 de abril de 2007, decidieron la creación de Unasur, cuyo tratado constitutivo se firmó el 23 de mayo de 2008 en Brasilia.  

Es una comunidad política que integra a 12 países de Suramérica, de los cuales ocho en su etapa inicial se hallaban adscritos a las corrientes del socialismo del siglo XXI, bajo el liderazgo de Venezuela y de Cuba, país este último que sin ser de la región ejercía una virtual hegemonía ideológica sobre los gobiernos afines. 

Su  Tratado Constitutivo formula diversos objetivos en varias áreas de acción conjunta, pero el objetivo priorizado fue el fortalecimiento del diálogo político y es que la realidad del proceso, antes que en acciones concertadas para el beneficio de la región, estuvo más concentrada en la protección política de los gobiernos de la izquierda sudamericana. Para nadie es desconocido que el principal mentor y financiador de esta iniciativa fue el presidente venezolano Hugo Chávez, propulsor de la ideología bolivariana y del socialismo del siglo XXI, convirtiendo a su país en una plataforma subordinada a la hegemonía ideológica que se transmitía desde Cuba. 

La primera cumbre fue convocada por  Michelle Bachelet (presidenta pro tempore de la organización)  con carácter de emergencia en Santiago de Chile el 15 de septiembre de 2008, para tratar una crisis política interna de Bolivia en el marco de la polarización aguda que vivía el país por el enfrentamiento político entre el gobierno central y los gobiernos regionales y su reciente autonomía. 

El resultado de esta cumbre fue   dar “su más pleno y decidido respaldo al gobierno de Bolivia”; es decir, que se  dirime una diferencia de política interna sobre la base de considerar las versiones de una sola de las partes en conflicto y se deciden actos de verdadera injerencia, como la designación de una comisión para que investigara los hechos sucedidos en Pando, para lo cual se designa a conocidos militantes de la antigua izquierda radical argentina, los que indudablemente emitieron un informe (Informe Mattarolo) completamente parcializado, que sirvió de base para acciones represivas y de persecusión política por parte del Gobierno y a una masiva violación de derechos humanos en esta región. 

La segunda Presidencia pro tempore de Unasur, estuvo a cargo de Rafael  Correa, presidente  de  Ecuador, quien designa como Secretario General al expresidente Kirschner de la Argentina. En este periodo Unasur se convirtió abiertamente en un escenario comprometido que privilegiaba la influencia y las posiciones del Alba en este foro. 

Le tocó, por ejemplo, arbitrar temas tan delicados como la utilización de bases militares colombianas por Estados Unidos a objeto de intensificar el control del tráfico de drogas y el terrorismo, convirtiéndose el tema en un factor de tensión y crisis en toda la región. Y se sumó otro conflicto que tensionaba desde hace tiempo las relaciones de Colombia con sus vecinos Venezuela y Ecuador y que se motivaba en la sospecha que estos últimos países brindaban una cooperación encubierta a las FARC. 

Esta situación se complicó  más cuando, en marzo de 2008, aviones colombianos atacaron a un grupo de las FARC en territorio fronterizo ecuatoriano, lo que originó una crisis política, diplomática y casi militar por la reacción y amenaza de Venezuela de movilizar tropas contra Colombia, situación difícilmente superada en una reunión de emergencia del Grupo de Río en la República Dominicana.

Unasur, en la gestión de estas crisis demostró una evidente parcialidad hacia los gobiernos con influencia ideológica y económica del eje La Habana-Caracas, pero fue muy eficiente en la captación de recursos para crear una propia infraestructura para su Secretaría General en Quito, así como para comprometer a Bolivia a la construcción de un palacio destinado al Parlamento Suramericano –todavía inexistente– ubicado en el Chapare.

En todo caso, el desempeño de Unasur dejó un sabor no sólo de inutilidad y desperdicio de oportunidades para trabajar en objetivos y necesidades reales para el beneficio conjunto de los países de la región, así como una lección que debe ser aprendida de no mezclar las posiciones e intereses ideológicos con los verdaderos valores del paradigma de la integración sudamericana.

Cambiada casi de raíz la geopolítica regional, Unasur debe desaparecer como un precedente negativo. Con escasas excepciones, hoy se vive una nueva realidad de rescate de los valores democráticos y se condenan los desatinos de los gobiernos que más influyeron en esta organización, basta ver la situación actual de Venezuela; la crisis económica y moral dejada por el kirshnerismo en la Argentina; expresidentes condenados o prófugos de la justicia, como Lula o Correa.

Sin embargo, hay también hechos incomprensibles, Michelle Bachelet nombrada como Alta Comisionada de Derechos Humanos de las Naciones Unidas (?), sin ningún pronunciamiento sobre la grave crisis política y humanitaria que hoy vive Venezuela.
 

 

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