Nuevas élites

Valeria Silva y las dinastías del poder

Un periodo más largo de estadía en el gobierno incrementa la posibilidad de que una persona inaugure su propia dinastía política.
domingo, 11 de agosto de 2019 · 00:00

Diego Ayo Politólogo

Doña Cilia Flores, esposa de Maduro, ha metido a sus parientes, amigos, compadres y demás gente a una variada gama de cargos públicos. Tan floreciente ha sido la labor de la señora que los funcionarios venezolanos hablan del “jardín de Flores”. Una selva espesa que ha regado esforzadamente la cónyuge del dictador para dicha de la parentela. El Estado se ha convertido en un botín familiar, de familias extendidas. El Estado ha sido privatizado. ¿Vergonzoso? Sin dudas, pero en descargo de esta pródiga hija, hermana, esposa y amiga, quien reparte pegas como quien da panetones navideños, es menester enfatizar una certeza: no está sola. Hay muchas Valerias Silvas desperdigadas por todo el Estado. No es pues un asunto personal y por tanto no debemos echar todo la artillería contra esta benévola representante de su clan.

 En realidad es un asunto más grande. Lo que tenemos frente a nuestra vista es un modelo político. Un modelo con las siguientes características:

Uno, es un modelo clánico o dinástico. Los politólogos Ernesto dal Bo y Pedro dal Bo demuestran en un fascinante ensayo titulado Dinastías políticas lo siguiente: un periodo más largo de estadía en el gobierno incrementa la posibilidad de que una persona inaugure su propia dinastía política. ¿Les suena familiar esta tesis empíricamente verificada? No hay duda, en nuestro país el deseo del binomio ilegal es perpetuarse en el poder precisamente para proteger a sus clanes dinásticos. 

La generosa diputada pertenece al clan liderado por el vicepresidente García Linera. 

Dos, este modelo avanza paulatina pero certeramente. Las familias (extendidas y no sólo de afinidad consanguínea) van metastaseándose en los espacios públicos relegando a funcionarios de carrera, técnicos probos y/o lo que es peor, desplazando a los actores que promovieron las poderosas movilizaciones de 2000 a 2005. 

Lo que vemos es el lento pero seguro proceso de consolidación de una burguesía burocrática clánica que sigue lucrando con consignas revolucionarias que aluden a los movimientos sociales pero que hace tiempo han destruido el Pacto de Unidad. Ese pacto de indios y campesinos que democratizó la democracia boliviana ya no existe. La fuerza de cambio ha sido sustituida por oligarquías burocráticas. La democracia de la calle ha sido reemplazada por las dinastías. 

Los actores de la transformación han sido fagocitados por los hijitos de papá, nuevas élites predominantemente criollas/blancas que han privatizado al Estado. Silva sólo simboliza esta derrota pero no está sola: los Arce, Quintana, Iturri y una larga camada de cara-pálidas se han adueñado del Estado.

Tres, el modelo familiar descrito no viene solo. Viene de la mano de otros engranajes de corrupción que han delineado un modelo de cártel: la corrupción política destruyendo a la democracia y monopolizando el poder (solo eso les da la condición de cártel: el tener el monopolio político), la corrupción fiscal o fenómeno de captura haciendo negocios suculentos con empresas privadas (transnacionales: destaca el caso Camce).

 La corrupción social visibilizada en la anulación de los movimientos sociales o fenómeno de clientelismo, la corrupción institucional o modelo de matonaje político (“o te cuadras o no te doy publicidad”, “o te callas y reprimes o no asciendes a general, además de un largo etcétera); la corrupción judicial que asegura la impunidad y, por supuesto, la corrupción familiar que garantiza la conversión de ilustres parias en una nueva élite (o nuevas élites) de poder: pertrechadas de cargos, contrataciones públicas y emolumentos. Silva no está sola.

Cuatro, esta dinastización del Estado crea su propia institucionalidad, desde la creación de grupículos de índole fascista (los tristemente célebres Generación Evo, entre otros) como auténticos grupos de choque (se les paga por obedecer a los de arriba y atacar a los oponentes, jamás por pensar), medios de comunicación paraestatales (ATB, La Razón, etcétera) que tejen redes de poder clánicos (el caso Neurona es seguramente el más representativo), guerreros digitales (que defienden los puestos de las dinastías, basta ver que alguno de los directores de la dirección de redes era el hijo del gobernador Canelas) hasta facciones sindicales, judiciales y/o políticas (que explicaré en futuras reflexiones).

Cinco, este modelo establece redes de poder clánicas-darwinistas: sólo los clanes más fuertes sobreviven. Cuando hacemos referencia a Héctor Arce, García Linera o Cocarico, en realidad no estamos hablando de personas: eso sería ingenuo. Estamos hablando de dinastías que pelean brutalmente entre sí por mayores cuotas de poder, espacios audiovisuales, control de centro de estudio, convocatorias públicas y demás. 

Ello consolida un modelo profundamente jerárquico, de poderes clánicos asimétricos, que precisamente en ese afán de “mejorar” las posibilidades de la propia dinastía, incursionan en la búsqueda de fuentes alternativas de poder (por ejemplo, el narcotráfico). Gana el más fuerte. Silva, no hay duda, está en lo más alto de la cadena alimenticia/dinástica.

Y seis, son clanes ineptos. No toda clanificación, hay que decirlo, supone la victoria de los familiares menos inteligentes del clan. No. Como demuestran los estudios de los polítólogos Minxin Pei para China y David Kang para Corea del Sur, los clanes pueden ser eficientes: clanes meritocráticos, donde los hijos puestos en cargos públicos se esfuerzan denodadamente pues saben que la competencia interclánica es atroz. No es nuestro caso.

 Sé de la presencia de los famosos ñoquis (en lenguaje argentino), quienes son parientes que obtienen pegas, pero no van al trabajo más que a cobrar el sueldo. No sé si es el caso de Silva, pero tampoco se conoce mucho del talento de su prole. ¿Por qué no son dinastías meritocráticas? La respuesta está en la paradoja china: han democratizado la presencia de los clanes y estos compiten, en cierto modo, de manera democrática entre sí. Acá no. Dominan pocos clanes. Lo que tenemos son oligopolios dinásticos que reparten migajas e ilusión a sus súbditos. He ahí.

 

 

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