Awqa Pacha

El fiasco del modelo comunitario productivo

En memoria del maestro y sociólogo estadounidense Immanuel Wallerstein.
domingo, 08 de septiembre de 2019 · 00:00

José Luis Saavedra  Profesor de Teoría y Política Poscolonial

Si bien el incendio forestal en la Chiquitania nos preocupa y nos duele a todos, no podemos, ni debemos perder de vista la configuración política y económica que históricamente constituye la estructura fundamental del país y que no es sino el capitalismo extractivista y es en este contexto de longue durée (Braudel) que entendemos la actual catástrofe de los incendios.

El pasado 22 de julio, el presidente Evo Morales se quejaba de que se quiera acabar con el “Estado extractivista” (cfr. “Morales lamenta que los planes de la oposición quieran acabar con el ‘Estado extractivista’”, Los Tiempos Digital, 22 julio 2019). Por nuestra parte, nosotros decimos que sí, que hay que terminar y de manera perentoria con el extractivismo depredador.

Inicialmente veamos las evidencias emergentes del contexto global. Hoy vivimos una evidente y profunda crisis civilizatoria, la crisis de un patrón civilizatorio (patriarcal, racista, clasista y sexista) en y por la que, a su vez, está en serio riesgo la preservación de la vida misma en el planeta Tierra.

Asistimos pues a la profusión de actividades que están destruyendo las condiciones de posibilidad de la vida, esencialmente por las necesidades del poder del capital (entendido como dominación y explotación) y los concomitantes entramados de violencia patriarcal, étnico-racial y geopolítica, propios del extractivismo destructor.

La crisis civilizatoria hoy está llegando a la fase terminal del patrón de poder moderno colonial euro-centrado (Quijano), que provoca, entre sus más severas manifestaciones, el agotamiento de la capacidad de regeneración de la vida en el planeta  como consecuencia de la lógica radicalmente devastadora prohijada por el desarrollo capitalista, la salvaje destrucción de la diversidad biológica, la irracional deforestación, que no sólo está amenazando las condiciones de reproducción de la vida en su conjunto, sino también que –ante nuestros propios ojos– la está arruinando, destruyendo y aniquilando.

Hoy presenciamos el avance ecocida, etnocida y genocida de las ilógicas absolutamente destructivas y destructoras del capital transnacional, tales como el acelerado proceso de extinción/desaparición de la diversidad biológica, tanto que cada día se pierden miles de especies. Como bien apunta Edgardo Lander, hoy “hay una extraordinariamente veloz dinámica de devastación que está destruyendo las condiciones de reproducción de la vida y que amenaza la existencia misma de la vida en el planeta tierra a muy corto plazo”.

Los Estados nacionales, en nuestro caso plurinacional, operan en connivencia con las empresas trasnacionales, básicamente mineras, petroleras, hidroeléctricas (mega represas) y agroindustriales (monocultivos, transgénicos y agro tóxicos), que provocan gravísimas extendidas y catastróficas devastaciones socio-ambientales, además de severamente empobrecedoras, sobre todo en el hábitat de los pueblos indígenas y comunidades campesinas, que hoy por hoy se están constituyendo en territorios de sacrificio en aras del progreso y el desarrollo capitalistas, acentuando además el rentismo minero/petrolero y generando una creciente dependencia (neocolonial) del país.

No tenemos espacio para hablar aquí de las agresiones gubernamentales y las violencias coloniales que, actualmente, el régimen MASista (en connivencia con las transnacionales petroleras) despliega impunemente en Tariquía (cfr. Marxa Chávez León y Claudia López Pardo, “Tariquía: la contraofensiva patriarcal que violenta a las mujeres y a las comunidades”, Página Siete, 24 marzo 2019).

El Gobierno   le da pues suma prioridad a la i-lógica extractivista, desarrollista y depredadora, a la acumulación por la vía meramente extractivista y, peor aún, a la re-colonización de la sociedad civil boliviana  estructurada por el racismo colonial, la modernidad colonialidad y las formas cada vez más extremas de deshumanización, básicamente en y a través de la institucionalización estatal del despojo y la violencia contra los pueblos y las territorialidades indígenas u originarias (¿hace falta recordar Chaparina, Takovo Mora y/o Tariquía?). Y todo ello en función y beneficio del capitalismo global y sus dispositivos capitales: las empresas transnacionales de carácter imperialista.

En Bolivia asistimos por tanto a una serie masiva de destrucción ambiental de los territorios de los pueblos indígenas y comunidades campesinas, en y a través de los procesos de expansión de la explotación minera e hidrocarburífera, del aumento desmesurado (ecocida) de la frontera agrícola para el monocultivo transgénico (principalmente soya) y la consecuente deforestación, sobre todo en la Amazonia, en y por el que el régimen climático global (al fin y al cabo somos parte de un mismo ecosistema) se está alterando, trastornandoy per-turbando drásticamente (fuegos, quemas, incendios, sequías, inundaciones, fríos y calores cada vez más catastróficos) la naturaleza y el conjunto de la biosfera. No olvidemos, no debemos olvidar que el bosque, más aún el bosque amazónico, es la principal fuente de agua, además de constituir una compleja zona de diversidad biológica.

En estas condiciones socio-ambientales, el Programa de Gobierno del MAS (Agenda del Pueblo para el Bicentenario) es pues insostenible y, más aún, ecocida y etnocida ¿Por qué? Uno, porque ya está agotado el patrón civilizatorio del mero crecimiento (sin fin) y de asalto salvaje a la naturaleza. 

Dos, porque está basado en la irracional destrucción de la Madre Tierra, es decir en el socavamiento de las condiciones de vida de (todos) los seres que habitan esta pacha. Lo ha dicho de manera lúcida Boaventura de Sousa Santos: “si tú explotas la naturaleza de manera salvaje, entonces te estás destruyendo a ti mismo porque la naturaleza es fuente de vida”.

 

 

Confidencial

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