Medios

Integridad periodística (I): Las redes sociales

El campo de batalla por el poder público se transforma mayormente en una operación estratégica sobre la opinión pública.
domingo, 05 de enero de 2020 · 00:00

Bernardo Prieto Ensayista

Todavía no existe un sólido aparato teórico que pueda evaluar integralmente la íntima relación entre las redes sociales y la política. Si bien algunos intentos tratan de entender esta relación a través de la “acción comunicativa” (Habermas), la “comunicación para el desarrollo” (Ramiro Beltrán) o el interaccionismo simbólico (Blumer) es claro que dichas propuestas resultan insuficientes. 

Por lo pronto, podríamos señalar que la política mantiene una relación esencial con las redes sociales ya que éstas, en nuestro mundo contemporáneo, se convierten en el espacio público por excelencia: el lugar donde la polis se encuentra reunida y, por lo tanto, el lugar donde se forma la “opinión pública”. 

La relación entre la opinión pública y la democracia pueden remontarse, justamente, a los inicios de la conformación de los Estados modernos. Por ejemplo, David Hume escribe –en el capítulo cuatro de su Tratado sobre el Entendimiento Humano– que la continuidad de los gobiernos no se encuentra en realidad en su poderío militar, sino en la opinión de la mayoría. 

Aquí, como es evidente, el campo de batalla por el poder público se transforma mayormente en una operación estratégica sobre la opinión pública y no tanto, o no solo, en el uso preciso de la “violencia legítima”. 

Gran parte de esta batalla –como hemos visto las últimas semanas en Bolivia– se ha trasladado al abierto y brumoso campo de las redes. Éstas, sin embargo, no funcionan como un mecanismo o como un proceso consensuado de racionalización, sino, por el contrario, funcionan como un proceso puramente aclamativo –el cual se legitima por su masificación– revelando así sumatriz doxológica. 

La doxología moderna, es decir, la opinión pública –como bien nos recuerda Giorgio  Agamben en El Reino y la Gloria–  es la forma secular de la aclamación religiosa, la cual la política moderna –el Estado y sus instituciones– ha arrebatado celosamente para sí. 

¿Acaso las redes sociales no funcionan sino como confirmaciones externas de nuestras convicciones personales y nuestros prejuicios, como la forma esencial de publicitar nuestro rechazo o aclamación? Sin embargo, y más dentro de la reciente gesta ciudadana (la revolución de las pititas), es importante reconocer la operatividad y la funcionalidad de las redes sociales, que  se mostraron como medios dinámicos generadores de acciones políticas masivas (cumpliendo así su función estratégica) que, en la mayoría de los casos, no respondían a ninguna jerarquía ni organicidad preestablecida. 

Por esto, la discusión por la integridad periodística es esencial. La “gesta de las pititas” no fue una acción ciudadana legítima por la masividad que alcanzó, sino por la matriz verdaderamente democrática y ética –la veritas– que contuvo. Es decir, el valor de este movimiento no  se halló tanto en su colectivización –su legitimación por la mayoría– sino en fuertes razones que propiciaron este apoyo masivo. 

La integridad periodística –y el valor de la comunicación en general– es una tarea dificultosa y acaso aporética de realizar en medio de esta vorágine de medios e instrumentos, pues la integridad periodística se encuentra cuando precisamente la comunicación rechaza su matriz doxológica y, por un momento, abre su seno al pensamiento, al diálogo y a la búsqueda de la verdad.

Es necesario comenzar un nuevo programa de investigación para poder  evaluar esta relación esencial entre las redes sociales y la política. Es decir, investigar la su naturaleza doxológica; las redes, de manera sintomática, tienen como función principal la aclamación: dar un “me gusta”, compartir contenido de forma masiva, compartir una reacción emocional, etcétera. 

También se debe evaluar la disolución practica del ámbito público como del ámbito privado en las redes ¿Cuál es la naturaleza de las mismas? 

Por último,  esta revolución de las pititas  puede servirnos para replantear la pregunta –un lugar común– sobre la pretendida despolitización de los jóvenes ¿Es acaso posible una nueva forma de política que no se encuentre ligada a la toma del poder Estatal? ¿Es posible que, a través de esta nueva política, los instrumentos aclamativos de las sociedades democráticas se conviertan en inoperosos?

Pero, sobre todo, es importante indagar y esclarecer la relación existente entre la acumulación y gestión de los medios de comunicación y el desarrollo del fascismo ¿No son acaso ATB, Abya Yala, La Razón y un largo etcétera algunos ejemplos de una pretendida hegemonía comunicativa, como nos recuerda Raúl Peñaranda, promovida por el circulo de Evo Morales? 

¿No es todo esto una estrategia alarmante especialmente cuando la construcción de un gobierno puramente aclamativo es reclamado, de manera diferente, aunque con la misma intensidad, tanto por Carl Schmitt, Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, o muchos otrora teóricos del “proceso de cambio”? ¿Qué consecuencias tiene un cuantioso gasto discrecional en comunicación estatal –y paraestatal– para una sociedad democrática? ¿Dónde quedó, en medio de esa pretendida hegemonía, la integridad periodística?

 

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