Política

Un ropero para tantos pañuelos

Daniela Murialdo escribe sobre las ideologías: “No somos más parte de una de las esferas polarizantes; debemos ubicar nuestras ideologías dentro de una especie de ‘diagrama de Venn’”, asegura.
domingo, 14 de abril de 2019 · 00:00

Daniela Murialdo L. Abogada

Hace unos días lamentaba cuán difícil se ha vuelto nuestra clasificación personal ideológica. Antes, la categorización era muy sencilla: uno era de izquierdas o de derechas. Si te alistabas en lo primero, lo normal era que fueras anticapitalista, ateo, feminista, y encajaras en otras tipologías idiosincráticas. Lo mismo sucedía si pertenecías al otro bando. El de derecha era, de por sí, conservador, religioso, pro libre-mercado y varios etcéteras. 

La polarización de entonces, por ejemplo, permitió a mis padres, que tenían una única identidad, estar cómodos con sus posiciones porque, además, había detrás de ellas un concierto de intelectuales avalando su facción.

En cambio ahora ¡ay! las cosas se ponen complicadas. Estamos frente a un mercado de ideologías y movimientos que ya no se alinean bien entre sí, ni pertenecen exclusivamente a uno u otro polo. La ideología dejó de ser unívoca. Los paradigmas se han vuelto borrosos y poco consistentes. 

No somos más parte de una de las esferas polarizantes; debemos ubicar nuestras ideologías dentro de una especie de “diagrama de Venn” (ése que consiste en círculos que se intersectan y que comparten los subconjuntos representados por áreas comunes). Así, uno puede convivir en el conjunto “centroderecha” y compartir con el vecino el espacio superpuesto que le corresponde al feminismo. Se puede compartir campo con los progresistas y no coincidir con la despenalización del aborto. Se puede estar en la zona del ambientalismo y entrelazarse con el círculo de los liberales, entre los que posiblemente están los industriales soyeros y sus transgénicos... 

Terminamos por unir votos con unos en una causa mayúscula, mientras los combatimos en otra mayor o menor.  Estoy a la espera de que algún egresado de la carrera de Sociología haga una tesis en cuyo trabajo de campo (las redes sociales serían su material de estudio) encuentre los más dispares vínculos. Verá en el perfil de Facebook de aquella mujer que reniega del gobierno populista y que postea memes contra Maduro, likear el comentario de alguna militante del “proceso de cambio”, cuando de feminismo se trata. Desnudaría también a algún liberal que propugna la legalización del aborto, promoviendo a la vez las virtudes de padre de una familia “natural”.  

Como alguien apuntaba, asistimos a la emergencia de un capitalismo cultural amplio, y de la política de identidad y de adhesión en los que las tendencias se eligen a golpe de like en las redes sociales.

Aquel “auténtico, vanguardia, socialista de derecha” del que hablaba el Papirri en su Metafísica Popular en los años 90, es ahora cualquiera de nosotros, que con compulsión nos obligamos a guardar en el ropero pañuelos de todos los colores para cada expresión pública que formulemos en paroxismo. 

Hasta aquí todo bien, pues como decía Manuel Vázquez Montalbán, todo el mundo tiene las ideologías que necesita para justificar su propia vida. Aunque algunas veces, pienso, esa justificación sea una mera idealización. 

El problema viene (¿cuándo no?) en el momento en que, por defender nuestras ideologías, pretendemos catequizar a nuestros rivales del día. Y ahí ya la frase manida del derecho a la expresión que Voltaire jamás pronunció, vale, si acaso, una callampa. Para defender nuestras ideas, nos tornamos en seres de identidad cruzada, prestos a enviar a la hoguera a quienes no sienten como nosotros, utilizando la falacia como instrumento, a costa de la frase de (que no es de) Voltaire.

Hace pocos días se llevaron a cabo marchas en el país, de quienes pedían respeto a la “familia natural” y expresaban su repudio al aborto. Las redes sociales se incendiaron y los adherentes de esas causas terminaron como sobre de carta -de las que paseaban por varios correos, antes de que los Ponchos Rojos administraran Ecobol-, llena de sellos y etiquetas. Los acusaron de homofóbicos, patriarcales, criminales (pues en el fondo “fomentaban el aborto clandestino”) y de 1.000 cosas más. 

Entre quienes legítimamente promueven la libertad de la mujer, paradójicamente hubo quienes condenaron a las mujeres provida que hacían uso de una libertad concreta: ejercer su derecho a manifestarse. Y aunque lo que juzgaban los detractores de la marcha era el contenido de la consigna -contraria a la suya-, prescindieron de la condición de las manifestantes y se concentraron en su propia impotencia frente a lo que ven como un retroceso de la sociedad. Y así nos la pasamos. Nos posicionamos en nuestra atalaya y nos sumimos en la frustración frente a la necedad del resto, que no logra ver que nuestra causa es la honesta, la justa, la única. 

Calmémonos, pues si el futuro es benigno y plural, pronto tal vez podamos dejar de ver a los homosexuales como enfermos; a los provida como cómplices del crimen; a los religiosos como supersticiosos; a los feministas como nazis. Tal vez. 

Mientras tanto, el color del pañuelo que portamos nos define como seres humanos. Pañuelos que hacen de insignias que distinguen quién está con el bien y quién con el mal. Nos hemos convertido en seres con muchas almas, urgidos a defender nuestras causas multicolores, con una vida fanática y pendular. Nos aproximamos a algunos por un motivo afín, para separarnos inmediatamente por otro. Estamos dispuestos a transferir a una secta parte de nuestra identidad, pero odiamos la parte de identidad que otros ceden y que no condice con nuestro credo.  

En momentos de inseguridad, me da por librarme de esa personalidad múltiple y buscar agradar al prójimo. Luego recuerdo que los demás también comparten dentro de sí varios temples y me digo que los humanos estamos cada vez más hacinados, pero igual más lejos unos de otros. La pluralidad hace que coincidamos con pocos, y que haya menos espacios donde seamos plenos con otros.

Soy creyente. Socialdemócrata. Estoy a favor de los derechos de los homosexuales. No comparto el feminismo en boga. Soy carnívora, pero rechazo el maltrato a los animales. Confío en una despenalización responsable del aborto. Repruebo la “ideología de género”. ¿Significa esto que soy parcialmente buena y justa?, ¿o que soy cerrada y retrógrada a medias? Les confío a ustedes mis identidades para que me juzguen; yo haré lo mismo con sus comentarios, quién sabe sin piedad.
 

 

 

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