Exportaciones

¿Diversificación productiva o reprimarización de la economía boliviana?

Definimos diversificación productiva como un proceso en el cual los agentes económicos tienden progresivamente a producir en diferentes sectores –alimentos, energía, industria– y en nuevas actividades que demandan una creciente complejidad de conocimiento.
domingo, 16 de junio de 2019 · 00:00

Fernanda Wanderley  Directora IISEC, Universidad Católica Boliviana
José Peres-Cajías  Investigador Beatriu de Pinós, Universitat de Barcelona

 

Este artículo es la continuación de dos  columnas previamente publicadas en este mismo suplemento (Ideas, 7 de abril; 5 de mayo). Ambos  fueron respondidos, también en este suplemento, por Claudia Ramos,  funcionaria del Ministerio de Economía (Ideas, 21 de abril; 12 de mayo). Agradecemos a la autora por dichas respuestas porque permiten generar debate público sobre temas muy importantes para el país. 

Este era el objetivo cuando, bajo el auspicio de la Universidad Católica Boliviana San Pablo, coordinamos el seminario internacional y editamos el libro Los desafíos del desarrollo productivo en el siglo XXI: diversificación productiva, justicia social y sostenibilidad ambiental. 

En su última respuesta, Ramos insiste en que las políticas públicas generadas durante las administraciones de Evo Morales explican los avances sociales presenciados en Bolivia. Creemos que los nuevos argumentos presentados no refutan nuestra propuesta original: los avances sociales no fueron excepcionales cuando los comparamos con otros países de la región. 

Los lectores tienen la evidencia y pueden juzgar por sí mismos. Así, a continuación, nos concentraremos en otro tema central para el desarrollo: los avances de la economía boliviana en términos de diversificación productiva.

La diversificación ha estado continuamente en la agenda pública en América Latina y Bolivia. Sin embargo, se la puede entender de diferentes maneras. Por ejemplo, a veces se entiende como diversificación un proceso en el cual se avanza de forma lineal en la agregación de valor a las materias primas, pasando, por ejemplo, de la exportación de minerales brutos al procesamiento de los mismos; o, uno en el cual se pasa de la exportación de minerales o hidrocarburos a electricidad y/o productos agrícolas.

Este tipo de acercamientos eran corrientes en muchas discusiones en los años 40 y 60 y podían ser válidas para ese momento. No obstante, puede ser muy limitado para el presente, cuando vivimos la cuarta revolución tecnológica. 

Así, definimos diversificación productiva como un proceso en el cual los agentes económicos tienden progresivamente a producir en diferentes sectores -alimentos, energía, industria- y en nuevas actividades que demandan una creciente complejidad de conocimiento, que generan empleos dignos y que permiten protegerla sustentabilidad ambiental.

 La complejidad económica

Nuestra idea se basa en la complejidad económica de R. Hausmann y C. Hidalgo, la cual es desarrollada por Hausmann en un capítulo del libro que editamos. 

La propuesta original se basa en la importancia del conocimiento y mide la complejidad económica a través del estudio de la evolución y composición de las exportaciones: los países son más complejos en la medida que son capaces de vender productos cada vez más sofisticados (es decir, que demandan mayores capacidades de conocimiento) y que pueden ser producidos por pocos países. 

Así, el desarrollo de largo plazo de una economía se sustenta en el incremento de las capacidades de conocimiento productivo; ello está en contraposición con un crecimiento del PIB promovido en gran medida por coyunturas positivas en los precios internacionales de las materias primas.  

Según esta perspectiva, la evolución de la composición de los productos exportados es igual o más importante que la evolución del valor de las exportaciones. En el caso de la economía boliviana, el valor de las exportaciones ha pasado de un nivel constantemente inferior a los  1.700 millones de dólares entre 1975 y 2002, a uno que se situó en torno a los  12.000 millones de dólares entre 2012 y 2014; en los últimos años estamos alrededor de los 8.500 millones de dólares. 

Sin embargo, el capítulo de J.A. Morales en el libro muestra el protagonismo de las exportaciones de commodities (esto es, productos cuyos precios se definen en los mercados internacionales y sobre los cuales el país no tiene control) durante este boom; estos productos pasaron de representar en torno al 70% del valor exportado a finales de los 90, a niveles permanentemente superiores a 80% desde 2005; el valor fue de 90% entre 2012 y 2014.

Esta concentración se comprueba también cuando analizamos el número de productos exportados y el número de mercados donde éstos fueron destinados. 

El estudio de la cantidad de productos es crítico, pues indica las actividades que pueden ser desarrolladas exitosamente en el futuro; el de los destinos lo es porque el proceso de diversificación se basa en la consolidación de nuevos nichos de mercado.

Peñaranda (2018) estudia ambas variables para el caso boliviano a través de un índice de Gini: valores cercanos a 0 muestran una tendencia a la diversificación; valores cercanos a uno muestran una tendencia a la concentración. 

En el gráfico  observamos que, a pesar de las mejoras, el nivel de concentración era elevado en los años 90. Más aún, se dio una reconcentración en el número de productos exportados que comenzó con la crisis 1998-2002. 

Sin embargo, no queda duda que la concentración se aceleró durante el boom exportador. Lo mismo pasó con los mercados de destino: las exportaciones bolivianas tendieron a llegar a menos lugares. 

Las conclusiones son aún más preocupantes si analizamos la evolución de las exportaciones según el nivel tecnológico incorporado. 

En efecto, de acuerdo a las estimaciones de Peñaranda (2018), entre 2002 y 2014, creció el valor exportado en dólares de cuatro de las cinco categorías de exportaciones; la única que no creció fueron las exportaciones de manufacturas de alta tecnología. 

Más aún, las exportaciones que más crecieron fueron las de bienes primarios, aquellas que tienen incorporado un menor grado tecnológico. Así, mientras este tipo de exportaciones representaban el 61% del total  en 2002, en 2014 el ratio se incrementó a 78%.

Ciertamente este proceso de reprimarización no es exclusivo de Bolivia, es un fenómeno que se vivió en toda la región. De todas maneras, el análisis desagregado de las exportaciones permite ver que la reprimarización de las economías latinoamericanas no fue homogénea. 

Sobre la base en datos del Banco Mundial, entre 2009 y 2014, la participación de las exportaciones de hidrocarburos y minería sobre el total de las exportaciones fue continuamente superior en Bolivia en comparación a Colombia, Ecuador y Perú (IISEC, 2018). 

Además, la recuperación de la importancia relativa de las exportaciones no tradicionales luego del fin de la bonanza fue más lenta en Bolivia que en los otros países: entre 2014 y 2015, el peso de las exportaciones de hidrocarburos y minería en el total de exportaciones pasó de 70,5% a 69,3% en Bolivia, mientras en Colombia pasó de 68,5% a 56,4%, en Ecuador descendió de 53,1% a 38%, y en Perú de 51,5% a 47,9% (Banco Mundial).

Esta mayor diversificación relativa estuvo acompañada de mayor diversificación de la inversión extranjera directa por sector, de diversificación de los socios comerciales y de aumentos en la inversión en ciencia y tecnología (IISEC, 2018).

Se puede profundizar más el análisis estudiando la composición de los diez principales productos exportados entre 2015 y 2017 y su peso relativo en el total de exportaciones.

 

 Diversificación

Según datos de Cepalstat, Colombia se perfila como el país de la región andina con mayor diversificación: entre las 10 principales exportaciones cuenta con productos de alto valor agregado (medicamentos, productos derivados de plástico, sustancias químicas y de perfumería) y otros productos primarios como café, flores y plátanos.

En contraste, las principales exportaciones de Bolivia, Ecuador y Perú estuvieron concentradas en productos primarios. 

Resalta el potencial de diversificación de la economía ecuatoriana hacia la producción de alimentos como crustáceos, moluscos y pescados, plátanos, flores, cacao, aceite de palma, madera y café. 

En Perú resalta la producción de uvas, café, prendas de vestir, vegetales frescos y frutas tropicales. En Bolivia  destaca la exportación de torta y harina de semillas oleaginosas, aceites vegetales, cocos y anarcados y joyería. 

Estas diferencias se reflejan en la posición de estos países en el ranking internacional de complejidad económica: en 2016, Colombia ocupó el puesto 61, Perú el puesto 94, Ecuador el puesto 103 y Bolivia el puesto 109 de 122 países.

Es cierto que el análisis de la diversificación productiva centrado en las exportaciones es reduccionista por no incorporar los servicios y productos destinados al mercado interno. 

De igual manera, el índice de complejidad económica de Haussman y Hidalgo no considera los temas ambientales y sociales. A partir de estas críticas, nuevos estudios con base en la teoría de la complejidad económica están avanzando en la incorporación de la sostenibilidad ambiental y de las implicaciones laborales. 

Partiendo de clasificaciones de los bienes medioambientalmente amigables, Mealy&Teytelboym (2018) aplica la metodología de la complejidad económica para construir el Índice de Complejidad Verde (GCI).

 El estudio muestra que los países con los mayores niveles de GCI tienen mayor porcentaje de patentes medioambientales, niveles más bajos de emisiones de carbono y políticas medioambientales más estrictas. 

El estudio muestra que, en un periodo de 20 años, Alemania, Italia, Estados Unidos y Dinamarca lograron mantener su liderazgo; y China, Vietnam y Uganda son algunos de los países que están mostrando avances importantes en los últimos años.

Considerando que el proceso de transición es gradual y que nuestras economías son altamente dependientes de la exportación de hidrocarburos y minería, es importante analizar también las estrategias de aprovechamiento de estos recursos naturales. 

En el capítulo de Peres-Cajías en, el libro se menciona que la estrategia boliviana, basada en la industrialización de los recursos naturales, ha recibido diversas críticas: mala calidad de las plantas construidas, falta de insumos, falta de mercados, etcétera. 

Se remarca, no obstante, que poco se ha dicho sobre los efectos que dicha estrategia genera en términos de construcción de conocimiento local: ¿qué aprendemos los bolivianos cuando estas plantas se construyen y cuando comienzan a operar?  ¿Podemos operarlas solos o dependemos de la asistencia de otros?  ¿Podremos luego exportar nuestros servicios para enseñar a otros cómo operar estas plantas? 

Este aspecto  es muy relevante dado que la diversificación económica, tal como proponemos entenderla, está en función del stock de conocimiento que tiene una economía.  Hasta donde sabemos, la evidencia disponible es aún escasa. 

De todas maneras, el trabajo de Herrera, Morales y Jarrín (2016) sirve como un primer acercamiento. 

El estudio contrasta políticas de contenido local en el sector hidrocarburos de todos los países productores de América del Sur y México. La evaluación global sitúa a Bolivia entre las economías con menos avances. 

En lo que concierne a las políticas destinadas a transferir habilidades a la población local, Bolivia es identificada como un caso regular, lejos de casos exitosos como Brasil o Colombia. 

Ahora bien, en el siglo XX los esfuerzos de diversificación tendían a apuntar a la industria debido al potencial del sector en términos de generar ganancias de productividad y mejores empleos. 

En el siglo XXI, el primer potencial mencionado ya no es exclusivo de este sector, pues existen determinados servicios que tienen también un elevado potencial en términos de ganancias de productividad.

La experiencia de Jala Soft en Cochabamba ha adquirido notoriedad como ejemplo de una iniciativa privada consolidada a nivel nacional e internacional dentro de estos servicios. Es difícil pensar, no obstante, que ésta sea resultado de políticas públicas explícitas.

¿Ha buscado el Gobierno impulsar el desarrollo de otros Jala Soft? ¿Puede hacer algo al respecto? Una posible respuesta se halla en el impulso a los sistemas nacionales de innovación. 

De acuerdo al trabajo de Acevedo et al (2015), desde 2006 el Gobierno promulgó diferentes políticas tendientes a potenciar dicho sistema. No obstante, los resultados conseguidos difícilmente apuntan hacia una complejización de la economía boliviana. 

Por ejemplo, si bien es cierto que los bolivianos emprendemos mucho, también lo es que lo hacemos en sectores poco productivos. 

Igualmente, encuestas como el Global Entrepeneurship Monitor, o la Encuesta a Empresas desarrollada por Foronda et al (2018) muestra que, durante los años del boom, menos del 2% de los emprendimientos declaraban ofrecer productos que fuesen nuevos en el mercado mundial. 

Otras percepciones negativas se encuentran en ránkings internacionales de innovación, tales como Prodemo el Global Innovation Index, donde nuestra posición tiende a estar entre las peores, detrás incluso de economías de la región de tamaño similar tales como Guatemala, Honduras o El Salvador. 

En el libro no solo se presentan análisis de la situación, sino también propuestas. En la siguiente entrega se discutirán alternativas económicas y de política pública para la diversificación productiva que respondan a las exigencias que generan la economía global, el bienestar social y la sostenibilidad ambiental.

 

 

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