Historia política

El temple y el sentido de una generación

Está integrada por el sentido político más importante que se ha construido en el siglo XX boliviano: el sentido de la democracia.
domingo, 15 de septiembre de 2019 · 00:00

Susana Peñaranda Saavedra  Abogada

El 7 de septiembre de 1971, un grupo de jóvenes activistas fundaron su referente político, el Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR), lo hicieron en la clandestinidad y en las entrañas mismas de la dictadura. Pocos días antes el coronel Hugo Banzer  había protagonizado un cruento golpe de Estado e iniciado un régimen político autoritario. En ese mismo año, estudiantes y docentes universitarios habían organizado el Comité de Integración Revolucionaria-Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (CIR-MIR), frente que triunfó en las elecciones a la Federación Universitaria Local. Así, de frente electoral, el CIR-MIR se transformó en organización política. 

Entre los fundadores estaban: Jaime Paz, Antonio Araníbar, Óscar Eid, Jorge Ríos,  Pablo Ramos, René Zavaleta, Adalberto Kuajara y otros. Paz y Araníbar fueron designados “responsables políticos”, y se decidió que uno de ellos debía salir del país. Paz dice: “La situación era muy peligrosa, con Toño decidimos que sea el tiro de una moneda que resolviera quién salía del país”. Sin embargo, los dos se quedaron.

Con ellos, se conformó la Dirección Nacional Clandestina  (DNC), que se sucedió en la DNC-1, DNC-2, DNC-3, cada vez que era diezmada por la persecución dictatorial.

Lo destacable  en ese contexto es que los miembros de esa generación política no se sumaron a las filas del comunismo soviético del PCB  ni al maoísmo del PCML, menos al trotskismo ni siquiera al foqusimo del ELN con el que casi colindaban. Ellos  buscaban crear algo nuevo, distinto y propio. Cuando algunos de sus dirigentes salieron a Chile, que vivía la efervescencia de la Unidad Popular, tuvieron  esporádicos contactos con su homónimo, el MIR chileno,  alienado a la estrategia cubana de alcance internacional. Lo único que los vinculó fue “una bolsa de porotos” que los miristas chilenos les hicieron llegar en muestra de solidaridad. Aspiraban a pensar lejos de los dogmatismos que inviabilizaron políticamente a los grupos de izquierda, pensar con cabeza propia. 

Lo que primero demostraron fue temple. Resistieron a la dictadura y la combatieron valientemente. Desde la universidad contribuyeron a frustrar los intentos autoritarios de reforma universitaria, debilitaron y desprestigiaron el  “abrazo de Charaña” entre Banzer y Pinochet de donde salió la idea del canje territorial por una salida al mar.

 “A canjear a su abuela, carajo”, pintaron en las paredes y escribieron en sus volantes y documentos, activaron el escándalo de los sobornos de la Gulf Oil Co. al gobierno de Barrientos, enarbolando la  dignidad nacional frente a los militares. Algunos de sus militantes, como Iván Paz y Juan del Granado se fueron a vivir a las minas, trabajaban en las radios mineras, y desde allí, junto con  los mineros miristas, ofrecieron una recia resistencia, hasta 1976, cuando la DNC fue desmantelada.

En la persecución también demostraron un singular ingenio político. Formularon la  “teoría del entronque histórico”, lo que  permitió a esta generación política vincularse con una de las tradiciones políticas más importantes: el nacionalismo revolucionario. Así, superó el constructivismo de izquierda que buscaba hacerse  viable políticamente a partir de los dogmas. 

El entronque con el cauce político nacionalista hizo posible que esta generación organizara el Frente de Unidad Democrática y Popular,  la UDP, la  única opción política que derrotó a la dictadura en tres elecciones. Siguiendo ese rumbo, adquirieron y desarrollaron los valores de la democracia liberal que estaban plasmados en la Constitución Política.   

En el camino que se abrió después de la derrota del autoritarismo militar y el Gobierno de la UDP, el MIR se fragmentó en tres partes que se desarrollaron como el MIR-Nueva Mayoría, liderado por Jaime Paz y Óscar Eid;   el Movimiento Bolivia Libre, conducido por un colectivo compuesto por Antonio Araníbar, Alfonso Ferrufino y  Miguel Urioste;  y el MIR-Masas, cuyo líder, Juan del Granado, fundó posteriormente el Movimiento Sin Miedo (MSM). 

Tres partes de una misma y única generación que desde su ruptura estuvieron en campos distintos, como adversarios, formaron parte de distintos gobiernos. Hasta el final sostuvieron sus diferencias, casi fatalmente. 

Pero esta generación política escindida está integrada por el sentido político más importante que se ha construido en el siglo XX boliviano: el sentido de la democracia, sentido que cada una de las partes de esta generación contribuyeron a crearla, unidos,  y a desarrollarla, separados.

Esas tres líneas de la generación mirista fueron parte activa en los encuentros donde se perfeccionó la institucionalidad de la democracia: firmaron los acuerdos políticos de 1991, que dieron lugar  a la reforma constitucional de 1994, instituyeron las cortes electorales apartidistas. Crearon la justicia constitucional con el Tribual Constitucional, revalorizaron los derechos humanos con el Defensor del Pueblo. Reconocieron el carácter pluricultural y multiétnico de Bolivia  y dieron lugar a la municipalización de todo el territorio nacional.

Además de ello, esas líneas generacionales  contribuyeron a mantener la estabilidad económica, sostuvieron una política de hidrocarburos responsable, impulsando la exploración y el descubrimiento de los grandes campos de gas, la construcción del  gasoducto a Brasil y la obtención del mercado brasileño por 20 años. Contribuyeron a la descentralización, al establecimiento del sistema de cuotas de género en las listas de candidatos, abriendo así el rumbo a la democracia paritaria. En esa dinámica  hicieron lo que la izquierda boliviana nunca logró: desideologizaron las relaciones internacionales.

El segmento que se organizó en el Movimiento Bolivia Libre contribuyó a la revalorización de la democracia local con la Ley de Participación Popular que abrió la gestión municipal a las organizaciones territoriales de base y estableció la distribución per cápita de los recursos, además de institucionalizar la democracia municipal participativa. También aportó a cambios  del régimen de tierras con la innovacion del Instituto de Reforma Agraria. 

El segmento que dio lugar a la creación del MSM  innovó la gestión municipal en el marco de la Participación Popular, institucionalizó el municipio, lo convirtió en sujeto de crédito, implementó programas que han transformado a la ciudad de La Paz como la creación y rehabilitación de los espacios verdes, los museos, los “Barrios de Verdad”, el transporte urbano municipal y otros. En El Alto otro mirista, como Alcalde, realizó una gestión de desarrollo urbano, seguridad ciudadana y política social como el Bono Esperanza para los niños, a fin de que no abandonaran la escuela, que luego fue retomado como el Bono Juancito Pinto. 

Con sus luces y sombras, esa generación política nos muestra dos virtudes que hoy son necesarias: el temple para resistir y combatir al autoritarismo y el ingenio para perfeccionar la democracia. Hoy estas virtudes son necesarias para seguir avanzando por el camino de la Libertad.

 

 

Confidencial

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