Fuerzas Armadas

Civilizar al indígena

En 1907 se aprobó la Ley del Servicio Militar Obligatorio, que esperaba resolver la cuestión del indígena mediante la “igualdad ciudadana”.
domingo, 30 de junio de 2019 · 00:00

Ángel Cahuapaza Mamani Historiador

Desde la fundación de la República de Bolivia en el siglo XIX, el Servicio Militar Obligatorio (SMO), fue la parte fundamental del Ejército de Bolivia. Historiadores, nacionales como extranjeros, estudiaron el tema de la participación popular en ejércitos locales y regionales antes y durante la independencia. A inicios de la vida republicana, el Mariscal Sucre reorganizó el Ejército con soldados y oficiales voluntarios de las guerrillas y otros soldados de otras regiones, quienes tuvieron participación en el proceso de independencia.

En ese sentido, en primera instancia, trataron de incorporar a los indígenas al Ejército, no obstante, los criollos y mestizos se negaron, argumentando que los indígenas hacían el pago del tributo y la servidumbre, y la incorporación al Servicio Militar los liberaba de sus servicios.

Por lo tanto, se intentó honrar la profesión militar con un personal, que independientemente del origen que procede, fuera un ciudadano digno. Por esa razón, se pretendió que los indígenas accedieran a la disposición de ser soldados, así ser visto como “ciudadanos honorables”. Esta pretensión provocó  el rechazo total de la clase criolla, heredera del pensamiento señorial colonial. (Quintana, 1998, 16). 

Posteriormente se creó la Escuela de Primeras Letras y una Escuela Militar para oficiales, con el objetivo de institucionalizar la disciplina y la profesionalización de los soldados y sargentos.

En 1829, el presidente Andrés de Santa Cruz intentó democratizar el acceso de la población al Ejército, pero una vez más se eximió del SMO a los indígenas contribuyentes, los mineros y colonos, por la presión de los propietarios. Entonces, Andrés de Santa Cruz creó dos formas de Servicio Militar: el Ejército de Línea y las Guardias Nacionales, ambas para poner fin al desordenado sistema de reclutamiento al Servicio Militar de ese entonces.

Posteriormente, el general José Ballivián intentó corregir los defectos del antiguo sistema, aplicando reformas militares  mediante el Código Militar de 1843, en el que la contribución militar tuvo que ser por departamentos, provincias y cantones, que después fue reemplazado por una nueva ley de enganche y reenganche, en la que el sistema de Servicio Militar fue voluntario. 

Desde 1843, el reclutamiento volvió a ser la norma para enrolar soldados, entre estos se encontraban: marginales, excolonos de hacienda, presidiarios, políticos en bancarrota y aventureros, que formaban parte de la milicia. 

Por consiguiente, se prohibió reclutar a personas que no eran “ciudadanos honorables”, esto por razones de preservar el estatus social de esa época. El reclutamiento era solo para la población urbana de las ciudades, y no así para los del área rural (indígenas). Las Guardias Nacionales eran prácticamente la división del orden estamental social y cultural (ciudadanos y bolivianos), se excluyó a los indígenas de las habilidades militares y el uso de las armas. Esta medida fue establecida debido al temor de militarizar a los indígenas, y la clase privilegiada argumentaba que los indígenas deben ser considerados más como contribuyentes y no soldados.

En 1875, el gobierno de Tomás Frías, urgido de emplear reformas militares para garantizar la subordinación del Ejército, impulsó, mediante ley militar, la modernización del sistema de reemplazos de carácter igualitario, espiritual, humanitario y de honorabilidad, que buscaba hacer del SMO una obligación universal. 

La nueva ley militar instituyó la obligatoriedad del SMO para todo boliviano, para así garantizar el orden público, además de la conscripción ordinaria  a través de las Juntas Municipales, que redujo su duración de cuatro años para alfabetos y cinco años para los analfabetos. 

Para 1895, hubo temor de la supuesta militarización del indígena por parte de los propietarios y mineros; para ello se planteó la necesidad de impedir la incorporación del indígena al Ejército, con el pretexto de que el indígena era considerado solo para la agricultura, y no podían adquirir los derechos de ciudadanos por vía del SMO.

A inicios del siglo XX, el gobierno de José Manuel Pando planteó reformar el Ejército bajo los indicios de militarizar la nación y nacionalizar el Ejército. Entonces  se decidió integrar a los indígenas al Servicio Militar del Ejército  con una lógica civilizadora. 

Para ese entonces, existió una gran influencia del darwinismo social. Las obras de René Gabriel Moreno, Alcides Arguedas, y otros, son la clara representación de la influencia del darwinismo social. De la misma forma, Pilar Mendieta (2007)  señala que para ese tiempo existió una fuerte discriminación hacia los indígenas, considerándolos como indios salvajes. El mismo Bautista Saavedra en el proceso de Mohoza  se refería a los indígenas como “orangutanes sangrientos”  y “animales salvajes”.

En enero de 1907 se aprobó laLey del Servicio Militar Obligatorio, que según el propio gobierno y el Ejército, se esperaba resolver la cuestión del indígena mediante la “civilización” y la “igualdad ciudadana”, Juan Ramón Quintana (1998), afirma esta cuestión de convertir al indígena en “ciudadanos honorables”.

La universalidad del SMO se convirtió en un recurso meramente formal, ya que la ley incorporó medidas de excepción que permitían la exclusión de los jóvenes procedentes de círculos de poder e influencia política y social. Pero para los indígenas el SMO era considerado un imperativo inevitable que favorecía la “civilización” (Quintana, 1998, 36).

El SMO para los indígenas tenía el objetivo de civilizar o ciudadanizar al indígena  y convertirlo en un nuevo ciudadano para la sociedad. Actualmente, este imaginario sigue presente en las personas del área rural, quienes después de hacer el servicio militar  salen del cuartel con el imaginario de que son nuevos ciudadanos, como si no se consideraran ciudadanos. 

Este imaginario estructurado de más de un siglo permanece en el sector rural más que en el urbano, porque los imaginarios y las mentalidades forman parte de la historia lenta de las sociedades  y son los últimos que cambian.
 

 

 

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