Ideologías

Pensar más allá de izquierdas o derechas

Cuando las ideas se convierten en dogmas, no hay mejor alternativa que el pensar con libertad, sostiene el autor.
domingo, 12 de enero de 2020 · 00:00

Sergio Mendoza Reyes Periodista

Después de mucho insistir parecía que mis palabras la habían convencido. Me miró fijo, con los ojos abiertos como en asombro. Sentí que lo que le dije había surtido efecto y que ella al fin comprendía lo ocurrido en Bolivia; pero estaba equivocado. No puedes ser tan ingenuo –me reprochó–, tienes que elegir entre Evo y la intervención estadounidense, es lo uno o lo otro, o un dictador o la intervención extranjera. 

La conocí en una conferencia que se hizo un 13 de noviembre en la Asociación Nacional de Educación, en Londres. Se me acercó ni bien dejé el micrófono tras ser abucheado por la mayoría de los asistentes, quienes creían firmemente que en Bolivia se había instaurado un golpe de Estado dirigido por una derecha racista y discriminadora que no soportaba ver a un indígena como presidente. 

Les pedí hablar cuando acabó el evento, después de escuchar hora y media a expositores que obviaron la existencia de un fraude electoral y no mencionaron una palabra sobre la violación al orden democrático por parte del Movimiento al Socialismo (MAS) en los últimos años.

No hablé más de 30 segundos, lo suficiente para pedir a la audiencia, más bien suplicarles, que no creyeran todo lo que les decían, sino que investigaran, se informaran, y sacaran sus propias conclusiones. 

La conferencia, organizada por una agrupación política llamada Friends of Bolivia, estaba repleta de extranjeros consternados ante lo que se les decía que estaba ocurriendo en mi país: medios de comunicación controlados por la dictadura, indígenas asesinados por montones, Evo dando un paso al costado para pacificar al país, y la tramoya para hacer creer que hubo un fraude y así maquillar el golpe derechista. Sí, tuve que salir de la sala un par de veces para tomar aire y evitar un accidente allí dentro. 

Aquí y allá. En todas partes. Ahora y antes, y por supuesto más aún durante el gobierno de Morales, oí hasta el cansancio sobre la perpetua lucha entre la izquierda y la derecha, entre el socialismo y el capitalismo, entre la lucha por los pobres y la conservación de los privilegios de los ricos. Entendí, observando a los que se encargan de gobernarnos, que era importante adoptar uno u otro bando, y mantenerse ahí, firme, con una lealtad más profunda que a tu equipo de fútbol, con un compromiso mayor que a tu propio país. 

Los términos “derecha” e “izquierda” surgieron durante la revolución francesa, cuando los miembros de la Asamblea Nacional que se inclinaban a favor de los intereses del rey y a la preservación del orden establecido se sentaban en las bancas de la derecha, y quienes apoyaban la revolución, caracterizada por la consigna “libertad, igualdad y fraternidad”, se sentaban a la izquierda. Así se etiquetó como “de derecha” a quienes mantenían una posición conservadora de los privilegios de los ricos y poderosos, y como “de izquierda” a aquellos que apostaban por políticas en favor “del pueblo”. 

Los términos se extendieron a otras partes del mundo; los teóricos filosofaron sobre la naturaleza de cada tendencia y los políticos se encargaron de asentar la idea de que se es de uno o de otro bando, pero nunca de ninguno. 

Pero estos términos acentuaron las diferencias de clase en lugar de atenuarlas. Algunos que se consideraron de izquierda, en vez de ir por la igualdad, la libertad y la fraternidad, promovieron la creencia de que “el otro” es el enemigo. 

Impulsaron la idea de que unos son de por sí racistas por su color de piel, por su condición económica, por la religión que profesan, por el lugar en el que nacieron, o por el idioma que hablan (el k’ara, el rico, el cristiano, el cruceño, el que no habla aymara). 

La igualdad, es quizás una utopía y me inclino a pensar no por la igualdad de condiciones, sino por la de oportunidades. Pero a aquellos de izquierda o derecha pareciera no interesarles esto ni el servir a la gente, sino mantenerse en el poder para servirse del pueblo. 

Leí hace un tiempo un artículo de Carlos Toranzo, quien señalaba las diferencias entre generaciones, los modos distintos en los que los jóvenes de antes y los de ahora lucharon por la democracia. 

“Los de antes” decían que “los de ahora” eran de una generación indiferente, una generación a la que no le importaba y no participaba. Pero esos jóvenes les demostraron que sí les importaba, y mucho. Les enseñaron la efectividad de los métodos pacíficos y creativos de lucha. Nadie esperaba esto, en parte porque esta generación ya no cree en la política de la misma forma en la que sus padres y abuelos lo hicieron: con izquierdas y derechas. 

A “los de ahora” no les interesaba que un determinado partido político ocupara el poder, sino que hubiera democracia plena. No les pareció prudente alzar las armas para luchar por libertad, sino utilizar estrategias pacíficas y atacar al enemigo con dulces, refresco y ollas comunes. 

No hablaron de la prevalencia de una ideología política, sino de verdadera hermandad entre todos los bolivianos.

Los tiempos cambian y se debe mirar más allá. Se debe demostrar que deshacerse de una dictadura de supuesta izquierda no significa someterse a la intervención extranjera o a políticas de derecha, como me aseguró aquella mujer un 13 de noviembre. Conservar lo positivo que hizo “el otro” y erradicar lo negativo, sin importar su ideología, para así evitar repetir un ciclo sin fin de construcción y destrucción.  

En última instancia, si tuviéramos tan poca libertad como para vernos obligados a elegir entre una dictadura de izquierda y una intervención derechista, por lo menos deberíamos hablar claramente sobre esas opciones. Porque se elige con información clara, y no con mentiras y propaganda para hacer creer que un dictador no lo es. 

Siempre me incliné por la ideología de izquierda, por la búsqueda de la igualdad; pero estoy convencido de que cuando las ideas se convierten en dogmas, no hay mejor alternativa que el pensar con libertad.

 

 

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