Conflicto

Coca y rebeldía de los Yungas

Para el Gobierno, no existe la idea de que la coca es un “patrimonio cultural”, lo que está en juego es el poder como dominación.
domingo, 01 de septiembre de 2019 · 00:00

David Ali Condori Sociólogo

En los movimientos indígenas de los años 2000-2005, encabezados por Felipe Quispe (Mallku), Evo Morales y otros líderes, la coca siempre estuvo presente. Por ejemplo, en las huelgas de hambres de la Guerra del Gas, la coca era como una fuente de energías para seguir luchando ante un gobierno insolente que terminaba masacrando al pueblo alteño. Esa es la importancia de la hoja de coca en el ámbito político; pero también tiene su trascendencia en lo social, cultural y en actos rituales. 

En ese sentido, cuando Evo Morales llega a la presidencia de Bolivia, implícitamente la hoja de coca llega con él al palacio de gobierno; quizá por primera vez se podía masticar en esos espacios que eran considerados como un lugar privilegiado de una élite blanca-criolla. Hasta en la Nueva Constitución Política del Estado, la hoja de coca fue reconocida como “patrimonio cultural”.

Sin embargo, en los últimos años, el gobierno del MAS tuvo que perseguir a los productores de la hoja de coca de los Yungas de La Paz, encarcelando a sus principales dirigentes de la Asociación Departamental de Productores de Coca (Adepcoca). Pese a esta situación, los cocaleros de La Paz han sabido resistir las duras represiones de la policía como en los tiempos de gobiernos neoliberales. 

En consecuencia: ¿cuáles son las dinámicas de dominación y rebeldía que se manifiesta entre el gobierno y los cocaleros de los Yungas de La Paz? 

A principios del siglo XX, el pensador alemán Max Weber sostenía que la política conduce a una “relación de dominación de hombres sobre hombres”. Esta dominación está guiada por una racionalidad como medio-fin. En este caso el fin último es el poder que busca obedientes sumisos. De ahí se deduce que, en la política liberal moderna, se busca constituir una sociedad disciplinada, cuasi cuartelaría. 

Y, para este efecto, casi todo es válido; se recurre a una multiplicidad de estrategias en las que se puede negociar con Dios y el propio diablo; aquí no hay ética ni moral, las que Nicolás Maquiavelo ya  había separado al inaugurar la moderna ciencia política. 

El gobierno de Evo Morales no se diferencia de esta lógica de política y poder como dominación. El superhombre que propugnaba Friedrich Nietzsche parece reencarnar en los actores políticos que están en el gobierno, por eso tienden a generar una subjetividad de miedo en la sociedad boliviana, donde la voluntad del gobernante se impone ante el pueblo, aunque este ponga resistencia.

 Así, en marzo del año 2017, el gobierno del MAS, sin mayores consensos con los cocaleros de los Yungas de La Paz, aprobó la Ley 906 (Ley General de la Coca). Esta Ley, según los productores de la hoja de coca de La Paz, es más favorable, en cuanto a la extensión de producción, hacia los cocaleros de Cochabamba, razón por la que mostraron su desacuerdo; es más, salieron en marchas de protesta en contra de la mencionada norma. 

De aquí viene el pecado original e imperdonable que cometieron los cocaleros de los Yungas: el no ser disciplinados y obedientes ante el poder; porque, en lugar de someterse, prefirieron rebelarse. 

El liderazgo del dirigente de Adepcoca, Franclin Gutiérrez, en esta lucha ha tenido un precio muy alto, pues tuvo que pagar con su privación de libertad; la misma suerte corrió su seguidor, Sergio Pampa. 

En tal sentido, para el gobierno, no existe la idea de que la coca es un “patrimonio cultural”, tal como dice el Artículo 384 de la Constitución Política del Estado (CPE).  Lo que está en juego es el poder como dominación; el símbolo de lo sagrado de la hoja de coca ancestral, pasa a segundo plano.

Mientras tanto, para los cocaleros de los Yungas la hoja de coca no sólo es sagrada, sino que  es su fuente generadora de vida. Ella les permite tener más ingresos para su sobrevivencia, por eso es que  son capaces de ofrendar su vida misma por los cocales. Por ejemplo, eso se pudo observar en las arremetidas que hizo el gobierno para controlar su mercado de Adepcoca. En esta lucha, los productores de la hoja de los Yungas mostraron un espíritu combativo e indomable;  ni el encarcelamiento de sus principales dirigentes les hizo retroceder. 

A 13 años del gobierno de Evo Morales, la hoja de coca vuelve a ser un símbolo de lucha, trascendiendo toda subsunción del poder totalizante. El mayor bastión de resistencia que tiene el gobierno no es de la oligarquía cruceña –ellos están muy felices cosechando las mayores ganancias en el “proceso de cambio”–, sino de los cocaleros de los Yungas de La Paz. La coca nuevamente, se convierte en símbolo de resistencia ante un gobierno que busca un control hegemónico. 

Para terminar, queremos señalar que la coca rebelde de los Yungas nos está conduciendo a pensar en la lucha de nuestros héroes como Tupak Katari, Pablo Zárate Willka y otros; quienes han soñado con otro mundo posible. Esa también fue la lucha de octubre 2003, por eso ofrendaron muchos alteños sus vidas. 

Ahora en el gobierno de Evo Morales, los sujetos que deberían de conducir los cambios fueron expoliados de los espacios de decisión, y si es que hay indígenas en el Parlamento, ellos están sólo para acatar las órdenes del “jefe”. En esa perspectiva, el proceso de cambio se pretende efectuar desde la visión del verdugo, donde la víctima siempre fue el pueblo, como lo están viviendo los cocaleros de los Yungas. 

En consecuencia, nosotros creemos que la verdadera transformación es posible desde la víctima. Como menciona un proverbio africano: “La historia de África siempre fue contada por el cazador, pero será muy distinto cuando sea contada por el leopardo”. Es decir, cuando la historia sea contada desde las víctimas. Sólo así podrá construir una nueva alternativa de hacer política. Lo que no se avizora para las próximas elecciones generales del 20 de octubre del presente año.

 

 

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