Debate

Nuevos paradigmas políticos

A pesar del terrible tumulto social, se ha abierto una nueva etapa en nuestra historia, que debe ser aprovechada de manera estratégica.
domingo, 05 de enero de 2020 · 00:00

 Max Murillo Mendoza

 

Los últimos acontecimientos deberían ponernos en guardia, en apronte y en acción hacia cambios realmente profundos en lo político, social, cultural y económico. Ciertamente hay que empezar curando las profundas heridas en el alma, ocasionadas por los frentes radicales de ambos bandos que han reabierto o resucitado viejos rencores coloniales,  enfrentados bajo el paraguas de arcaicos sistemas políticos, de la Guerra Fría, fracturaron los tejidos sociales de nuestro país. Tenemos con urgencia que curarlos y sanarlos ojalá para siempre.

Sin embargo, a pesar del terrible tumulto social, se ha abierto también una enorme oportunidad en la historia del país. Es urgente, por otro lado, realizar balances y evaluaciones. Es urgente exigirle al  MAS una capacidad de autocrítica, que no la tuvo en estos años porque no tiene estructura partidaria, sino caudillista: se escuchaba una sola voz, en ausencia total de debates y lecturas de la realidad. Los resultados han sido absolutamente contundentes. Pero se ha abierto una nueva etapa en nuestra historia, que debe ser aprovechada de manera estratégica.

En esta nueva etapa no debemos permitir revanchismos ni venganzas. No debemos permitir la repetición de la política tradicional republicana, que heredó el MAS y la profundizó. No debemos permitir esa ceguera de izquierda y derecha, que sólo ha provocado muertes y rencores a lo largo del país. Nuestros desafíos van más allá de ese simple esquema ideológico, trasnochado y aprovechado por mediocres criollos de la política colonial tradicional. 

Esta etapa debería convertirse en una oportunidad por fin, para construir consensos y acuerdos nacionales hacia el mediano y largo plazo, para no caer otra vez en coyunturales enfermedades del poder que sólo nos llevan a acontecimientos como los que hemos vivido en octubre y noviembre.

El país ha cambiado profundamente y ni siquiera nos hemos dado cuenta. Al calor de la enfermedad coyuntural de la pobreza mental y partidaria, no nos percatamos que la realidad nos ha pisado con cambios profundos en las estructuras sociales y culturales. Bolivia es definitivamente un país de clases medias mayoritarias, seguidas con naciones originarias en el sentido de que aún mantienen sus raíces culturales ancestrales a lo largo del país. 

Esa configuración social, económica y étnica hace que las condiciones políticas también se hayan modificado en las raíces, lo que tenemos que aceptar en nuestras configuraciones políticas.

Los acontecimientos de estas semanas simplemente resaltan los cambios que se han producido. Por tanto, tenemos el deber de ser lo más objetivos posible, responsables con los mensajes de la sociedad. No necesitamos más mesianismos ni caudillismos, con cheque en blanco para la impunidad. 

La sociedad exige transparencia, información precisa de los movimientos estatales para su discusión y decisión en los barrios o municipios. Hoy mismo los vecinos de todo el país siguen en las calles; pero no hay debates sobre el país que tenemos que consensuar, porque aún la política tradicional domina el espectro.

Es fundamental abrir espacios para el debate. El país necesita escuchar, que nos escuchemos entre todos, las ideas y las propuestas de país, de regiones y sectores que tenemos que construir. Es fundamental exigir propuestas a quienes se dicen futuros líderes o dirigentes, porque solo las propuestas se pueden discutir, para no repetir enfermedades caudillistas o mesiánicas. Para no seguir en la inercia de la política tradicional republicana, que impide todo cambio o transformación. Que impide que las potencialidades y las pulsaciones de nuestras civilizaciones sean por fin Estado.

Demasiado urgente es abrir frentes de debate y diálogo por todo el país. Es el momento adecuado, después de semejante movilización social no podemos perder la oportunidad de debatir, de perfilar  acuerdos sociales y consensos sociales campo-ciudad; oriente-occidente y regiones Estado. Aprovechar también la efervescencia juvenil nacional, que fueron los puntales para las preguntas principales sobre el tipo de democracia que vivíamos. 

Necesitamos seguir replanteando el tipo de Estado que necesitamos, las exigencias y las tareas son muchas: economías nuevas y novedosas, cambio climático, sistemas educativos competitivos, gestión de Estado por fin transparente y respetando la constitución. Tareas por demás urgentes, no podemos esperar a las calendas griegas. A pesar de los avances logrados en estos años, seguimos siendo el país pobre y marginal en la región.

Definitivamente se ha abierto un nuevo capítulo en la historia del país. No podemos despilfarrarlo. Por razones éticas y morales tenemos que dar certidumbre al país, no merecemos lo que hemos pasado con tanta violencia e inseguridad de nuestro futuro. No merecemos estar de tiempo en tiempo en la encrucijada, destruyendo lo poco que se avanza y se construye. 

Merecemos estabilidad en el largo aliento, proyectos a largo plazo y seguridad de país en unos cincuenta o cien años. Tenemos que matar la enfermedad coyunturalista y corrupta del corto tiempo, de la miseria y la mezquindad política, de la mentalidad tercermundista y provinciana. 

Pues sí, abrir un nuevo capítulo de nuestra historia con letras de molde. Con miradas holísticas e inclusivas. Porque tenemos que compartir la vida en este territorio: quienes somos herederos de civilizaciones ancestrales, y quienes llegaron de otras civilizaciones. Hay espacio para todos: pongámonos de acuerdo en los criterios de convivencia, ojalá justos y humanos ante todo.

 

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