Visiones y modelos

¿Debemos “refundar ” una vez más al país?

La “fiebre de las refundaciones” y la dependencia de los recursos no renovables, son las dos principales causas del subdesarrollo del país.
domingo, 19 de enero de 2020 · 00:00

Samuel Doria Medina  Presidente de Unidad Nacional

En los últimos 30 años hemos visto cómo Bolivia cambiaba dos veces de “modelo” económico y social. En los años 90, el gonismo nos dijo que tenía el “secreto” para desarrollar el país y para realizar este “milagro” destruyó las instituciones públicas que teníamos entonces y aprobó muchísimas leyes para imponer un modelo neoliberal, muchas de las cuales nunca se aplicaron y luego, con la caída de Goni, quedaron obsoletas.

De 2006 al 10 de noviembre de 2019, ocurrió exactamente lo mismo, aunque con el signo inverso. Los masistas dijeron que ellos tenían el secreto del desarrollo del país y que los otros eran “vendepatrias”. Este “secreto” era agrandar el Estado, achicar el mercado, confiar en la empresa pública, que sería, por naturaleza, “más justa y beneficiosa para los pobres” que la empresa privada.

Para realizar el “milagro estatista”, y lograr el desarrollo del país, los estatistas destruyeron las grandes empresas privadas que teníamos, incluso algunas que funcionaban bien, y debilitaron a todas las demás. También aprobaron muchísimas leyes para imponer su modelo, muchas de las cuales no se aplican ni se aplicarán jamás.

¿Qué conclusiones podemos sacar de esta experiencia?

Sin importar qué “modelo” adopta, el país no supera el subdesarrollo. Ahora y antes sigue siendo uno de los países más pobres de Sudamérica. Si nos comparamos con nuestros vecinos, estamos en una posición inferior en cualquier área. No hay un “milagro” ni un “secreto” que saque al país de la situación en la que está. 

En segundo lugar, sin importar su “modelo”, Bolivia depende de la exportación de recursos naturales no renovables. Entonces, la gente vive a veces mal, o a veces un poco mejor, pero nunca del todo bien, según cómo vayan los precios de las materias primas que exportamos.

Por otra parte, la lucha por el “modelo” tiene necesariamente dos efectos, que están relacionados uno con el otro: a) destruye instituciones, b) produce montones de leyes que no se cumplen. 

Esta es una de las causas del atraso boliviano. La llamo “la fiebre de las refundaciones”. Es una forma de demagogia, porque, en lugar de realizaciones concretas, le “vende” al pueblo una ilusión: la esperanza en un cambio milagroso. Encontramos esta demagogia en el MAS y la encontramos, antes, en el neoliberalismo. Los políticos que ofrecen a la gente “milagros” para llegar al poder, después se dedican a aprobar leyes para fingir que el milagro ha ocurrido.

Por esto estos políticos necesitan hacer reformas constitucionales: lo hicieron los neoliberales, lo hizo el MAS y ahora lo quieren hacer algunos políticos actuales, con la misma idea de “vender humo”.

Desde la Antigüedad se sabe que mientras más se cambian las leyes, menos se obedecen, porque el pueblo tiene que acostumbrarse a que aquello que dictan es definitivo. Y mientras menos se cumple la ley, menos durables son las instituciones, porque las instituciones fuertes tienen que basarse en una ley perdurable, no en los deseos de los individuos o las multitudes. 

Por esto los grandes teóricos políticos del pasado nos enseñan que el daño de introducir una nueva institución y una nueva ley, quizá mejores, puede ser mayor que el soportar la institución y la ley que ya existen.

Por esto, la “fiebre de las refundaciones”, junto a la dependencia de los recursos no renovables, son las dos principales causas del subdesarrollo del país. 

¿Cómo hacer las cosas de otra forma? No podemos seguir confiando en milagros. Tenemos que aceptar que Bolivia tiene problemas estructurales que un “modelo” no puede resolver, como su dependencia de los recursos no renovables. Para salir adelante, debemos construir dos cosas concretas: a) leyes que no se cambien a cada rato y que todos se respeten; y b) instituciones que funcionen de verdad. 

La lección comienza con el ejemplo. Por eso no proponemos nuevos milagros ni otras “refundaciones”. Lo que queremos es dar continuidad a los que está bien, mejorar lo que puede mejorarse y hacer lo que nunca se ha hecho hasta ahora. Sólo así mostraremos una conducta de nuevo tipo, que no repita los errores de los últimos 200 años.

Por lo dicho, creo que debemos descartar la idea de una reforma constitucional, por lo  menos en un par de décadas más. Con ello no solo evitaremos la demagogia de “cambiar” el país solo en el papel, sino que también conservaremos las  normas, acciones e instituciones que, al fundar el Estado Plurinacional de Bolivia, dieron a los indígenas derecho a conservar su cultura, hábitos tradicionales (como el acullicu), idioma, forma de organización política, y a no ser discriminados por ello; es decir, a progresar manteniendo su identidad. También debemos impulsar el empoderamiento indígena creando oportunidades económicas para los aymaras, los quechuas y los guaraníes.

Otras instituciones que deben conservarse son las que permiten el acceso de los indígenas y, en general, de los pobres, a la toma de las decisiones y al manejo del Estado. Una total meritocracia (el gobierno de los mejor educados) no es, como a veces se cree, la fórmula más eficiente, porque carece de sostenibilidad política. Debemos mezclar la meritocracia con la justicia social. 

Debemos dejar en manos del Estado las empresas que se ocupan de los recursos naturales (YPFB, ENDE, Comibol) y son estratégicas para el país (Boa, Entel): debemos convertirlas en corporaciones eficientes, transparentes y competitivas. También debemos mantener la planificación estatal del desarrollo, que debe ser asignada a un Ministerio de Planeamiento asesorado por una Udape “recargada” y otras agencias estatales dedicadas a la producción de información y pensamiento.

Debemos profundizar las políticas sociales que repartan dinero directamente a la gente, porque son más eficientes y tienen mayor impacto, como la Renta Dignidad y otros bonos.

Debemos defender la independencia de las decisiones del Estado boliviano de los organismos internacionales y de las grandes potencias mundiales (con ninguna de las cuales nos conviene alinearnos).

Mejor que “cambiar el nombre” de las autonomías (es decir, de tratar de resolver la debilidad de estas por medio de leyes) es convertir la descentralización nominal y formal que hay en este momento en un genuino reparto del poder político entre las autonomías ya existentes. 

Y, finalmente, debemos mantener la participación de las Fuerzas Armadas en el desarrollo nacional.

Solo de este modo evitaremos la gimnasia de las “refundaciones”, que tantas energías gastan y que terminan siempre como el “parto de los montes”: prometiendo una montaña y produciendo un ratón.

 

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