Género

Una lógica para la misoginia

El autor analiza las ideas de Kate Manne, plasmadas en su libro La lógica de la misoginia.
domingo, 21 de abril de 2019 · 00:00

Jorge Patiño Sarcinelli  Matemático y escritor

“Los hombres no odian a las mujeres, odian su necesidad de ellas”. 

Adam Phillips

La violencia contra la mujer es un fenómeno que debería chocar a todo el que tiene madre. Pero, ¿podemos ir más allá de la sociología y la estadística para entender sus raíces y mecanismos? Es decir, ¿hay una lógica que explique esa violencia particular? ¿Qué hay de particular en esa forma de violencia? Kate Manne en su libro La lógica de la misoginia (2018), propone una manera de entender el problema.

 Se trata, según ella, del “primer libro que trata la misoginia en la tradición de la filosofía analítica feminista”. Manne reconoce que su experiencia limita su perspectiva a las condiciones de una mujer blanca en un país desarrollado y que la suerte de la mujer pobre bajo racismo o subdesarrollo es más dura. Una cuestión de tamaña complejidad difícilmente tendrá explicaciones perfectas, pero creo que ella cumple con su propósito de “ofrecer un conjunto de herramientas que sirvan para preguntar, responder y debatir estas cuestiones”.

Comencemos por la palabra. Por su etimología –odio a la mujer– misoginia debía quizá ser la más apropiada para captar el fenómeno de violencia que queremos entender, pero ella ha caído en desuso en el discurso feminista. De hecho, tres de nuestras mayores exponentes, Sonia Montaño, María Galindo y Drina Ergueta, apenas la usan en sus columnas. 

Odio es un sentimiento extremo difícil de probar y de caracterizar, y es mejor, como propone Manne dejar la sicología y trasladar el análisis de la misoginia al terreno explicable y demostrable de lo político: “la esencia de la misoginia está en su función social, no en su naturaleza sicológica”. O, dicho de otra manera, aunque ambas hostilidades existen, “Al analizar la misoginia, veámosla en la hostilidad que enfrentan las mujeres … y no en la hostilidad que sienten los hombres en sus encuentros con ciertas mujeres”.

No todos diferencian misoginia de sexismo. Manne, sin embargo, hace una importante distinción: “El sexismo y la misoginia comparten el objetivo de mantener o establecer un orden patriarcal social, pero el sexismo es un componente de la ideología patriarcal, y la misoginia es el sistema que controla e implementa sus normas y expectativas”. Es decir, los tres elementos se complementan. En el orden patriarcal establecido, a la mujer se le asignan ciertos papeles y funciones; la justificación para una diferenciación entre los papeles la proporciona el sexismo; y a las mujeres que se rebelan contra esa asignación se las castiga con el hostigamiento, y en algunos casos con la violencia física. 

Manne lo pone así: “En esta economía, las mujeres están obligadas a darle a él… bienes morales característicos: atención, cuidado, respeto, admiración” (a lo que se podría añadir sexo exclusivo). “Pequeñas violaciones de ese orden son agrandadas fuera de proporción, y tomadas como indicadores de algo pérfido en el carácter de la mujer. Ella es representada como rompedora de promesas, mentirosa, que incumple su parte en acuerdos… pero las promesas rotas y los acuerdos incumplidos han sido hechos ilícitamente a su nombre por el patriarcado”.

Nada de esto niega que en los últimos años, la mujer haya logrado enormes avances en lo social. “No hay un conflicto entre el progreso social de las mujeres y la agresión misógina contra ellas. De hecho, ellas provocan resentimiento precisamente por su progreso social rápido en papeles dominados por los hombres”. Esta es la lógica de una de las explicaciones para la violencia contra la mujer; una reacción masculina de miedo y agresión a la creciente ocupación femenina del mundo laboral, adquiriendo con ello independencia económica, de movimiento y sexual.

Aquí caben dos observaciones importantes. En primer lugar, esta lectura de la  misoginia la hace compatible con el hostigamiento que ejercen hombres que se consideran lúcidos, liberales y de bien, pero en la educación que han recibido vienen embutidos de valores y expectativas que hacen que ellos se sientan en el derecho moral de cobrar de las mujeres ciertas actitudes y servicios. Los más violentos entre ellos pasan de ese cobro a cosas peores.

El otro ángulo del problema es que esos valores son hasta cierto punto compartidos por todos los miembros de una sociedad. Es decir, que las mujeres son con frecuencia misóginas cuando rechazan comportamientos de otras mujeres que huyen de esos valores y comportamientos establecidos. No es raro ver mujeres que atacan al feminismo que lucha por ellas.

Este hostigamiento generalizado contra las mujeres que resisten el orden patriarcal, como consecuencia de un conjunto de valores y expectativas que no se cuestionan porque se considera naturales, Manne llama la “banalización de la misoginia”, parodiando a Arendt.

La mayoría de los hombres pensantes rechazaría la acusación de que cosifican a la mujer, o, lo que es equivalente pero suena peor, la deshumanizan. Manne le dedica un capítulo a discutirla. Sin embargo, ¿cuántos de esos hombres serían capaces de conciliar ese rechazo con el deseo que les provoca el cuerpo de una mujer como lugar físico de satisfacción del deseo? El erotismo masculino –otro producto social–  está contaminado de esas cosificaciones. 

¿Cuántos hombres son capaces de reconocer la esquizofrenia de pensar distinto de lo que su mala educación los ha acostumbrado a sentir (y admitir que no la pueden cambiar porque no se pueden hacer instalar otro “sistema operativo” que el que ya les pusieron)? 

El sexismo que consideraba inferiores a las mujeres está en vías de extinción. Ya casi nadie se atrevería a afirmarlo. Pero subsiste una forma de diferenciación que puede ser perniciosa: aquella que glorifica ciertos papeles como propios e insustituibles de la mujer, pero que amenaza encerrarlas en esos papeles porque si son mejores en unas cosas, tendrán que ser peores en otras de las que así se justifica excluirlas. 

Hay un ámbito donde todavía se da una forma de superioridad asumida de los hombres, en lo que se llama “injusticia testimonial”, cuando la palabra de un hombre vale más que la de una mujer y se duda de ella antes que de él, típicamente en casos de abuso sexual.

Somos todavía una generación torcida, pero el mundo está cambiando y otras generaciones mejores están viniendo que no están atrapadas en los mismos dilemas. No me parece imposible que en cien años este mundo haya cambiado tanto que sea regulado por una lógica que hoy consideramos femenina y tengamos a los hombres elaborando tesis sobre el orden matriarcal imperante.
 

 

Confidencial

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