Lectura

Una crónica de las conversiones políticas de destacados intelectuales

HCF Mansilla propone una lectura del libro Conversiones. En ella contrapone la intención de los autores (expresada en el título del libro) con el resultado sorpresivo del desarrollo textual.
domingo, 28 de abril de 2019 · 00:00

HCF Mansilla  Filósofo

   En diciembre de 2018 la editorial Plural publicó un libro titulado escuetamente Conversiones, en el cual cinco conocidos intelectuales nos relatan su transformación de marxistas creyentes a demócratas liberales. El tema es original por ser muy raro en el área andina. 

Los bolivianos y, en general, los andinos, son reacios a componer relatos autobiográficos, porque nadie quiere exhibir debilidades, errores y sentimentalismos. Nadie desea admitir modificaciones radicales de sus valores más íntimos de orientación política e ideológica, porque esto equivale a confesar equivocaciones en la existencia individual. Como afirma Gonzalo Mendieta Romero en un reciente artículo en Página Siete, pocos intelectuales “se salvarían del rubor de aclarar sus tesis o amores del pasado”. 

Seguidamente Mendieta nos recuerda que “el cambio de tendencia es el mal de los intelectuales y la política”, pero estas alteraciones hay que hacerlas con suma discreción y olvidarlas como tales. La inmensa mayoría de la gente que realiza estas transformaciones las considera como pequeños ajustes, de contenido insignificante, dentro de una tendencia siempre ascendente y exitosa de la carrera política o universitaria. Y así, por supuesto, no puede haber un proceso genuino de autocrítica.

   El libro nos muestra la lucha interna de los autores con o contra un poderoso dogma que, después de todo, iluminó su juventud y les brindó un sentido positivo de la vida. Era un dogma noble: la idea de que es posible mejorar la suerte de los seres humanos mediante un programa revolucionario de cambios radicales, auxiliado por el fervor popular y la ciencia histórica más adelantada del mundo, el marxismo. Como se sabe, la realidad, terca e imprevisible como es, nos ha mostrado los altos costos sociales y humanos de esos designios.

   La palabra conversión tiene un trasfondo religioso. Ha habido transmutaciones de este tipo con gran significación histórica, como la súbita y dramática transformación de Saulo de Tarso en San Pablo, quien ha sido el verdadero fundador del cristianismo como el credo universal que conocemos hoy. Luego tenemos la conversión del emperador Constantino, llamado el Grande por los cristianos,  quien en sueños recibió el mandato divino de cambiar los signos imperiales del ejército romano por la cruz cristiana, lo que le otorgó al día siguiente la notable victoria militar del Puente Milvio y la totalidad del imperio romano. 

Finalmente tenemos la experiencia dramática de Martín Lutero -un rayo, como San Pablo-, que lo llevó a abandonar una promisoria carrera de leyes a favor del estudio de la teología, lo que contribuyó a la instauración de la Reforma protestante. Las conversiones religiosas son violentas y rápidas, mientras que las políticas son lentas y trabajosas. Las primeras se fundan en la fe y las segundas en la desilusión. Es el áspero camino del sentimiento a la racionalidad, basado en el desencanto, que a la larga ha resultado ser el método más conveniente del progreso científico.

   Juan Claudio Lechín Weise compuso el aporte más largo y más caótico del libro. Dice que él no cambió, sino los otros, los que él admiraba. Se trata de un viejo ardid literario para dar continuidad y fortaleza a la persona del narrador. No está claro, por lo tanto, cómo ha sido su conversión y cuándo sucedió. 

El texto es una desilusión, porque Lechín no explica los motivos y las modalidades de su transformación, si es que la hubo. En un pasaje del texto Lechín dice que esta última consistió en “poder mirar el mundo con mis ojos y acuñar un pensamiento propio”, pero este noble designio permanece en una total oscuridad. En contra de lo anunciado por el autor, su aporte relata exclusivamente desvaríos juveniles, a veces muy graciosos, y las vivencias existenciales de un chico díscolo, despierto y con un complejo de Edipo no bien resuelto. Lechín menciona el tema del caudillismo, pero no lo trata desde su propia perspectiva.

 Es una lástima, porque como hijo único de Juan Lechín Oquendo, está muy bien situado para hacerlo. La historia familiar, demasiado ligada al viejo Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y al ámbito sindical, le impiden acercarse críticamente a estos asuntos. La narración de una juventud muy movida es el único contenido del texto, y como tal no conduce en ningún momento a una crisis existencial que podría ser vista como una transmutación política e intelectual. Este es el punto débil del ensayo. Sus afirmaciones sobre Marx suenan radicalmente iconoclastas, lo típico de los conversos, pero no están bien fundamentadas. El texto termina de forma muy abrupta, antes de que el autor pueda relatar su transformación ideológica.

   Otro autor del libro es Roberto Laserna, un intelectual muy conocido y un autor importante en los campos de la sociología y la economía. Basta mencionar sus libros Las trampas del rentismo y La democracia en el ch’enko, que ahora son vistos como clásicos de las ciencias sociales bolivianas. Leyendo cuidadosamente su texto, tuve la impresión de que Laserna nunca experimentó una conversión ideológica y menos todavía una de carácter dramático. Este autor nos da a entender que siempre tuvo opiniones moderadas y de carácter crítico sobre el acontecer socio-político y sobre proyectos de políticas públicas. 

Como todo joven, tuvo curiosidad acerca de la teoría marxista y sus muchas variantes, pero nunca se involucró existencialmente en esas vías. Laserna se percató tempranamente de las falacias teóricas y prácticas de los movimientos radicales. Pudiendo equivocarme fácilmente, creo que este autor no sufrió un proceso dramático de transformación ideológica, sino uno de paulatino enriquecimiento intelectual, que lo llevó a apreciar profundamente los clásicos de la tradición liberal y a desconfiar de las ideologías radicales que pretenden tener la solución científica, justa e históricamente adecuada a todos los problemas sociales y políticos.

 Una observación muy valiosa de Laserna es aquella con la que se abre su texto: los dirigentes revolucionarios afirman que luchan por el mejoramiento de los desposeídos, pero en realidad trabajan metódica e incansablemente por sólo dos metas centrales: poder y dinero. El resto es pura retórica, pero muy efectiva en una sociedad con bajos niveles educativos, en la cual las masas de la población resultan ser altamente manipulables.

El caso de la autora Susana Seleme Antelo es diferente, aunque tampoco ella sufrió una conversión radical. Leyendo su texto, uno tiene la impresión de que siempre se sintió bien, lo que es lo contrario a una experiencia existencial de una crisis profunda y larga. La autora dice que los años de su juventud en Berlín fueron “maravillosos”. Se percibe su entusiasmo cuando asevera que aquella época “era una fiesta colectiva, llena de ilusiones y ganas de tomar el cielo por asalto”.

 La autora afirma que la  atmósfera en los círculos revolucionarios estudiantiles era “entrañable”, adjetivo que se repite a lo largo de todo el texto. Menciono este pequeño detalle para afirmar que la autora parece haber estado encantada en los diferentes entornos en los cuales le tocó vivir. En su vida posterior en Cuba, México y Bolivia no se pueden descubrir situaciones de una profunda crisis existencial que la hubiesen llevado eventualmente a un proceso de conversión. 

La autora dice textualmente que los años en Cuba fueron entrañables. En el periodo, en el cual Susana Seleme estuvo involucrada en el Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR), tampoco se nota el intento de una autocrítica. El gobierno del MIR (la “Manada de la Inconstancia Reiterativa”) fue uno de los periodos más calamitosos y frívolos de la historia de Bolivia, con dilatados fenómenos de corrupción en el plano ético e ineficiencia técnica en el ámbito administrativo. 

Esta fatal combinación es la que desprestigió la democracia representativa pluralista y la que preparó el terreno para el posterior advenimiento del Movimiento al Socialismo. Con toda razón Susana asevera. que “no hay nada más conservador que un revolucionario en el poder”, pero tampoco esta opinión crítica la ha llevado a una transformación intelectual.

El caso de Carlos Toranzo Roca es muy diferente e interesante por tratarse de una conversión ética, no tanto política y tampoco religiosa, una conversión relatada en un hermoso texto de calidad literaria y profunda emotividad, enmarcado en un estilo sobrio de textura estoica. Al relatar su infancia y juventud, Toranzo admite que fue tributario de la cultura política del autoritarismo, que entonces era la prevaleciente en el país. Le parecía “natural” que el gobierno de turno “acorrale” o “asesine” a sus adversarios políticos. 

La universalidad de los derechos humanos estaba aún muy lejos de su pensamiento. Pero ya estaba cambiando, y las guerrillas no lo convencieron como método para alcanzar el poder. Nos cuenta, por ejemplo, que un dirigente del Ejército de Liberación Nacional (ELN) le dijo muy molesto: Al ELN no se le hacen preguntas. Se ingresa vertical y se sale horizontal.  Es decir: se entraba a esa organización con un espíritu de obediencia y subordinación a los mandos superiores y se salía muerto heroicamente. 

El acto de transformación de Toranzo ocurrió en agosto de 1971, cuando los militares bajo Hugo Banzer tomaron el poder mediante un golpe de Estado. Durante el mismo fue asesinado su hermano Julio. En lugar de endurecer dogmáticamente sus posiciones, Carlos exclamó las hermosas palabras: “Nadie puede, nadie debe soñar su utopía si ella significa quitar la vida a otros y mutilar la libertad de estos”. Y poco después dijo: “Comprendí que en lugar de eliminar al otro, hay que aprender a convivir con él”. Desde entonces Toranzo se convirtió en un demócrata y en un defensor de la universalidad de los derechos humanos.

La conversión de Fernando Molina tuvo aspectos literarios. Desde la más tierna infancia hizo suyos los ideales de su padre, que creía, como Tolstoi, en un “primitivo rechazo al capitalismo”, que iba unido al ejercicio de una antigua fe religiosa. El recuento de su educación sentimental es muy interesante porque Molina nos muestra las complejas vinculaciones entre el origen social del joven revolucionario, los prejuicios colectivos de su tiempo y las corrientes de pensamiento del ámbito universitario. Liberarse de ellas por medio de la reflexión era muy difícil. La primera gran desilusión del joven Molina tuvo lugar con la Unidad Democrática y Popular (UDP, 1982-1985), que nuestro autor la consideraba como la “reserva moral” de la nación. A Molina le molestó “el escaso brillo” intelectual de los comunistas en funciones gubernamentales. Esto le llevó paulatinamente a convertirse en “el fácil blanco de los predicadores” trotzkistas del Partido Obrero Revolucionario (POR). 

Curiosamente Bolivia es el único país del mundo donde el trotzkismo ha echado raíces muy fuertes, sobre todo como mentalidad y cultura política. Esto no debe ser visto como algo positivo, ni siquiera como una excepcionalidad etnográfica o folklórica. Molina dice acertadamente que el trotzkismo era una religión revestida de pretensión científica, que brindaba sentido existencial a sus adherentes y eliminaba toda incertidumbre.

Nuestro autor sostiene que estuvo “intoxicado” por esta creencia. Lo negativo era la actitud reiterativa del caudillo partidario, Guillermo Lora, quien “disfrutaba enseñándonos a ser implacablemente autoritarios”. Lora era para Molina el padre espiritual, la encarnación viva de Marx, Lenin y Trotzki. 

Como es lo habitual en estos casos, la figura paterna se derrumbó al exhibir incoherencias y al no alcanzar el éxito material prometido. Fue una desilusión progresiva, a la que contribuyó el fundamento caracterológico de Molina, que él define como un “talante espontáneamente moderado y escéptico”. Los sucesos de 1989-1991 lo llevaron a cuestionar el núcleo del credo marxista: “las leyes obligatorias del desarrollo histórico”. Paralelamente Molina leyó La sociedad abierta y sus enemigos, de Karl R. Popper, libro que hizo una profunda impresión, casi una conversión en nuestro autor, pues afirma queeste libro “cambió significativamente mi vida”. 

Se podía vivir y pensar sin leyes de la historia, nos dice, lo que “no era fácil”, pues requería que “uno se atreviera a dejar la tutela de padres postizos”. De esta manera Molina se acercó a la democracia liberal, aunque con algunas reservas y distancias.

La crítica académica es todavía relativamente mal vista en el país. Cuando uno analiza un texto, por ejemplo, la gente -suspicaz hasta el extremo, algo típico de una sociedad conservadora y provinciana- ve en ello un intento de desprestigiar, una muestra de animadversión y maldad. La ironía es considerada como una burla. Algo similar puede ocurrir con este modesto artículo, cuyo único fin es contraponer la intención de los autores (expresada en el título del libro) con el resultado sorpresivo del desarrollo textual.

 

 

Confidencial

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