Democracia

La vida con ley

domingo, 24 de marzo de 2019 · 00:00

Gonzalo Lema Escritor

La pacífica convivencia social reside en el respeto absoluto a la ley. Desde esa poderosa verdad, causa gracia la insolencia de revolucionarios y progres que en cantos propios de trasnoche y café dicen que la ley no sirve si les impide mantenerse en el poder, y que la ley oprime y enjaula nuestro libre y silvestre albedrío. Los primeros desean quedarse para siempre donde la democracia los instaló merced al voto del soberano que ahora no piensan respetar, los segundos quisieran volver a la inexistente edad de oro, aunque con el refuerzo de sus fantasías inducidas. 

Pero no es posible concretar esos sueños/pesadillas sin violentar al conjunto de la sociedad. Lo más probable es que ardan palacios de gobierno y que así ardan pulmones y cerebros, de primeros y de segundos. La humanidad ha comprendido, hace milenios, sin exagerar, que sin ley no hay nada más que pedrada, flechazo o bala. Nada de pacífica convivencia social.

 Fue un momento fundacional para la izquierda europea convertirse en democrática. No es ningún contrasentido. Sucedió pasada la segunda guerra mundial. Salvo en la URSS, desde entonces los países de Occidente tienen gobiernos de izquierda, centro y derecha, todo depende por quien se inclina el soberano en la coyuntura.

 Resulta anacrónico y risible, por esta razón, que Cuba, en nuestra América, tenga partido único por 60 años y que su gobierno haya pasado, además, de un hermano al otro. 

Ese bochorno lo comprenden bien los revolucionarios, pero no el mundo restante. Cuando se afanan en el fundamento, hablan del sujeto histórico: el pueblo. 

Pero si se abren los ojos, en ese pueblo no están los pocos proletarios que este subcontinente ha producido, ni los campesinos en países de matriz indígena  ni el partido, llámese como se llame, ni el comité político, sino simplemente Él y su capricho, Él y su entorno familiar (Noriega y su esposa Murillo), Él y su soledad. 

Lo advirtió el magnífico escritor paraguayo Roa Bastos en su novela Yo, el supremo: “La soledad del poder termina con la compañía de la muerte”.  

 Junto a esa comprensión histórica, la izquierda europea advirtió que sus líderes eran de carne y hueso, que ninguno era divino, y que la sencilla y estupenda democracia no necesita de héroes, sino de ciudadanos para que, temporalmente, se hagan cargo del gobierno. Nada de otro mundo. 

Es muy obvio que la supina ignorancia no esté de acuerdo con este razonamiento y que necesite creer en el milagro, en lo sobrenatural, y así se les va la vida. Mientras tanto, la racionalidad indica que se requiere ciudadanos honestos que se interesen en la política, que respeten al prójimo, que sean siempre ecuánimes, que gobiernen para todos y que respeten la ley. Y que se vayan cuando el mandato acabe. Eso, fundamentalmente: que se vayan. ¿Por qué diablos suponen que los deseamos eternos? Ni siquiera en el hipotético y dudoso caso de haberlo hecho bien tienen que quedarse.

 La ley contiene la pacífica convivencia social que anhelamos todos y esa misma ley es la plena libertad con la que fantasea el progre. ¿Acaso la ley es ocurrencia surgida un día? Su derrotero es larguísimo y seguramente arrancó cuando la fuerza bruta (cabezazo, puñete o patada) pensaba tener la razón. 

Desde entonces se la va construyendo, hasta ahora que se ha logrado la fórmula: fuerza a la razón. Es decir: nunca razón a la fuerza. Al interior de su imperio, es posible desplegar nuestra naturaleza y su libre albedrío. Vivir, progresar, sin sometimiento ni humillación. No es jaula, es libertad.

 Sin ley no somos nada. Al menos, nada bueno. La fuerza del Ejército y la Policía se acaba, porque ambas instituciones, si no tuviesen arraigo en la ley, sí tienen raíces en la sociedad porque allí nacen y allí quieren estar. Su familia las espera. 

Eso deben comprender los gobernantes y no olvidarlo en ningún momento. Al mismo tiempo, tampoco debe olvidarlo el círculo de su soledad. Todos los presidentes y devenidos en dictadores eternos  son prisioneros de sus entornos. 

A través de ellos miran el mundo y calibran el sentimiento de la gente. Luego, a fuerza de años, advierten que nunca nadie les dijo “no”, que siempre les dijeron “sí”. Bueno, la ley dice “no” cuando inclusive dice “sí”, porque siempre marca los límites. 

La misma gente dice “no” y siente que se constituye. Es un vocablo que denota personalidad y firmeza de carácter: “no”. La ley es eso.

 

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