Historia

Los jukus

En 1986, el exminero y dirigente sindical Filemón Escóbar escribió sobre la vida en la mina. Esta semana Ideas publica un extracto de su texto La mina vista desde el guardatojo, publicado en el Cuaderno de investigación CIPCA N° 27.
domingo, 21 de abril de 2019 · 00:00

Filemón Escóbar Ideólogo político (+)

En los centros mineros se han presentado otros sectores de trabajadores mineros que, por su número, en muchos casos superan a los propios obreros regulares de las empresas. La historia de ellos es parte integrante de la historia del proletariado minero.

Este hecho denuncia la profunda crisis en que viven los pobres y de lo que es capaz el hombre rodeado por necesidades de subsistencia elementales. Para el gobierno, para los “gerentes”, para los policías y los ejércitos acantonados en los centros mineros  estos trabajadores son calificados de vulgares ladrones de mineral. Frente a “estas bandas organizadas”, el aparato represivo ha perfeccionado sus métodos. Matar a uno de estos trabajadores es cosa normal; encerrarlo es la pena benigna, la pena menor.

El “juku” tiene su propia historia, sometida al curso de la crisis de producción o al aumento de la misma. Es tan contradictorio en apariencia, sin embargo, en el fondo tiene su propia lógica. El juku es bienvenido cuando se trata de aumentar la producción; es mal venido cuando perjudica a ésta. Por eso, cuando la empresa ve su salvación en el jukeo, la fomenta indirectamente, disimula su aparato represivo; cuando la perjudica, su aparato represivo se torna bestial. En los últimos 10 años, el jukeo casi se ha generalizado en todos los centros mineros tanto estatales como privados. Este jukeo coincidió con la necesidad de aumentar la producción a costa de la miseria creciente de la gente.

El jukeo forma parte de la historia de las minas desde hace muchísimos años; pero ese jukeo del pasado era insignificante con relación al presente. En el pasado, el jukeo era exclusividad de los negociantes. Robo de mineral para vender a otra empresa. 

Los propios dueños de minas fomentaban el jukeo por medio de estos comerciantes. Así, en gran medida, la riqueza de Hoschildt fue acumulada fomentando el jukeo en las minas de Patiño y Aramayo. Este magnate colocó una serie de casas de rescate en las minas de sus competidores. Y a su vez, las casas de rescate determinaron que los empresarios tengan su propia policía. Los mineros al salir de los socavones eran revisados escrupulosamente. Así nacieron los “serenos”, una policía formada por obreros de confianza de la empresa, encargada de cuidar sus bienes, particularmente evitando el robo de mineral.

Este jukeo ya nada tiene que ver con el jukeo del presente, que tiene raíces en una extrema miseria social. Ahora es la clase minera la que realiza el jukeo y ya no los “especialistas” ávidos de riqueza y dinero. “El embrujo del oro” es la necesidad de saciar la miseria cotidiana, de llevar el pan al hogar. La nueva historia del jukeo en las minas  se inicia a fines de 1962. Empezó entonces el jukeo a gran escala con cientos de trabajadores mineros, que ahora llegan a miles. Todo ocurre cuando en 1962 en el distrito minero de Catavi en la plaza “nueva” de Llallagua  se reúnen cientos de desocupados. Allí se discute la posibilidad o no  de que la empresa pueda recibirlos como trabajadores regulares. Es casi imposible. Los desocupados suman cientos y no hay vacancias sino para decenas y estas decenas sólo cada mes o cada tres meses. Allí, en esa reunión que duró más de cuatro horas, estos trabajadores desocupados plantean una solución. La empresa tiene grandes zonas sin explorar porque técnicamente ya es imposible, a no ser erogando buenos miles de dólares. 

La Comibol vivía un período de pérdidas. La producción en fino había llegado a sus índices más bajos frente a la producción bruta. Los mineros desocupados, al plantear que dichas zonas se les debe entregar para su explotación, golpean en el clavo. La empresa podía aumentar su producción sin que le signifique un solo centavo de aumento en sus costos de producción.

La asamblea de los desocupados es dirigida por dos caudillos obreros que fueron asesinados durante el gobierno de Barrientos. Estos caudillos llevan el planteamiento a la gerencia. La gerencia ve con buenos ojos el planteamiento. Evidentemente, las zonas que los desocupados plantean para trabajar son zonas que la empresa no puede explotar, primero porque técnicamente sería muy costoso y, segundo, porque al presente son zonas ya marginales. La gerencia, después de consultar con La Paz, acepta.

Dos mil desocupados forman largas colas donde los “fotógrafos”. Deben poseer su propio carnet. Al ingresar a las propiedades de la empresa deben exhibir ante los serenos, los “chahuas” (revisadores), y repetir la operación al salir de los socavones. Las zonas que de hoy en adelante explotarán son las exsecciones se “Desvastes” y “Azul”, la zona del hundimiento de los blocks, el nivel 140 de la sección “Laguna”, la zona de “Dolores”. Se ha formado una nueva empresa sobre la misma empresa. Miles, junto a los trabajadores regulares de la empresa, ingresan a las cinco de la mañana para abandonarla a altas horas de la noche.

Las zonas abandonadas por la empresa son aún más ricas en mineral. Han encontrado muchas vetas. Han trabajado siguiendo sólo la veta: para seguirla han tenido que realizar pequeños     desquinches, suficientes como para que ingrese el cuerpo humano a rastras. No hay zona, por muy peligrosa, donde el juku no se haya atrevido explotarla. Hay desesperación por ubicar la veta. Toman la zona como “asaltar el cielo por asalto”. Las zonas que superan lo que comúnmente se llama peligro, son las zonas hundidas para la explotación de los blocks. Para ingresar a la zona del hundimiento la persona tiene que ir al arrastre más de doscientos metros por una bocaminita que más se asemeja a la vena, donde el aire se pierde y hay desesperación por absorberlo. Muchos obreros encontraron allí la muerte por falta de aire.

El ingreso lo realizan por puntas, que ahora los jukus llaman turnos. El turno dura el tiempo necesario para salir del hundimiento con su bolsa de mineral, generalmente dos arrobas. Por cada obrero que abandona la zona del hundimiento ingresa otro que espera su turno. La fila de ingreso se torna interminable, es una cadena sin fin.

Se trabaja en la zona del hundimiento a semejanza de un obrero que limpia vidrios en un edificio alto que domina la ciudad de Nueva York: su única protección es aferrarse a la ventana. El juku debe aferrarse a las paredes lisas para poder arrancar el mineral. Tiene que evitar el pisar en falso, porque en el hundimiento no hay piso que se vea. Así el minero pegado como una mosca en la pared, da comienzo a su trabajo. Tiene que sacar su punta y combo, y arrancar el mineral de las paredes del hundimiento. 

Si pierde el equilibrio cae en el espacio infinito. La zona es muy rica. No en vano han preparado los blocks en la zona rica de “Carnavalito”, famosa ya desde la época de  Patiño. En estas zonas aún existe la “casiterita”, el estaño casi puro. El minero se juega la vida por la “casiterita”. Sacar medio quintal es resolverse el problema de supervivencia por unos 15 días o más. Vale la pena correr el riesgo de muerte. Ingresar al arrastre hasta llegar a las paredes del hundimiento cuesta más de dos horas. El sacar el mineral de la roca lleva más de seis horas. Para volver con el mineral, pasan más de tres horas. Para una o dos arrobas, hay que correr el peligro cerca de 12 horas diarias.

Una gran parte de los obreros “regulares” prefieren no jugarse la vida. Por eso es mejor arrancar el mineral de las zonas menos peligrosas. Seguir la veta. Estos obreros “regulares” producen las mismas dos arrobas durante un mes de trabajo, si tienen suerte; es decir, si la veta no se les pierde a los pocos días. En cambio, los jukus, al ingresar a la zona del hundimiento, las dos arrobas de mineral las hacen en una jornada de 12 horas. Los obreros que siguen la veta encontrada se han vuelto topos. Extraer el mineral es labor de topos humanos. 

Luego, concentrar el mineral con medios primitivos, para después entregarlo a la empresa. Así trabajan durante unos 15 días, para dedicar el resto del mes a la concentración. En 15 días logran reunir una carga bruta hasta de tres a cuatro toneladas y de esas toneladas brutas logran concentrar de dos a tres arrobas. Otros de la misma cantidad bruta, no alcanzan a una arroba de mineral.

Cientos trabajan en los hundimientos; cientos en los “salones”; otros cientos tras las vetas; otros en los parajes antiguos; otros descubren rajos rellenos y se lanzan a sacar la carga, porque es un relleno antiguo; otros acumulan hasta durante tres meses solo carga bruta para luego dedicarse a concentrar. Todos estos trabajos los jukus lo realizan con la punta y el combo, con el barreno y el combo de cinco libras; el arranque con dinamita. 

Cada cartucho debe arrancar algo. Nada de material se desperdicia. Las palas, en realidad ya medias palas, siguen trabajando. Las picotas ya casi terminadas continúan siendo nuevas para la pericia del minero.

La concentración es por medio de bubles , cuando la carga ha sido bien molida con medios también primitivos. Las moliendas de mineral son ejes rotos de los ingenios que la empresa ya ha desechado.

Algunos obreros han logrado fabricar sus moliendas, y a ellos recurren casi todos los obreros para moler su carga bruta. El propietario de los ejes rotos por las moliendas ganará un porcentaje. Estos ejes están rellenados con piedras para aumentar el peso. Dos obreros mueven el eje y el movimiento va triturando la carga bruta. 

De allí pasará a la concentración y lo más fino se concentrará en latas de carburo. Allí se echa lo fino y se mezcla con agua, en un movimiento circular como quien echa azúcar y mueve la cucharilla; otra mano golpea a los costados de la lata de carburo. El movimiento de rotación, acompañado por los golpes en ritmo a la lata, hace que el mineral caiga al fondo y la caja se quede arriba. El minero después de repetir varias veces dicha operación, bota el agua con cuidado y raspa lo de encima para luego quedarse con la base. Ese mineral así concentrado pagará una ley que supere al 0,30%. De esta forma ha recuperado mineral que hasta hoy los ingenios de la empresa no pueden salvar. La tecnología está ausente. El trabajo es casi manual; no llega ni siquiera a la época de la manufactura.

El juku entrega el mineral directamente a la empresa sin ningún intermediario. La empresa tiene el sartén por el mango. Roba en la ley: si el minero ha entregado con una ley que supera el 1%, la empresa le calculará por debajo del 0,70%. Igual robo realizará con el peso. Si es un quintal, dirá que es sólo 80 libras. Los precios siempre están por debajo del Banco Minero y los precios del Banco Minero muy por debajo de la cotización mundial del mineral. Para vender mineral a la empresa no hay subida en la escalera, siempre es de bajada. Como ya se ha indicado, a la empresa esta producción no le cuesta un solo centavo, no hace más que comprar mineral concentrado y muy por debajo de los precios reales, del peso y la ley. En 1964 los jukus entregaron cada mes por encima de las 200 toneladas de mineral exportable, es decir, casi igual que la producción de la empresa con 6.000 obreros. 

Catavi, que estaba produciendo 280 a 300 toneladas, apareció súbitamente produciendo más de 500 toneladas. Así los jukus  salvaron a Comibol, salvaron a Catavi. Estos trabajadores no reciben ninguna ayuda de la empresa. No hay tecnología  ni material  ni herramientas  ni pulpería  ni vivienda  ni educación para los hijos, tampoco asistencia médica elemental.

A los jukus la muerte los persiguió y los persigue cotidianamente. Cobra sus víctimas en forma trágica. Víctimas a las que no se puede recuperar más, ni para darles una “cristiana sepultura”, como expresan las viudas de los jukus. Del obrero que cae al vacío de los hundimientos  sus restos se funden con la roca misma. Igual cosa ocurre en los salones y en los rajos rellenos que encuentran. Muchos otros mueren presas de los gases tóxicos en los parajes abandonados durante muchísimos años. 

La búsqueda del mineral en el fondo es la búsqueda de la muerte. Como el salario de la empresa vale la vida del minero, para el juku la arroba del mineral vale su propia vida, por accidente o por silicosis; y en los malos tiempos, por la bala de un milico. Esto iguala a todos los mineros, sean de la empresa o jukus. Dice que la muerte no distingue entre ricos y pobres. En este caso, la muerte es privilegio de los pobres, de los mineros. Sólo ellos mueren por decenas, por buscar el pan del día.
 

 

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