Minería

Simón I. Patiño y la lectura nacionalista de la historia

Merece ser reivindicado cuando menos como ejemplo de prodigiosa voluntad de triunfar, sobreponiéndose a penosas condiciones y elevándose hasta las posiciones más encumbradas.
domingo, 09 de junio de 2019 · 00:00

J. Nelson Antezana R. Bibliotecólogo

Simón I. Patiño, el boliviano que llegaría a ser uno de los hombres más ricos del mundo durante la primera mitad del siglo XX, nació en junio de 1860 en Santibáñez, provincia Capinota del departamento de Cochabamba. Hijo de un vasco de apellido Iturri y de María Patiño, sólo añadió la inicial de su apellido paterno, a pesar suyo, siendo joven y habiendo empezado a trabajar en Oruro. Es probable que guardara cierto resentimiento por el apellido de su progenitor español, quien abandonó a su madre sin reconocerlo a él como su hijo, condenándolo a la condición de bastardo, en una época en la que a los hijos se los encasillaba en la oprobiosa división de “naturales” y “legítimos”.

Apenas cursó los primeros niveles de educación, pero poseía ciertas virtudes que compensaban con creces sus limitados conocimientos. Fue lo suficientemente visionario como para no soterrarse en los valles de Cochabamba. Siendo joven aún, se trasladó a los centros mineros para probar suerte en una época en la que la minería era una caprichosa mezcla de trabajo tesonero y azar. Confiando siempre en su intuición y en su capacidad para adelantarse a los hechos, junto a una visión de las cosas y los hombres capaz de ver debajo del alquitrán, llegó a ser el “Rey del Estaño”.

Sus comienzos fueron difíciles, como todo lo que empieza  siendo pequeño, intentó trabajar en Huanchaca, la emblemática mina de Aniceto Arce que encandilaba con su solo nombre a todos los ambiciosos y aventureros. Logró ingresar a la empresa del magnate de la plata en Pulacayo, teniendo que soportar temperaturas bajo cero en invierno y un sueldo misérrimo. 

Regresó a Oruro y el destino lo colocó en una empresa que sería decisiva para él en los últimos años del languideciente siglo XIX, empezó a trabajar en la casa comercial Germán Frikhe y Compañía, rescatadora de minerales y proveedora de herramientas y maquinaria para los centros mineros más importantes.

Mientras trabajaba en esta empresa conoció a Sergio Oporto con quien se asoció para explotar La Salvadora, ubicada en Llallagua. Luego de tres años de azarosa sociedad en la que más fueron las pérdidas que las ganancias, Patiño compró la parte de Oporto disolviendo la sociedad en agosto de 1897.

 Ahora estaba solo, absolutamente solo, pero por primera vez se sentía libre y dueño de su destino; había dejado de ser un dependiente para ser dueño de una mina que aunque no daba el filón deseado, era sólo suya. Dos años más tarde, cuando el siglo XIX llegaba a su fin y el alborear de una nueva centuria iluminaba la montaña de Llallagua, Patiño encontró la veta que había casi agotado sus ahorros, sus esperanzas y media vida. Lo hallado era estaño, lo demás es historia.

He querido hacer esta pequeña reseña acerca de los comienzos de Simón I. Patiño para situarnos en el contexto humano que fue la hazaña de quien, teniendo muy poco y siendo casi nadie, logró encumbrarse como un magnate minero a nivel mundial con acciones y empresas en Europa, Estados Unidos y Asia.

Sin embargo, en Bolivia nos hemos acostumbrado a la lectura nacionalista de nuestra  historia, aquella que proviene de los intelectuales del MNR y que tiene su más acabada versión en Nacionalismo y Coloniaje. Esa versión de la historia de país que muestra a Simón I. Patiño como el depredador de las riquezas de Bolivia que saqueó al país durante medio siglo. 

La misma lectura que creó términos que tan sólo son una entelequia como “rosca minero-feudal” o “la antipatria” y otras frases de ese jaez, que a decir de Luis Tapia, citado por H. C. F Mansilla en su obra Una mirada crítica sobre la obra de René Zavaleta Mercado: “(…) propone una estructura teórica para reescribir la historia boliviana y no para sacar a luz alguna verdad neutral”.

Esa lectura sesgada no toma en cuenta que si Patiño, Hotschild o Aramayo, pero no sólo estos, llegaron a ser propietarios de inmensas fortunas gracias a la explotación de las riquezas minerales de Bolivia, fue porque estaban amparados en la Constitución de 1880, una constitución, quizá, demasiado liberal para un Estado tan débil como el que existía en ese entonces, sin que por ello se tenga que satanizar su obra ni su vida. En un Estado como el que surgió después de la Guerra del Pacífico, cualquier persona podía prosperar, pues estaba garantizada la propiedad privada.

Sin embargo, después de la Guerra del Chaco y con la irrupción de partidos nacionalistas y socialistas en la vida política del país, fruto del desorden social que produjo la contienda con  Paraguay,  surgió una visión que se prolongó durante buena parte del siglo XX y que se sintetiza en los tres elementos que menciona H. C. F Mansilla en el libro mencionado líneas arriba: 

“En base a esta mentalidad de ribetes míticos se ha originado la triada del pensamiento nacionalista: la idea del tesoro-mina que debe ser preservado, la propiedad del mismo a cargo de los dueños originales (…) y la creencia de que toda intervención privada y/o extranjera en el rubro de los recursos naturales equivale a una especie de saqueo sacrílego”.

Esto ha calado tan hondo en el imaginario de la clase política de Bolivia, que después del periodo 1952-1964, todos han querido replicar esas gestas, nacionalizando algo, por más irrelevante que resulte. Lo más irónico es que quienes pretendieron construir el Estado del 52, lo destruyeron el 85 dando lugar a que surjan nuevos adalides de la “nacionalización”. Tal parece que este ciclo se ha convertido en   un círculo vicioso como la noria que siempre vuelve al mismo lugar.

Volviendo a Patiño, creo que merece ser reivindicado cuando menos como ejemplo de prodigiosa voluntad de triunfar sobreponiéndose a penosas condiciones y elevándose  hasta las posiciones más encumbradas, gracias al trabajo, la decisión y el empeño individual. Por otra parte, y en contra de lo que la leyenda negra ha divulgado, Patiño contribuyó de muchas formas a Bolivia, es necesario un breve recuento, por lo menos de forma puntual: 

A través de terceros adquirió toda la mina de Llallagua que se encontraba en poder de capitales chilenos; contribuyó al país durante la Guerra del Chaco con la compra de un avión (que no es poco decir), así como en otros aspectos de la contienda.

En el ámbito de la cultura financió la publicación de la Historia de Bolivia de Alcides Arguedas y, al final de la vida del magnate, a través de su fundación, Carlos Medinaceli pudo publicar en Buenos Aires su novela La Chaskañawi. La Fundación Cultural Simón I. Patiño ha apoyado, y lo sigue haciendo, a cientos de jóvenes bolivianos que se han profesionalizado en Europa, premiando su buen rendimiento en el bachillerato.

Por último, hay que decirlo, en menoscabo de  la academia, que la lectura y la interpretación de la historia están sujetas muchas veces a las coyunturas políticas y transitorias desde las cuales se mira el pasado.
 

 

100
13