Reflexión

Lenguaje disfuncional

Debemos cuidar los pensamientos porque se convierten en destino; cuidar las palabras porque se convierten en nuestra esencia.
domingo, 04 de agosto de 2019 · 00:00

Nicolas S. Freitas   Lic. en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad de Massachusetts, Boston

No me gusta utilizar la palabra “maricón” y “cholo”, tomando en cuenta sus denotaciones y connotaciones. La primera palabra, “maricón”, es utilizada para connotar y denotar a dos grupos de personas en el lenguaje popular, dos grupos que no son necesariamente el mismo. La primera palabra denota cobardía, pero también es utilizada de forma peyorativa para referirse a los homosexuales. 

La segunda, “cholo”, es utilizada para connotar y denotar dos grupos de personas en el lenguaje popular, dos grupos que no son necesariamente el mismo. Es utilizada para referirse a un grupo étnico que proviene de raíces indígenas, pero también es utilizada de forma peyorativa para expresar desconsideración y vulgaridad. 

No digo que no se exponga cuando alguien es cobarde, digo que tanto los homosexuales como los heterosexuales pueden ser cobardes o valientes. No digo que no se exponga cuando alguien es vulgar y desconsiderado, digo que tanto los descendientes de indígenas como los descendientes de migrantes pueden ser tan respetuosos como irrespetuosos. 

Por lo tanto, crear una conexión entre esos verbos y vocablos es una pobreza de lenguaje que conlleva a la pobreza cultural. 

Estas conexiones lingüísticas que generan confusión cognitiva, pobreza analítica y generalización ignorante dañan nuestro lenguaje y nuestra forma de crear comunicación eficiente, lo cual está reflejado en la disfuncionalidad social que abunda en nuestra tierra, una disfuncionalidad que trasciende y se refleja en nuestra cultura nacional fragmentada y dividida. 

Estas conexiones son injustas para los grupos a los cuales las palabras representan de forma tan incompleta e incompetente. 

Para ser un pueblo que tiene criterio y sentido común, debemos enfocar nuestra percepción y análisis en las acciones individuales y no caer en el castigo colectivo e interpretación superficial del individuo, la cual ignora al contexto profundo de la realidad humana, natural y universal. La acción individual debe guiar nuestro criterio y no la generalización grupal. 

“Cuando la narración va mal en una sociedad, el resultado es la decadencia”. Aristóteles.

Estas palabras son un paradigma de nuestra comunicación deficiente, ya que son tanto un vocablo como un verbo inamovible, es decir, alguien que nace en uno de estos grupos es forzado inconscientemente a considerarse “cobarde” o “irrespetuoso” por una sociedad que no profundiza el análisis; ya que su condición identitaria está encadenada y anclada a la percepción social de un verbo peyorativo que los define sin basarse en su carácter; su definición se basa en un aspecto que no se puede cambiar mediante la acción individual.

Qué  frustrante es para un ciudadano que su identidad y no su accionar generalicen su carácter. ¿Qué significa esto para la sociedad? Significa decadencia, porque si un niño blanco se comporta como un asno, la gente (e incluso el mismo), perdonará y excusará con mayor facilidad que a un niño indígena o negro, lo cual llevará a preguntarse a ese niño que no es blanco, para qué molestarse en ser educado, o considerado, si la sociedad niega o minimiza esa virtud por el simple hecho de su color de piel. 

Esa frustración y tristeza terminarán por evolucionar en rebeldía y rencor, mientras que al mismo tiempo ese niño blanco crecerá como un mediocre que piensa que su apellido o color de piel lo excusan para comportarse como un individuo de mente básica e inmadura, sin poder autocriticarse de forma constructiva y honesta para mejorar, ya que confía en que el valor de su estatus en la comunidad lo determinan factores superficiales inamovibles, en lugar de una movilidad social basada en el esfuerzo. 

Por un lado, genera frustración que evoluciona en resentimiento rebelde;  y por el otro lado genera mediocridad que degenera enborregadas intelectuales. Debemos cuidar nuestros pensamientos porque se convierten en nuestro destino. Debemos cuidar nuestras palabras porque se convierten en nuestra esencia. Debemos crear una sociedad que recompensa el esfuerzo profundo por sobre la apariencia superficial. No debemos crear generalizaciones que en lugar de combatir un problema lo solidifica. 

“Oriné sobre el hombre que me llamó perro. ¿Por qué estaba tan sorprendido?”. Diógenes.

Yo no vengo a jugar al moralista o a repartir sermones de humanidad, ya que creo que cada uno es libre de moldear y evolucionar su vocabulario como mejor le parezca; e incluso admito que he utilizado estas palabras en ocasiones pasadas; mi vocabulario todavía está contaminado por su simplicidad.

Pero también afirmo y reitero mi convicción en dejar de utilizarlas, porque quiero cultivar mi lengua para poder cosechar mi mente, esta decisión no es consecuencia de ser un “buen samaritano” con un corazón caritativo y bondadoso, una actitud bastante condescendiente, es consecuencia de buscar tener una mente despierta y curiosa que intenta progresar su vocabulario, palabra por palabra, lo cual conlleva a una evolución analítica que genera mayor criterio y una perspectiva más amplia.

Nuestra evolución lingüística es la pierda angular de nuestra evolución cultural e individual. Nuestro lenguaje debe estar inspirado en la realidad universal y no en nuestros complejos idiosincráticos.

“Sueño que algún día mis cuatro hijos vivirán en una nación donde serán juzgados por el contenido de su carácter y no por el color de su piel”.  Martin Luther King, Jr.

 

 

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