Perspectivas

¡La unión hace la fuerza!

Las “Pititas” quedarán en la memoria y en la historia como un ejemplo de la lucha no violenta por reivindicaciones nobles y auténticas.
domingo, 19 de enero de 2020 · 00:00

Iván Camarlinghi Diplomático y periodista

El título de este artículo está en las monedas acuñadas hace varios años (después de que se recuperara la democracia en 1982) por la República de Bolivia y es uno de los pocos símbolos nacionales que no pudo destruir la dictadura durante casi 14 años.

La frase, por cierto, no es nueva y existe como fundamento de familias, empresas, países y sociedades que buscan el bien común. Fue usada por primera vez en las provincias unidas de los Países Bajos en el siglo XVIII, casualmente también en una moneda. Desde tiempos inmemoriales, lamentablemente el hombre ha sido el lobo del hombre, pero también desde hace muchos siglos, los hombres y mujeres de valor y con principios, buscaron la unión como un medio indispensable para obtener sus objetivos, que de otra manera hubieran sido imposible alcanzarlos.

Lo hicieron Simón Bolívar, Mahatma Gandhi y Nelson Mandela y muchos otros cuando unieron sus esfuerzos con otros grupos o países para liberarse de imperios conquistadores y odiosos sistemas excluyentes.

En tiempos modernos, Europa se unió en una sola entidad supranacional después de siglos de conflictos tan graves como las dos guerras mundiales del siglo XX. Las naciones americanas lograron unidad en diversas formas políticas (OEA, CELAC, etcétera), comerciales (CAFTA, Mercosur, Comunidad Andina) y sociales, al igual que las naciones africanas y asiáticas, aunque con diversos resultados. 

John F. Kennedy dijo en 1962 que se puede ganar con la mitad pero no se puede gobernar con la mitad en contra, algo que le sucedió a Evo Morales.

En estos agitados tiempos en que vivimos, la unión de todos los bolivianos hizo posible la caída de quien gobernó autocráticamente. La bien llamada “Revolución de las Pititas”, todavía no ha sido considerada a nivel mundial como una recuperación histórica de la libertad y de la democracia, en realidad fue una batalla épica que quedará en la memoria y en la historia de Bolivia y Latinoamérica como un ejemplo de la lucha no violenta por reivindicaciones nobles y auténticas. 

Fue un ejemplo no solo para bolivianos y latinoamericanos, sino para la humanidad que ansía vivir en sociedades libres de dictaduras y con una democracia al servicio de todos y no solo de algún grupo político, étnicoo de cualquier otro  tipo. 

No en vano existe la frase “la peor de las democracias es preferible a la mejor de las dictaduras”. Y ello es inequívocamente cierto porque en una dictadura nadie tiene derechos, ni siquiera los que apoyan al régimen; en cambio en una democracia plena con división de poderes, libertad de prensa, justicia independiente y un poder electoral confiable y transparente, existen errores pero el ciudadano de a pie puede acudir a diversas instancias para reclamar lo que considera justo porque existe estado de derecho y se respetan los derechos humanos, civiles y políticos. 

Las naciones más avanzadas del planeta tienen sistemas democráticos consolidados y verdaderos e importantes niveles de prosperidad.

Librarse de una dictadura no fue fácil para los bolivianos; fue casi década y media de constantes luchas, huelgas de hambre, marchas indígenas y otras formas no violentas de protesta. No fue fácil además, porque todas las dictaduras tienen factores que manipulan, como los poderes serviles a su gobierno (diputados, senadores, jueces, fiscales y vocales de tribunales electorales), pero también una prensa controlada y obediente, la corrupción así como negocios ilícitos internacionales, países y políticos “aliados” y grupos terroristas externos que tienen el aval de los tiranos.

El próximo 3 de mayo, y quizás el 14 de junio (si hay segunda vuelta), los bolivianos tenemos una de las citas más importantes de nuestra historia. De los resultados de esos comicios depende no solo la consolidación definitiva de la democracia y la viabilidad de Bolivia como nación, o por el contrario, volver a los tiempos dictatoriales y al estado fallido que muchas veces hemos sido, con todas las consecuencias trágicas que tendría para nuestro país.

Los partidos políticos y los líderes regionales surgidos en octubre y noviembre de 2019  parecen no haberse dado cuenta de los terribles peligros que nos acechan. Después de lograr el objetivo principal están dispersando esfuerzos, dividen las preferencias electorales  y tratan de demostrar a los votantes que podrían solos salvar al país de la debacle segura que sería el retorno del populismo corrupto al poder.

Hasta el momento se pueden contar tres candidaturas fuertes (porque las otras son funcionales al evismo). Carlos Mesa, Jorge Quiroga y Luis Fernando Camacho tienen la responsabilidad histórica de unir a los bolivianos en el voto y en las propuestas (porque en la protesta ya estuvimos unidos). En el imaginario colectivo mágico, vislumbro los grandes logros que podría alcanzar Bolivia de tener a estos tres grandes ciudadanos trabajando mano a mano para hacer de nuestro país la nación grande y prospera que merece ser y que todos queremos. 

Hasta ahora, la mayoría de nuestros conciudadanos votaron en contra de alguien antes que a favor de alguien y últimamente se habló incluso del “voto útil”. 

Eso tiene que cambiar y de la unidad de líderes políticos y cívicos depende que podamos construir un Estado moderno con planes reales en todas las áreas (social, política y económica) adaptado a las necesidades de una sociedad cambiante y por ahora dividida. Nuestra patria clama y reclama otra vez por la unidad de todos los bolivianos que la queremos siempre libre, digna y soberana.

 

21
9