Análisis de Argentina

Discutir el impuesto a la herencia

Se trata de liberalismo sano: ayuda a que las diferencias de sus futuras trayectorias de vida no dependan tanto de la suerte, sino del mérito.
domingo, 04 de agosto de 2019 · 00:00

Vicente Palermo  Politólogo y ensayista argentino Latinoamerica21

Texto originalmente publicado en El Clarín

Durante los 80 ya estaba muy clara la desarticulación del pacto fiscal argentino. En un libro clásico, Ricardo Carciofi mostraba descarnadamente los profundos disensos sociales, políticos e institucionales en torno a la estructura de ingresos y gastos públicos, y hacía residir la desarticulación no en cuestiones técnicas o de administración ni burocracia sino precisamente en estos disensos profundos. 

A la sazón, la locomotora de la desigualdad ya había comenzado a tomar velocidad, cargando carbón en sus diferentes escalas, desde el Rodrigazo (1975), la tablita de la dictadura, la hiperinflación, etcétera. Aunque al día de hoy quizás la locomotora avance algo menos rauda, estamos en un lío: la desigualdad sigue siendo una pesadilla, sufrimos un déficit fiscal descomunal y una presión tributaria récord. Bonita combinación.

El problema es complejísimo y la solución difícil y vendrá de a poco. Aquí solo me gustaría debatir sobre la pertinencia de reinstituir el impuesto a la herencia, que Martínez de Hoz suprimió (cosa nada sorprendente) hace tres décadas. Nobleza obliga, me he asesorado en un par de especialistas muy confiables para mí. Y en la lectura de Piketty, que ha estudiado la desigualdad de plazos largos en las economías occidentales.

 El tema es importante en sí mismo y también porque nuestro actual gobierno no lo tiene en su agenda (así lo ha manifestado Dujovne). Como en relación a todo impuesto, hay que atender a tres dimensiones: equidad, eficiencia, y administración tributaria. De esta triple atención no se puede zafar.

En lo que atañe a la equidad, hay cierto consenso claro: el impuesto a la herencia es de los más progresivos concebibles. Compensa marginalmente la reproducción inter-generacional de la inequidad; está enderezado a mejorar la igualdad de oportunidades entre un chico que está naciendo hoy en el Elefante Blanco y otro que nace en Puerto Madero. 

Sin incurrir en el cinismo, diría que se trata de liberalismo sano: ayuda a que las diferencias de sus futuras trayectorias de vida no dependan tanto de la cuna, o la suerte, sino del mérito. La desigualdad está a la orden del día y proyecta su sombra sobre lo mucho que falta del siglo XXI, y las buenas políticas impositivas son una de las mejores herramientas para combatirla.

Sobre la eficiencia hay más discusión. Sus detractores señalan que este impuesto desincentiva la oferta de trabajo, el ahorro y la acumulación de capital, y que da lugar a la elusión (v.g. herencias anticipadas). Pero la evidencia empírica está lejos de ser contundente. 

El efecto incentivos es relevante, pero la literatura favorable observa, por ejemplo, que cuanto más alta es la tasa del impuesto mayores tienden a ser las donaciones a entidades de bien publico. Nada mal. Se trataría, en suma, de un impuesto relativamente menor en lo cuantitativo, que puede –según sus defensores– complementar significativamente a otras herramientas de tributación progresiva (en particular, porque puede gravar ganancias de capital no realizadas que suelen no estar alcanzadas por el impuesto a los ingresos). 

Pero para otros autores, como Piketty, que discuten el papel del mérito y la herencia a largo plazo, su relevancia histórica ha sido mucho mayor. Según él la participación de las fortunas heredadas alcanza en Estados Unidos nada menos que 70-80% de la riqueza total. Parece haber un margen de acción.

Hay problemas de administración tributaria y de competencia entre jurisdicciones. Pero no hay impuesto que no presente problemas de administración y la eficiencia administrativa es sistémica: los problemas de administración de cada impuesto disminuyen si mejora la administración de los otros y la institucional global. 

La cuestión de las jurisdicciones nos lleva a la economía política de un hipotético impuesto a la herencia.

Para empezar, es fácil entender que se trataría de una propuesta con popularidad sin tener por qué ser populista. Para nuestros políticos, que viven bajo el tejado de vidrio de la imputación de gobernar para los ricos o no ser más que bandas predatorias, la institución de un impuesto a la herencia sería una fuente de legitimidad. Cosas veredes Sancho. 

De hecho, está vigente en la provincia de Buenos Aires desde hace más de una década y en Entre Ríos, aunque recauda poco. Bien diseñado y ecualizada la difícil cuestión jurisdiccional, y atendido un latente trade-off entre equidad y eficiencia, debería esperarse mucho más a nivel nacional. Para Jorge Gaggero, este impuesto es viable sólo sobre la base de un acuerdo interprovincial completo. Habría en juego medio punto del PBI.

La orientación tributaria a futuro de la Argentina debería apuntar netamente a establecer una estructura más progresista, basada en los patrimonios y en los ingresos. Hay que dar por descontadas las reacciones negativas de todo origen (valores, ideología, bolsillo y, por qué no, buenas razones) pero para eso están el debate, la deliberación, y la decisión democrática.

 

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