Prensa

Presencia, la agonía de un gran periódico

Algunos obispos empezaron a buscar con sigilo socios que pudieran capitalizar el periódico antes que el diario empezara a oler a cadáver.
domingo, 21 de julio de 2019 · 00:00

Francisco Roque Bacarreza El autor fue jefe de informaciones y editor general de Presencia

Raúl Rivadeneira Prada fue citado una mañana todavía lluviosa a principios de 1989 a la sede de la Conferencia Episcopal de Obispos católicos de Bolivia. La convocatoria no fue una sorpresa para el veterano periodista y uno de los pocos fundadores activos de Presencia.  Monseñor Edmundo Abastoflor fue directamente al grano: “salve el periódico”.

Rivadeneira aceptó el reto a sabiendas de que era enorme. Lo hizo bajo una única condición, disponer del respaldo total de los obispos. Recordó los tiempos primigenios del entonces semanario católico, fundado en 1952, antes de la Revolución, cuando monseñor Abel Antezana ofreció empeñar su crucifijo de oro para pagar apremiantes cuentas del periódico. El prelado apoyaba al grupo entusiasta de jóvenes de Acción Católica que fundaron un diario laico que fuera la voz del país en tiempos turbulentos.

Al mando del timón, Rivadeneira halló lo que ya esperaba, números rojos en el balance y una redacción endeble, algunos de cuyos redactores egresados de la Universidad Católica no tenían experiencia y había  varios con claras deficiencias. Presencia ya no era entonces el medio que pagaba más a sus periodistas, situación que restaba contratar a buenos profesionales.

 Con el apoyo de Carlos Arce, jefe de redacción, Rivadeneira buscó mejorar la situación. Como experimentado maestro y doctor en comunicaciones, impartió contra reloj clases a los redactores. Tarea harto difícil porque es difícil enseñar a escribir.

 Con el recuerdo de la vieja tradición del periódico, hubo intentos de resucitar la tradición del diario. Mejoró el contenido con informaciones que rompían los resguardos impuestos por el gobierno de Banzer. Fue descubierto un negociado de compra de armas, se destaparon vetas de la red del narcotráfico y se consiguió identificar algunos esbirros de la dictadura impuesta en 1971.

El esfuerzo de la redacción no fue suficiente, los ingresos por publicidad resultaban insuficientes, el Gobierno limitó al mínimo indispensable el avisaje oficial. Desde fuera de los muros del edificio Esperanza se tejía una oscura embestida. Con la complicidad de canillitas instalados en sitios estratégicos de la ciudad, se ocultaban los ejemplares de Presencia debajo de diarios como La Razón.

El periódico ya no era más de lo que en su día el tándem de Huáscar Cajías, director, y monseñor Prata, presidente del directorio, complementados por Armando Mariaca,  condujeron hacia la época de oro del periódico en los años 80 y parte de los 90. 

El diario no sólo fue un modelo de éxito empresarial laico-católico, sino sustento financiero de la Conferencia de Obispos y de algunos emprendimientos importantes, como la Universidad Católica.

El alejamiento de ambos pilares -Cajías por razones personales y Prata por cuestiones de índole religiosa-  dejó un hondo vacío.

La enjundiosa redacción de los 60 y parte de los 70 sufrió uno de los peores embates de los que se recuerda en la historia del periodismo boliviano. 

Al inicio de la dictadura en 1971, el odio de la extrema derecha fascista se ensañó con Presencia, varios de sus redactores fueron forzados al exilio, otros detenidos por órdenes del entonces ministro Selich. Los sobrevivientes, bajo la sólida conducción de Cajías, tomaron la antorcha para continuar.

   Durante la administración de Ana María Campero, nueva directora, se hicieron grandes esfuerzos por mantener la tradición del diario comprometido con los cánones de la Doctrina Social de la Iglesia, pero el rumbo de los vientos había cambiado. Circula aún el rumor, no confirmado ni desmentido, que desde la gerencia hubo un importante desvío de fondos que debilitaron fuertemente a la empresa.  Empezó el eclipse económico. Algunos obispos dieron un paso al costado.

 Desde principios de 1998 algunos obispos empezaron a buscar con sigilo socios que pudieran capitalizar el periódico e inyectar capital antes que el diario empezara a oler a cadáver.

Ya no se podía tapar el sol con un dedo, la situación económica se volvió dramática. Desde la redacción se hicieron esfuerzos por aumentar la tirada y las ventas con concursos y el apoyo de Televisión Católica. Los antiguos beneficiarios de la época dorada dieron la espalda. La guerra sucia desde fuera continuó a la par que el avisaje se hizo escaso.

 La gestión de los obispos en afán capitalizador, con Opinión de Cochabamba y los socios cementeros, fue conocida por Rivadeneira y la redacción en el segundo semestre de 1998.

Hubo oposición en la redacción. Para un periódico de tradición resultaba un contrasentido una alianza con otro periódico cercano a La Razón.

 El último semestre de 1998 fue angustioso. Los muros de Presencia estaban debilitados por la acelerada debilidad económica, las presiones ejercidas desde el Gobierno para tratar de cambiar la línea editorial independiente que sostenía Rivadeneira. La conferencia de obispos reforzaba su objetivo de buscar un socio. Rivadeneira sintió horfandad, la promesa de apoyo de los obispos se convirtió en palabra hueca.

Sin embargo, Rivadeneira y la redacción mantuvieron la batalla. Con la promesa de asesoramiento de los directivos católicos de la inversora estadounidense Merryl Lynch  se buscó una solución creativa y sin antecedentes en Bolivia. Formar un conglomerado (holding) de medios de difusión católicos, Presencia, TV Católica, Erbol y su cadena radial, emisoras mineras y otras diseminadas por la geografía nacional.

La propuesta llamó la atención de los responsables de los medios católicos porque se pensaba que semejante conglomerado se transformaría en poco tiempo en un poder social y de gran influencia, amén de atraer publicidad por la capacidad de difundir avisaje en amplias regiones del país. El plan fue comunicado a los obispos.

La iniciativa resultaba atractiva, desde Nueva York enviaron a La Paz a un delegado con sede en Santiago de Chile. Clarín de Buenos Aires conformó por esos años un holding multimedia.

La reunión en febrero de 1999 se celebró en el hotel Radisson con la presencia de los obispos encargados de la Conferencia Episcopal encabezados por monseñor Abastoflor, Rivadeneira y el representante de Merryl Llynch.  

El economista invitado y asesor propuso elaborar un recuento del capital de los potenciales socios para diseñar la futura distribución participativa por medio de acciones. 

Una vez hecho el balance, debía buscarse un banco de inversión que facilitara capital de arranque. La reunión concluyó con el compromiso de mantener el contacto con Merryl Llynch y elaborar la radiografía económica de los medios católicos.

El sindicato de trabajadores de Presencia (redacción, administración y talleres), dispuestos a que el diario encabezara el holding, propusieron formar parte de la sociedad a través de un aporte individual basado en la liquidación de sus beneficios sociales.

En las oficinas de la Conferencia Episcopal se reunió a los responsables de los medios católicos para informar detalles del proyecto.  En general hubo consenso con algunas observaciones, la principal fue la ausencia de Eduardo Pérez, de Fides, porque se suponía que su participación (por éxito económico que tenía la emisora) sería un respaldo para el plan.

La ausencia de Pérez fue sentida, quizá porque el jesuita parecía disponer por adelantado la intención de los obispos de buscar por ellos mismos al capitalizador (Opinión).

El entusiasmo por el holding fue decayendo, Rivadeneira sólo y contrario a la alianza con otro medio, renunció a la dirección en el primer trimestre de 1999. El contacto con la promotora neoyorquina fue decayendo hasta interrumpirse. 

Los obispos siguieron por su camino elegido. Antes de concluir el segundo trimestre de ese año, los empleados de Presencia fueron llamados a una reunión celebrada en los talleres, donde se comunicó formalmente la alianza.

En un discurso de despedida y cierre dramático de una era de periodismo católico independiente, el entonces editor general embargado por la emoción enumeró los nombres de quienes fueron los grandes protagonistas de Presencia. Recordó el espíritu de los fundadores, jóvenes de Acción Católica. Las palabras sonaron más un responso que un adiós al gran diario.

El periódico fue cerrado. Los enemigos de Presencia lograron su propósito.  No hubo agua bendita, ni tañido fúnebre de campanas.

 

 

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