Democracia

Dispersión del voto

El voto es una opinión. Y así como criticamos y censuramos al corrupto, debemos reconocer que ese bicho sale de la familia y de la sociedad.
domingo, 04 de agosto de 2019 · 00:00

Gonzalo Lema Escritor

También nos está tocando vivir un mundo de apresurados majaderos que sólo van tras el dinero, poder y fama. Quizás esta sencilla fórmula nos sea útil para explicar, por ejemplo, cómo tanto audaz se lanza ciegamente a la carrera electoral considerándose una opción. 

Numerosas candidaturas nos sorprenden porque devienen del puro arrojo, insensatas, de la decisión intempestiva, de coyunturales popularidades o del quiebre en la propia vida buscándole sentido  (“¡Voy a convertirme en político profesional, qué alivio siento! Ahora sabré para qué despierto cada mañana”), como si administrar todo cuanto llamamos “cosa pública” no exigiera una vida consagrada a tal efecto, una vocación nítida expresada en la temprana juventud, una suerte de destino. 

Las sociedades de cualquier tiempo requieren conductores con rasgos notables, en el mejor de los casos. Si no fuera así, de gente dedicada desde siempre, alma, vida y corazón, a la política como oficio. Pero algo sucede en todo esto, porque regularmente prueban fortuna los despistados, los borrachos de patrioterismo, los vagos y malentretenidos comprobados, como si administrar la política (contradicciones que se desatan sin pausa en el seno de la sociedad, muy de todo orden) fuera lo más fácil del mundo. 

Es bueno aclararles que es más bien todo lo contrario: muy difícil y de altísima responsabilidad. ¿Alguien cercano a los temerarios podría reflexionarlos?

 Este fin de época ha amenguado la exacerbación de las tradicionales ideologías extremas. Todas ellas se han visto en la necesidad de caminar al centro del espectro político para considerarse, ante todo, democráticas. Es decir: respetuosas de la voluntad del soberano. Como bien ya sabemos, esa voluntad constitutiva de un país que llamamos soberanía reside en cada uno de nosotros. 

Es similar a lo que sucede con las iglesias. ¿Dónde reside, por ejemplo, la Iglesia Católica? Pues, en cada uno de sus feligreses. La suma de feligreses es la iglesia, no el templo. La suma de todos los ciudadanos es la soberanía. Su parecer se expresa en el voto y este puede ser unívoco o, a menudo, disperso. 

El mundo ya no está dividido sólo en dos bloques, y más bien ha explosionado en múltiples visiones que, con el debido tiempo, y el debido asentamiento de sus ideas, apuntan al abuenamiento con el universo y con los respetos que debemos profesar a diestra y siniestra para convivir en paz. 

Esta explosión de visiones también provoca la proliferación de las candidaturas, algunas sorprendentemente temáticas: la del credo religioso; la de la sacralización de la juventud y género; la exclusivamente regional y hasta la del expuesto sacrificio en aras de la lealtad a la vieja sigla política (“¡no debemos permitir que muera!”). Hay de todo y debemos aceptar: esto también es la democracia.

 Pero incluso “la ciencia exige hoy un nuevo concepto del mundo que no sea fragmentario” (David Bohm). Es decir: necesitamos con urgencia de  visiones integrales porque entendemos bien que el universo y la vida son un gran todo. Un magnífico Todo. 

Así que las visiones lineales poco sirven y casi no envidiamos la vida de los grandes especialistas de hoy sino que admiramos a los enciclopedistas del siglo XVIII. Ni siquiera nos importan los géneros al interior de cada arte, sino el arte integral de la obra. Y creo que lo mismo nos sucede con el discurso político: queremos uno redondo e integral, que tome en cuenta el mundo donde vivimos, a los concebidos y a los ancianos de más de un siglo, a los animales y la flora, al reino mineral y al misterioso universo.

 Es decir: Todo. Si debemos retroceder en progreso material para avanzar en derechos espirituales y desarrollo integral, pues retrocedamos.

 Ahora nos toca escuchar y observar a los candidatos de este año y  los del próximo. Debemos recurrir a Buda: “No aceptéis lo que oigas decir; sed lámparas para vosotros mismos. Cada individuo recorre su propio camino”. O a José Martí: “El ejercicio del criterio”. O a los intelectuales del derecho que durante siglos afirman que cada uno es corresponsable de la construcción de la sociedad y el Estado. 

¿Por qué le echamos la culpa al prójimo? Nuestro voto es una opinión. Y así como criticamos y censuramos al corrupto, debemos ponernos la mano al pecho y reconocer que ese bicho sale de la familia y de la sociedad. Difícil escaparnos de las culpas. Así que la dispersión del voto tiene varias explicaciones, pero el voto unívoco es el que debemos construir. ¿Cómo? Debatiendo sin cansancio y con grandeza.

 

 

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