El dilema del MAS

En esta nueva coyuntura, el partido de Evo Morales enfrenta una disyuntiva histórica: democracia o autoritarismo.
domingo, 11 de octubre de 2020 · 00:00

Carlos Guevara Rodríguez
Columnista

 

Para analizar el dilema que el MAS enfrenta al presente debemos retrotraernos a la historia reciente. A principios de siglo, Evo Morales y el MAS forzaron la renuncia de los gobiernos constitucionales de Gonzalo Sánchez de Lozada y Carlos Mesa al hacer el país ingobernable a través de bloqueos generalizados y provocando la violencia, en vez de plantear al país su propuesta en el próximo ciclo electoral y disputar el poder democráticamente.

En la elección del 2005, en el régimen “neoliberal derechista”, donde todos los poderes del estado, incluido el Tribunal Supremo Electoral, respondían a ese régimen, ganó Evo Morales en elecciones limpias y transparentes. Ese régimen había permitido la alternancia en el poder a lo largo de varios ciclos electorales, respetando y honrando la democracia, mientras que el proyecto masista la desquició.

Una vez elegido presidente, Morales se apoderó en cuanto pudo de los poderes judicial y electoral, cooptó o intimidó medios de prensa, persiguió a opositores judicializando la política y politizando la justicia. Gran parte de la razón por la cual también pudo controlar el legislativo como ningún otro gobierno se debió a ese accionar.

La intención de Morales, solapada al principio y después descarnada, de adulterar la democracia intentando perpetuarse en el poder, se reveló en toda su crudeza cuando desconoció el veredicto del referéndum del 21F. Luego el fraude del 20-o solamente fue la culminación natural de ese proyecto autoritario. 

En la presente coyuntura, se le preguntó al candidato a la presidencia por el MAS, Arce Catacora, si aceptaría el resultado de la elección, a lo cual respondió que sí siempre y cuando esta refleje los resultados de las encuestas y que sea monitoreada por veedores internacionales. Además, declaró que el único modo en que Carlos Mesa podría ganar es si la elección fuese fraudulenta. O sea que si pierde dirá que ésta ha sido amañada y no aceptará el resultado.

Arce mantiene esa posición cínicamente, sin aportar ninguna evidencia sólida, creíble o razonable que valide semejante acusación. Lo hace por dos razones: porque constata que lo más probable es que no va a ganar la elección, y de ese modo espera deslegitimar al candidato ganador, y porque al deslegitimar por adelantado los resultados de la elección, hace posible una reacción violenta de las bases del MAS.

Arce también declara que, en esencia, el MAS es una fuerza política pacífica y que como tal extiende la mano a sus opositores, y que más bien son sus opositores los que son violentos.

Lo que Arce intenta hacer es engañar al electorado que se encuentra temeroso de que se desate más violencia, olvidando convenientemente que fueron Morales y el MAS los que intentaron retomar por medios violentos el poder en los días inmediatamente posteriores a su renuncia en noviembre del 2019, y que luego en agosto, con la misma finalidad, convulsionaron nuevamente al país con crueles bloqueos en plena pandemia, dando como resultado la muerte de enfermos por Covid-19 cuya salvación, oxígeno medicinal, se encontraba varada en las carreteras del país. 

Añadiendo al polvorín, los altos dirigentes del MAS Andrónico Rodríguez y Orlando Gutiérrez, declaran que si no gana Arce es porque la elección fue fraudulenta y que saldrán a las calles a retomar el poder. Pero, ¿es realista esta amenaza?

En lo inmediato probablemente no. Si pudieran tomar el poder recurriendo a las calles ya lo habrían hecho. Pero esta debilidad momentánea no significa que, con un futuro gobierno que tenga que tomar medidas económicas impopulares, el MAS no recurra a sus prácticas violentas.

La evidencia de que el MAS es irremediablemente un movimiento autoritario, que puede recurrir al voto o a la violencia indistintamente según su conveniencia, parecería irrebatible. Sin embargo, existen indicios que contradicen esa conclusión. 

En el MAS actual se puede hacer una distinción. Por una parte, hemos constatado que Evo Morales y sus secuaces son los que sustentan esa escuela política. Evo y la dirigencia incondicional del MAS son los que han traicionado la democracia, los que han extraviado al MAS, los que han intentado usar a la gran masa votante que le es leal para perpetuarse en el gobierno.

Por otra parte, también es cierto que después de la renuncia de Morales y la secuela de espasmos violentos que le siguieron, la nueva presidente del Senado, Eva Copa, y el nuevo presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Choque, pactaron con el gobierno de Añez para dar una salida democrática a la crisis y pacificar al país. 

Ahora mismo, los presidentes del Senado y la Cámara de Diputados, entre otros dirigentes del MAS, contradicen las declaraciones de Rodríguez y Gutiérrez al declarar que estas no representan una posición orgánica del MAS. 

Los dirigentes del MAS están ante un dilema histórico: democracia o autoritarismo. Lo que escojan tendrá consecuencias profundas para el país, dado el arraigo que tiene ese partido en grandes sectores de la población. ¿Se impondrá el evismo, aún si no fuera con el mismo Evo Morales, y seguirá siendo el MAS un partido que en el fondo no es democrático, justificando su accionar aferrándose a ideologías desacreditadas, dispuesto a utilizar la violencia para alcanzar y perpetuarse en el poder?  

¿O aceptará que un partido se puede llamar democrático solamente si está dispuesto no sólo a ganar, sino también a perder elecciones, y de ese modo verdaderamente “mandar obedeciendo al pueblo”?

También se le preguntó a Arce, dado el caso de que fuera electo presidente, cuál sería el papel que jugaría Morales en su gobierno, a lo cual Arce contestó con mucha convicción que el presidente sería él. Lo que no contestó es, quién sería el que gobernaría el país.

Si Arce quiere que le creamos cuando sostiene que el MAS es realmente un partido de paz, un partido que quiere ser considerado genuinamente democrático, con el cual las diferencias con otros partidos democráticos son sólo de políticas de gobierno y no sobre si pueden o no imponer proyectos autoritarios, es fácil hacerlo. Todo lo que tiene que hacer es repudiar definitivamente a Evo Morales como jefe de campaña y dirigente máximo del MAS.

¿Que diría Arce? No hay premios por adivinar la respuesta.

 

 

 


   

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