Elecciones

Análisis de la encuesta de Ciesmori

La consulta fija el porcentaje a favor de Carlos Mesa en 26%. ¿Qué significa eso? Pues que el efecto Mesa es aún tenue.
domingo, 28 de julio de 2019 · 00:00

Diego Ayo Politólogo

La encuesta de Ciesmori me genera algunas sensaciones más que certezas. Nada definitivo, pero si hipótesis provisionales de la lectura de lo que constituye una fotografía coyuntural. 

Uno, el electorado estable: los peronistas cambian de candidato, pero sus electorados permanecen fieles. Exhiben candidaturas flexibles y electorados estables. En su ensayo El peronismo y la sucesión permanente: mismos votos, distintas élites, el politólogo Ernesto Calvo afirma que al peronismo no le importa el programa; le importa la plata, la militancia y la posibilidad de formar parte de la burocracia. 

Y con ese afán el peronismo se caracteriza por masacrar élites, pero conservar electorados. Otros partidos conservan a sus élites, pero cambian de electorados. En ese sentido, UCS se caracterizó por ser un candidato en busca de electorados. No es casual que la volatilidad de su electorado sea la más alta de nuestra historia electoral (sigo el siempre imprescindible clásico de Salvador Romero, Geografía Electoral en Bolivia). 

En el caso que deseo comentar lo que vemos, haciendo el símil, no es un candidato en busca de su electorado, sino un electorado en busca de un candidato. Ya no lo llamemos peronismo leal, sino “liberalismo leal”. 

Ese liberalismo ronda usualmente en torno al 26-28%. La encuesta que comentamos fija el porcentaje a favor de Carlos Mesa en 26%. Cifra casi idéntica a la que obtuvieron Tuto en 2005, Manfred en 2009 y Samuel en 2014. ¿Qué significa eso? Pues que el efecto Mesa es aún tenue. El candidato inició este periplo con el 39% (dependiendo de la encuesta, aunque su porcentaje fue superior al 35% en todas ellas). En realidad no sólo es tenue, es decreciente o, en el mejor escenario, es estático. ¿Puede cambiar esta situación? Por supuesto que sí. Los siguientes tres meses posiblemente sean los (más) decisivos. 

Dos, los porcentajes de los tres candidatos con mayor intención de voto (37%, Evo; 26%, Mesa; y 9%, Ortiz) me sugieren una hipótesis: ninguno rebasa, en gran parte, su “electorado de piel”, por ponerle algún nombre. La política hoy en día no transcurre sendas clasistas, a decir del último libro de Fukuyama sobre la identidad, sino una ruta identitaria. 

Por supuesto que no hay que recurrir a este ilustre politólogo para ofrecer esta tesis, ciertamente conocida por estos lares. La novedad reside en que la “política de la dignidad” o “política del reconocimiento” se ha vuelto hegemónica. La arenga deplorable de García Linera azuzando a los indígenas a quebrar a los q’aras, el relativo anclaje de Ortiz en Santa Cruz (además de la enorme cantidad de posts regionalistas que enaltecen al cruceño por el solo hecho de serlo) y/o el apego clasemediero-urbano de Mesa, tienen un tinte (hiper)identitario que no se puede desconocer. Se intenta reclutar sobre la base de  consignas (sutiles o directas) de calado pigmentocrático. El color de piel cuenta y los datos parecen transcurrir por esa vía. 

Tres, la triada electoral de 37, 26 y 9 me reafirma lo que es una certeza teórica en la ciencia política: los regímenes cleptocráticos son exitosos sólo y en tanto logren dividir. Lo testifica el brillante ensayo de los reconocidos profesores Daren Acemoglu, James Robinson  Thierry Verdier en su ensayo Kleptocracy and Divide and Rule: a Model of Personal Rule, donde se deja constancia de un modelo que destruye toda potencial cohesión contrahegemónica. 

Lo que vemos hoy con Oscar Ortiz no es algo que obedece sólo a decisiones personales (la decisión de ir a las elecciones con él como candidato), sino a elementos objetivos. Precisamente esta plataforma de incentivos divisivos, que ya tuvo lugar a partir de acuerdos establecidos con los grupos económicos cruceños, cooptando a líderes mediáticos y/o ahuyentándolos y quebrando la irrupción de liderazgos territoriales alternativos de múltiples maneras (la más obvia es metiéndoles juicios y la más efectiva es dejándoles que usen sus recursos fiscales casi como les venga en gana, realizando convocatorias públicas a favor de su red de empresas), tiene en la candidatura de Ortiz sólo a la última gota, precisamente, de un modelo. 

El modelo es hoy más exitoso que nunca. La cleptocracia se reafirma, la división es el sello dominante y los “perdedores” de siempre (o sea, quienes apoyamos a la primera opción electoral opositora por obvias razones) nos mantenemos como tal. Carlos Valverde afirma que no tienen nada que ver ese electorado de Ortiz con el despegue de Mesa. Y tiene razón en lo tocante a ese mínimo “electorado de piel”, pero no la tiene en relación con los electorados en disputa que si se entrecruzan y disputan.

Cuatro, ya lo decía Fernando Mires, el estudio de los populismos ha sido abundante en su fase de insurgencia, pero no es su fase decandente. Y el MAS está en su fase decadente. La designación de exgonistas, modelos y actrices, hijitos de viejos líderes de “izquierda” o cualquier afamado de turno en las filas de este partido señala que no hicieron nada para formar líderes propios. Castraron la posibilidad de consolidar un partido, con jerarquías de liderazgo, propuestas territoriales y/o fomento a la carrera política como una senda institucional y no sólo un dedazo presidencial. 

He ahí la decadencia. En haberse fagocitado a la política. He ahí el quiebre. Quien piense que la debacle moral del MAS es su gigantesca corrupción no se percata de que ese es sólo el efecto de algo previo: la despolitización de la sociedad civil en general y de los movimientos sociales en particular. 

La paulatina caída de MAS nace en el momento que destruyen al Pacto de Unidad. Ahí la afectada no fue la democracia (solamente), sino la política misma. Hoy el MAS no hace política ni permite la política. Elige a esta tropa de gente, en su final,  que obedece, hace negocios, transa y asiente. La política está secuestrada en el esperpento de cemento, detrás del Palacio Quemado.

Y cinco, el MAS pone en sus listas a gente nueva. Con algunas excepciones como Silva, Susana Riveros o Salvatierra, los candidatos son nuevos. ¿Qué significa eso? Pues la teoría política te dice que ese es el peor modelo de clientelismo posible. No hay clientelas estables. En realidad, no hay nada estable más que el líder. Los demás deben competir. Alguien dijo que en este modelo de democracia (que no es ya de democracia) no existe competencia. Pues sí existe. Es una competencia, sin embargo, cautiva. No es tanto contra la oposición, sino dentro del masismo como un todo.

 ¿Qué permite esto? No hay dudas: el entronamiento de un clientelismo de harem: “Hoy te toca, mañana quizás no” y, consecuentemente, la victoria de una “democracia de las expectativas” (Lipovetsky) más que de una democracia de los resultados. Es, a decir del genial libro Freakonomics, la ilusión de los pichones de narcotraficantes: sueñan con ser ricos, pero sólo uno de mil lo logra. 

He ahí el éxito de este modelo: en expandir esa sensación de que “Ya me va a tocar, espero nomás”.

 

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