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Venganza de la naturaleza

En solamente 7 años perdimos 10,3% de nuestro capital natural, sobre todo debido a la deforestación, la degradación de suelos y la extracción.
domingo, 25 de agosto de 2019 · 00:00

Lykke E. Andersen Ph. D.
Directora Ejecutiva de SDSN Bolivia

En nuestra Bolivia abunda la riqueza natural, que en términos económicos se denomina el capital natural. Este último engloba no sólo el agua, minerales, hidrocarburos, bosques y la biodiversidad presente a lo largo y ancho del territorio, sino también en escenografías únicas como el Salar de Uyuni, la Laguna Colorada, el lago Titicaca, la Isla del Sol, e incontables otros ecosistemas. 

Según las últimas estimaciones de las Cuentas Nacionales Verdes del país, el valor total del capital natural renovable (bosques, tierra, agua y biodiversidad) y norrenovable (hidrocarburos y minerales) es tres veces mayor comparado al capital producido por el ser humano (edificaciones, infraestructura, maquinaria, etcétera) (Andersen, Jemio y Medinaceli, 2018). 

Sin embargo, Bolivia pierde capital natural rápidamente. Entre 2008 y 2015, el valor monetario del capital natural de Bolivia disminuyó en aproximadamente 194 billones de bolivianos, lo que equivale al PIB total de Bolivia del año 2010. En solamente siete años perdimos 10,3% de nuestro capital natural, sobre todo debido a la deforestación, la degradación de suelos y la extracción de recursos norrenovables (Andersen, Jemio y Medinaceli, 2018).

A la vez, estamos generando cada vez más residuos de todo tipo (sólidos, líquidos y gaseosos) y muy pocos de estos residuos son tratados adecuadamente. Según el último Censo de Población y Vivienda (2012), aproximadamente el 42% de los hogares en Bolivia no tienen acceso a ningún servicio de recolección de desechos, de manera que se ven obligados a quemar la basura (generando gases tóxicos) o a botarla a la intemperie, ríos o lagos. Incluso en aquellos lugares donde existe un servicio público de recojo de basura, el tratamiento posterior raras veces es apropiado. 

Estos asaltos constantes a la naturaleza tarde o temprano generarán repercusiones. Generalmente llamamos a estas repercusiones desastres naturales, cuando en realidad es el ser humano quien altera la naturaleza de tal manera que ocasiona efectos extremos en ella y en detrimento de la población, fauna y flora que la habita. 

La deforestación, producto de la expansión de la frontera agropecuaria, es probablemente el mayor asalto de los bolivianos contra la naturaleza. Según los últimos datos de SDSN Bolivia/Conservación Internacional, la tasa de deforestación ha aumentado continuamente durante los últimos 30 años, llegando a un promedio de casi 300 mil hectáreas anuales entre 2016 y 2018. 

La deforestación no solamente causa una transformación total del área deforestada, también afecta el clima local y regional. La cobertura boscosa tiene una función importante en la regulación del clima local, evitando temperaturas muy altas y muy bajas, absorbiendo precipitaciones fuertes y almacenando la humedad en los suelos para su posterior uso en periodos secos. 

Cuando se elimina la cobertura boscosa, las temperaturas de día y de verano aumentan sustancialmente, y las temperaturas de noche e invierno bajan con la misma intensidad, aumentando así la variabilidad térmica. Igualmente, cuando se elimina la vegetación, las lluvias no son absorbidas y el agua no es integrada en los suelos. 

Al suceder esto, el riesgo de inundaciones en época de lluvia aumenta, como también aumenta el riesgo de sequías en época seca. Finalmente, bosques fragmentados por la deforestación se tornan más secos y susceptibles a incendios forestales descontrolados.

Esto es lo que actualmente sucede en la Chiquitania boliviana y en los bosques fragmentados que bordean el bosque amazónico tanto en Bolivia como en el vecino país de Brasil. La devastación por los incendios es tremenda, pero no debería sorprendernos. Es la consecuencia lógica e inescapable de años de ataques a la naturaleza en esta zona.

Los agricultores necesitan permisos para realizar el desmonte y para practicar el chaqueo (quemas descontroladas), pero siendo realistas, la mayor porción de la deforestación se realiza de manera ilegal. Además de ello, muchos de los agricultores en la zona son migrantes recién llegados del Altiplano, cuya experiencia con el fuego se limita a lugares donde hay muy poco material combustible y tan poco oxígeno que es difícil mantener un proceso de combustión vivo por periodos de tiempo prolongados. 

Estas personas llegan al bosque seco chiquitano que ofrece condiciones diametralmente opuestas: con mucho material altamente combustible y mucho oxígeno para alimentar el proceso de combustión. Sin conocimientos, procedimientos y herramientas adecuadas, los incendios descontrolados son prácticamente inevitables.

Cuando finalmente los incendios se apagan, probablemente con la ayuda de la naturaleza en forma de lluvia, nos esperan otras consecuencias lógicas e inescapables. Sin la vegetación natural para absorber las lluvias venideras, vamos a experimentar inundaciones, mazamorras y lodazales. Y sin la vegetación natural para mantener la humedad en los suelos, vamos a experimentar fuertes sequías después. 

La naturaleza siempre es caprichosa e impredecible, pero estamos exacerbando los eventos adversos con nuestro maltrato. Necesitamos a la naturaleza para nuestra sobrevivencia, así que es vital mantener una relación armoniosa y respetuosa con ella, para maximizar los beneficios que nos da y minimizar los efectos adversos. 

Mientras que la deforestación es nuestro principal pecado ambiental en Bolivia, no es el único que nos va a causar problemas. La contaminación de aguas y el mal manejo de basura, igualmente nos causarán problemas de salud y el descuido de los suelos ya está causando procesos de desertificación que afectan a más de la mitad del territorio nacional. El mensaje es claro y fuerte: Cambiamos nuestro comportamiento o sufrimos las consecuencias.

 

 

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