Economía

Lecciones argentinas

Como en muchos países, el discurso simplista, la promesa de felicidad instantánea sin esfuerzo, tienen un gran atractivo para las masas.
domingo, 01 de septiembre de 2019 · 00:00

Juan Antonio Morales
Economista, ex presidente del Banco Central de Bolivia

La vida es breve

La derrota electoral del presidente Macri en las pasadas elecciones primarias ha sido fenomenal, mucho más allá de lo que se pronosticaba en las encuestas de opinión. Todo hace pensar que en las elecciones de octubre le irá igualmente mal. Macri fue un mal perdedor en sus primeras reacciones, postura que después felizmente la corrigió. Amenazar con que el sol se esconderá y la luna se escapará con el triunfo del Kirchnerismo era imitar a nuestro García Linera, que no se distingue precisamente por su sagacidad. Una vez conocidos los resultados, debía llamar inmediatamente a Alberto Fernández para llegar a un gran acuerdo nacional de un plan de acción para evitar la fuga de capitales y la caída estrepitosa del peso. Lo hizo pero demasiado tarde, cuando la cristalería ya se había hecho añicos.

 No hay un consenso entre los analistas sobre la crisis económica argentina y la consecuente derrota electoral. La mayoría reconocen que Macri comenzó bien, a pesar del legado pesado y poco transparente que le había dejado la señora Fernández de Kirchner, pero a medio mandato dio varios traspiés. En retrospectiva, cometió varios errores de pilotaje y también tuvo mucha mala suerte, como una prolongada sequía que arruinó las posibilidades de exportación de granos y que le deterioró la cuenta corriente de la balanza de pagos en la que había cifrado muchas esperanzas.

 Errores de pilotaje los tuvo tanto en el campo político como en el de la gestión económica. En el campo político, subestimar la fuerza electoral del populismo fue uno de ellos. En  Argentina, como en muchos países de América Latina, el discurso simplista, la promesa de felicidad instantánea sin esfuerzo, el extremo maniqueísmo de contraponer  el pueblo a los vende-patrias, el concebir a la economía como un juego de suma cero, donde los ricos ganan haciendo perder a los pobres,  tienen un gran atractivo para las masas.  Argentina tenía además el problema de un sindicalismo extremamente belicoso y con graves acusaciones de corrupción.

 
La historia que da vueltas 

En la gestión económica, creo que el haber buscado prematuramente su reinserción al mercado de capitales fue un error. Es cierto que Argentina había quedado aislada del mercado internacional de capitales después del default del 2002, y que este aislamiento tenía costos en términos de crecimiento económico y aún de modernización del sistema de pagos. Pagar a los sinvergüenzas de los fondos buitre, que muchas veces ni siquiera eran los tenedores originales de los bonos argentinos, fue desacertado, aún invocando el argumento de que a veces hay que tragarse sapos en pos de un bien mayor. 

Si no hubiese sido la moratoria en el pago de la deuda externa y la hábil negociación de una quita sustancial, nuestra estabilización de 1985 no hubiese sido posible.  

  El muy rápido influjo de capitales después de la reinserción, muchos de ellos especulativos, sería después un problema. De nuevo, la historia cuenta.  Argentina tenía una gran experiencia con los capitales golondrina y posiblemente debía haber cerrado moderadamente la cuenta capital de su balanza de pagos, como lo habían hecho antes en Chile y en Colombia.

 El cambio en la meta de inflación, haciéndola subir, sumado al aumento (transitorio) en las tasas de interés en EEUU produjo la salida en estampida de capitales del año pasado. A partir de esa salida, las cosas fueron de mal en peor. El gigantesco auxilio del FMI fue mal interpretado por los inversores y salió mal. Fue más bien una señal para que, mientras hubiera esa plata, valía la pena sacarla.

El aumento de la meta de inflación se efectuó contradiciendo al Banco Central e hizo poner en duda su independencia. La independencia del Banco Central era muy importante para la credibilidad del compromiso antiinflacionario. Era una pieza clave para la política de metas de inflación que se estaba aplicando. Desautorizar al Banco Central produjo un daño difícil de remediar.

  Sea dicho de paso, el déficit fiscal, al que se le atribuye el origen de la crisis, era más pequeño en términos del PIB que el actual nuestro. El compromiso de Macri de bajar el déficit primario (es decir el déficit excluyendo intereses) a cero no era creíble. Tampoco era deseable, porque se necesitaba efectuar gastos para una red de protección a la población más vulnerable. Reducir el empleo público pletórico era en cambio inevitable.

 

Girar a la derecha con el guiñador a la izquierda 

A pesar de todas las dificultades presentes, creo que a Alberto Fernández le puede ir bien porque tendría más espacio para adoptar políticas correctivas, sin impedimentos de los movimientos sociales. A Macri le sería más difícil, como lo hacía notar antes de las elecciones el muy respetado economista “neoliberal” Guillermo Calvo. Los políticos, especialmente los políticos latinoamericanos, sacan el guiñador del auto a la izquierda para doblar hacia la derecha, como se decía en México. Menem había prometido el “salariazo” para luego aplicar las más rancias políticas neoliberales. Lo mismo hizo Fujimori, que terminó aplicando el programa económico del liberal Vargas Llosa. Alan García y   Víctor Paz Estenssoro renegaron lo que habían hecho en sus primeros gobiernos y encontraron su camino de Damasco en el neoliberalismo. El revolucionario Evo Morales anda haciendo empanaditas con los empresarios cruceños, que no tienen escrúpulo alguno para arrasar con el bosque. Se ha olvidado convenientemente de su discurso en las Naciones Unidas de respeto a la Pachamama.  Empero es cierto lo que decía Voltaire, que sólo los imbéciles no cambian.

 Comparar lo que podría pasar en Bolivia si se va Morales con la Argentina de Macri es forzado. Sin embargo, hay varias lecciones. Se tendrá que tomar medidas de ajuste con el nuevo gobierno, cualquiera que sea. Hay que tomarlas cuidadosamente y pensándolas bien. Hay que bajar el déficit fiscal a un valor razonable, del orden de 3% del PIB. Hay que cerrar algunas empresas públicas, crónicamente deficitarias o de escasa rentabilidad social. Hay que flexibilizar la política cambiaria y hay que devolverle su independencia al Banco Central. Ninguna de esas tareas es fácil, pero son ineludibles y hay que hacerlas bien. La oposición, si llega al gobierno, tiene que estar consciente de que tendrá poco espacio para moverse, luego de tantos años de populismo y de otorgación de regalos clientelares a cocaleros, cooperativistas mineros, cobistas, militares, contrabandistas de todo pelaje, y así por delante.

 Algunos de mis colegas piensan que tal vez sería mejor que se quede Morales para que arregle el monumental  desbarajuste que ha armado. Queda en duda empero si tendrá la visión y el coraje para hacerlo.

 

Confidencial

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