Políticas ambientalistas, climáticas y ecológicas

El retorno de la energía nuclear

Un documental sobre la situación de la energía nuclear producido en Nueva Zelanda muestra una industria agonizante, pero con grandes intereses de inversionistas y con ejércitos de lobistas con la tarea por convencer a los políticos. La energía nuclear está sobreestimada y es muy cara.
domingo, 30 de junio de 2019 · 00:00

Carlos Decker-Molina Periodista boliviano radicado en Suecia

La exigencia de eliminar el dióxido de carbono, el evidente cambio climático, los incendios en los bosques de Europa,  las inundaciones del sudeste asiático, los deshielos del Polo Norte, la juventud europea liderada por la adolescente sueca Greta Thunberg y las victorias electorales de los Verdes en varios países claves de Europa, como Alemania, o el avance en Francia, incluso en la Italia de Salvini, han obligado –sobre todo a la derecha extremista y no extremista– a reconsiderar la energía nuclear como la solución “inteligente” en favor de un “cambio climático inmediato”. 

Esa actitud de las dos derechas ha convertido el tema de la energía en un retorno a la dicotomía izquierda-derecha, aunque los defensores del clima, la ecología, el medio ambiente no sean todos de izquierda. Me parece que una buena denominación es: socialistas y nuclearistas.

Nuclearistas

Hay 500 reactores que producen el 17% de la energía consumida en el mundo y se están terminando de construir 48 nuevos reactores: en  China 13, Rusia 8, India 6 y Corea del Sur 5. No es todo, ya en 2009 se programaron 200 reactores más.

En la UE es Francia el principal nuclearista, obtiene el 76,19% de su electricidad a partir de sus 59 reactores, es el segundo país del mundo después de Estados Unidos con 104 reactores.

Los “chalecos amarillos” ocuparon las calles de Francia contra el aumento del precio de los carburantes que, en su legislación, tiene un marcado sesgo ambientalista. 

En el norte de Suecia comienza también una rebelión, calcada de Francia, contra el aumento de los impuestos al consumo de hidrocarburos. Allí, la clase media  tiene que desplazarse en automóvil por razones de distancia. En algunos países se dan ventajas estatales para mudar al automóvil eléctrico, o por lo menos a los híbridos.

La  defensa ambiental tiene un argumento económico: cuando la prensa pregunta sobre el impacto en medio ambiente y el clima, responden como el presidente Trump, es decir, no creen en los argumentos científicos y descalifican informes mundiales de organismos internacionales. Son la base política de los nuevos nuclearistas.  

Un documental sobre el retorno de la energía nuclear producido en Nueva Zelanda muestra una industria agonizante, pero con grandes intereses de inversionistas y con ejércitos de lobistas con la tarea por convencer a los políticos. “La energía nuclear está logrando nuevos éxitos gracias a la situación cada vez más urgente del cambio climático”.

Rob Edwards, redactor de la revista New Scientist, dice  claramente que es un error cuando están a la mano otras fuentes más baratas, renovables y sin el peligro de terminar en sarcófagos como en Chernóbil; o reventadas como en Fukushima. 

 

Socialistas

El profesor de sistemas ambientales y energéticos, Lars J Nilsson, sostiene que la energía nuclear está sobreestimada. Es muy cara, no sólo la construcción de los reactores, sino los procesos de seguridad, muy exigente en la manipulación posterior de los residuos. 

Nilsson dice que está bastante convencido de que Europa, con el apoyo de sus ciudadanos y la gran voluntad de éstos por el cambio, podrá alcanzar el objetivo de cero emisiones para 2045 -2050.  La información científica deja muy claro que el sol y el viento son más baratos por kWh que la energía nuclear, la fósil y nuclear. 

Puede ser que Europa haya comprendido la necesidad de los cambios energéticos, pero ¿qué pasa con India, China y Rusia? Nilsson recuerda que China es el país del mundo con más instalaciones de energía eólica y solar. India tiene avances importantes en el cambio energético; el problema es Rusia, porque hay vínculos entre la élite política y la industria del petróleo y el gas. Nilsson sostiene que sería inmoral no hacer nada sólo porque los otros no lo hacen.

El desafío es el almacenamiento y la expansión de las redes eléctricas para evitar la escasez de energía. Este tema es vital para Europa del norte por los largos inviernos. En Suecia hay una nueva producción de edificios ecológicos, ahorradores de energía. Se usa madera que concentra calor y ventanas con tres vidrios para evitar la filtración del frío.

Nilsson sugiere que la solución está en el almacenamiento de energía, teniendo en cuenta que tanto el transporte como la industria mutarán a espacios electrificados.

La agricultura y la silvicultura son otros campos de tensión. Por ello hay que trabajar por la sostenibilidad. Se sugiere tener cuidado con el bosque y el suelo porque son recursos limitados. La humanidad seguirá necesitando cultivos, madera y pulpa y  esa producción produce residuos que ya se utilizan en la producción de biocombustibles. 

Los buses del transporte colectivo de Suecia y otros países usan biocombustibles provenientes sobre todo de la basura doméstica.

Esto demuestra que la solución no está en sólo una opción, pues, hay varias incluidas unas máquinas que ennoblecen el anhídrido carbónico, en plena construcción experimental.

Estos renglones están en manos de la nueva industria que tiene apoyos estatales, no siempre en todos los casos, pero hay otro desafío y es el individual.

¿Es posible cambiar los hábitos de consumo?

Hay dos variables: la individual y la estatal, que al no contraponerse, actúan con éxito. La basura seleccionada, por ejemplo, la eliminación de los plásticos y sobre todo el consumo de productos cercanos para evitar transportes y emisiones de gases invernadero. La solución personal  vuelve a la bolsa de tela o al canasto y la estatal prohíbe el uso de los plásticos; ambas se complementan y son necesarias. En algunos países, como los nórdicos, se comienza por la escuela, así se eliminó en gran parte del planeta el hábito de fumar en espacios públicos, gracias a la convergencia entre el Estado, la escuela y el individuo. 

El retorno del tren que, en diez años o más, vertebrará toda Europa con ferrocarriles altamente veloces, reducirá el tiempo con relación a los vuelos entre países europeos. Hoy hay trenes que todavía funcionan a diésel. Los investigadores dicen que a mediados del siglo los aviones servirán para viajes interoceánicos.

¿Y el mundo pobre?

Los países en desarrollo tienen la ventaja de tener el mal ejemplo de los países industrializados, es más fácil que sus políticas ambientalistas, climáticas y ecológicas tengan eco en sus pueblos. No se trata del desarrollo por el desarrollo, que produce la devastación de bosques para construir caminos, o del uso indiscriminado de sus recursos energéticos como petróleo y gas que pueden quedar como reserva estratégica y dar paso a la energía solar y eólica. En los países pobres todo se está por construir. Cabo Verde tiene dos grandes instalaciones fotovoltaicas, las más grandes de África. 

El desafío más importante es sustituir el transporte, que significa fuentes de trabajo, por trenes o por un transporte menos corrosivo del medio ambiente como la electricidad y los biocombustibles.

 

¿Y los dueños del petróleo?

En los 80 se pensó que la nuclearización iba a llegar a Marruecos, Argelia, Libia, Egipto, Irak y Kuwait. Hoy ninguno tiene un reactor nuclear; si hay, son pequeños reactores experimentales. 

Fuera de la lista de países de la zona, cuya nuclearización se les prometía desde las plazas poseedoras del conocimiento como Estados Unidos, Rusia (ex-URSS), China y en algunos casos Corea del Norte, sólo Irán terminó de construir una central, convirtiéndose en el primer país en arrancar un reactor desde 1996, actitud muy criticada. De buena fuente, Irán quisiera una bomba para equilibrar con la de Israel.

En Catar, Arabia Saudí, Kuwait o Emiratos Árabes  están invirtiendo decididamente en energía solar.

¿Se habrán vuelto ecologistas los jeques árabes? No necesariamente, simplemente ocurre que la energía fotovoltaica es más barata que la nuclear. Y el astro rey es uno, es decir, es el mismo sol del altiplano boliviano o del desierto de Atacama. En el desierto árabe hay muchas horas de sol. En Suecia con menos sol que el Reino Unido, y muchísimo menos soleado que Arabia Saudí, la energía fotovoltaica sigue siendo la más barata. 

Hay políticos de países chicos y medianos que quieren ingresar al club nuclearista, a esos políticos megalómanos hay que confrontarlos con el relato de los accidentes nucleares.

Los accidentes

El 28 de marzo de 1979 el núcleo de Three Mile Island (TMI), en Harrisburg (Pensilvania), sufrió una fusión parcial y puso en riesgo a todo lo que le rodeaba. Fue el accidente más grave de la historia estadounidense. Puso en peligro a casi dos millones de personas de las que 70.000 recibieron un aviso para una posible evacuación.

Todo comenzó por un fallo humano en el reactor 2, que sufrió una fuga porque los operadores no comprendían a cabalidad los protocolos de cierre de válvulas. Se descubrió que una persona ajena a la física no puede trabajar en un central nuclear, porque no sabe cómo funciona un reactor. 

A partir de Harrisburg se han mejorado los procesos de reciclaje y la formación técnica y profesional. Y, finalmente se crearon “simuladores” para practicar hipotéticos problemas.

La fuga del reactor 2 se catalogó como problema de nivel cinco –accidente con consecuencias amplias– hasta Chernóbil y Fukushima era el percance más grave de la historia nuclear-civil.

En lo que se parecen los tres accidentes es en la opacidad de las investigaciones. En Three Mile Island, según el informe de la agencia de protección ambiental: “se observó un incremento en la exposición de radiactividad, pero, sin llegar a grados peligrosos”. Los Ecologistas en Acción  aseguran no haber llegado a conclusiones por la falta de información fiable. “Hay evidencia de contaminación radiactiva. Decir que no hubo consecuencias es no querer contar la verdad”. Según Greenpace, el escape de radiación fue diez veces superior al reconocido oficialmente. 

El caso de la catástrofe de Chernóbil tiene un parentesco con el estadounidense, ambos son consecuencia de fallas humanas.

Cuando llegaron técnicos desde Moscú para hacer una prueba quisieron simularla en el reactor que mejor funcionaba, pero el comisario quitó a los operadores que sabían cómo funcionaba el reactor.

Hicieron una prueba de comprobación de los generadores de emergencia para saber cuántos minutos podían mantener la central de manera segura. El jefe de turno ya avisó de que aquello era muy peligroso, pero no quisieron escuchar.

 La catástrofe fue inmediata, la cantidad de muertos oficiales son 300 sólo el primer día, hoy no se sabe con exactitud.  La nube radiactiva llegó a Suecia, que  fue el primer país en reclamar información. Los apicultores advirtieron el silencio de sus abejas, los hongos murieron y los alces tuvieron que ser eliminados por la cantidad de bequereles que tenían en el cuerpo. Hubo una veda por una larga temporada, todavía hay recelos.

Fukushima es el tercer accidente en el país conocido por sus protocolos de seguridad industrial. Los arquitectos e ingenieros no soñaron con las dimensiones del tsunami que traspasó las barreras que se construyeron justamente para evitar la catástrofe, pero las fuerzas de la naturaleza pasaron los niveles del cálculo humano.

Hay una pregunta más, la herencia para las generaciones venideras. ¿Qué son los residuos generados en las centrales nucleares?

Según los encargados, en Suecia, de manipular estos residuos, son de tres categorías.  Residuos de bajo, medio y alto nivel. Los de bajo nivel son equipos de protección,  paños plásticos y materiales de limpieza, que  se queman en un horno especial. Los filtros de cenizas y gases de combustión pasan a la categoría de residuos de nivel intermedio. 

El residuo de nivel intermedio se utiliza como filtro y las llamadas resinas de intercambio iónico del equipo de purificación del sistema del reactor. A su turno, estos desechos se convierten en bobinas de concreto y se mandan a un depósito final de desechos radiactivos de corta duración. 

Los residuos de alto nivel son los que produce el combustible del reactor.  Se almacenan durante de 30 años bajo el agua porque debe enfriarse, ya sea en las cuencas del combustible gastado, en una planta aledaña.

Los almacenamientos actuales son provisionales, la radiactividad debe disminuir en un 90% para que pueda ser más fácil su manipulación.

El transporte de sustancias radiactivas, desde el depósito es a través del agua subterránea,  necesita: 

Un recipiente de cobre, donde el combustible está encapsulado, cerrado con hierro fundido. En el ambiente químico de la roca, el cobre se corroe muy lentamente. No salen sustancias radiactivas de las cápsulas densas.

La segunda barrera es la arcilla bentonita. La arcilla es un amortiguador que protege de posibles movimientos de la roca y también evita que el agua filtre y actúa como un filtro si un recipiente está dañado.

La tercera barrera es la roca ya mencionada, que actúa como un filtro. Puede retener sustancias radiactivas durante mucho tiempo. Una gran parte puede descomponerse en elementos estables antes que alcancen la superficie del suelo. El proceso de almacenamiento de los residuos nucleares de las plantas de energía en Suecia implica el encapsulamiento de los residuos, que son luego “enterrados” en el seno de nuestro planeta. 

Igual procedimiento tendrán que emplear los casi 500 reactores nucleares en funcionamiento.  

¿Será como enterrar varias bombas atómicas en los interiores de la madre tierra? Los expertos dicen que no, que las radiaciones se van debilitando, pero “no hay experiencia práctica”, el conocimiento surge del laboratorio.

El tratamiento de los residuos sigue siendo una gran pregunta. 

Los socialistas tienen razón cuando se oponen al renacimiento nuclear, porque es un remedio mucho más peligroso que la enfermedad climática y ecológica. 

El problema se está posicionando entre el catastrofismo y el optimismo industrial. 

La realidad sueca no es la de España y tampoco la de Bolivia. Pareciera que las soluciones intentan ser empaquetadas  como si fueran ideologías, lo que probablemente sería un nuevo error. ¿Hay apremio? Sin duda algo hay que hacer, pero sin precipitación.