Imaginación y emancipaciòn

Contra los héroes no se puede

“Bolivia no necesitaría lo mismo héroes que caudillos, pues tendría ‘genios’ que serían tales por la convicción del anti-héroe ocasional”.
domingo, 18 de octubre de 2020 · 00:00

Hugo Rodas Morales 
Profesor e investigador de posgrado adscrito a Estudios Latinoamericanos de la UNAM

Una notable y reconocida escritora de novela policial –millones de ejemplares en varios idiomas; Luis H. Antezana me dio las primeras referencias– es Frédérique Audoin-Rouzeau (seudo Fred Vargas). Dice de sí misma, en su manifiesto contra el colapso medioambiental que, frente a la simpleza de escribir sobre un crimen conocido a priori, expone el más gigantesco que se pueda concebir: “Sentada solita en la silla de mi cocina, alelada” (La humanidad en peligro. Madrid, Siruela, 2020, p. 13). Dicho pues con la sencillez de quien “cumple una tarea más” (dixit Luis Espinal).

Historiadora y arqueozoóloga, escribió anteriormente La verdad sobre Cesare Battisti  (2004), sobre la farsa judicial contra un ex militante de izquierda, perseguido político del entonces Ministro del Interior, miembro de la extrema derecha italiana, Matteo Salvini. Condenado con testimonios dudosos de arrepentidos, Battisti fue arrestado en Brasil (2007). Audoin-Rouzeau que escuchó su testimonio y lo conoce personalmente pagó los gastos de su defensa y polemizó en Le Monde con Antonio Tabucchi (2011), famoso escritor italiano contrario a la izquierda francesa.

 ¿Quién resolvió en favor de la extradición italiana? El gobierno de Evo Morales y Álvaro García en Bolivia, donde se encontraba Battisti, a quien deportó. Desde el sur de Italia me contaron que, por ese hecho “el pueblo de Salvini se volvió entusiasta del boliviano, de la nada”. No tengo por qué descreer de esa frivolidad. 

En cambio, un héroe o una heroína expresan su singularidad –como Sigfrido en El anillo de los Nibelungos de Wagner; mejor Sigurd, de los Volsungos, si recurrimos a la versión previa islandesa del siglo XIII– a condición de ignorar el cálculo mundano de su acción. En la versión sajona, Sigurd hará lo que simétrica y determinantemente la heroína Brynhild: descreer del miedo. Y al menos por eso, renegar de los héroes es ignorar un horizonte antiguo de la imaginación humana, volcado no a su conformidad sino a su emancipación y cuya semilla es femenina.

Los héroes existen ante una condición general de miedo impuesta por los “dioses” y están encima de ellos porque les oponen su autonomía o “fuerza vital”.  Bernard Shaw lo dice refiriéndose a Juana de Arco que se liberara de la Iglesia: “Esta autonomía se manifiesta a través de (…) la soledad absoluta (pero necesaria) del personaje ante el conflicto y una capacidad contrastada para aprovechar esta soledad en beneficio propio” (El perfecto wagneriano. Madrid, Alianza, 2011, p. 239, n. 97).

La condición “alelada” de Audoin-Rouzeau, que la lleva a estudiar una catástrofe ambiental escasamente sentida, tiene sinónimos. Digamos por ejemplo el de amar, para reemplazar “alelado” por “idiota”, puesto que lo heroico como lo enamorado alude a principios constituyentes, no negociables. Idiota, ido, que no entiende porque su condición es especial: “Cuando amo, soy muy exclusivo” (cita Roland Barthes de Freud). El enamorado convierte su situación en la más vulnerable e inconveniente. Obra como sentenciara con acento ético G.K. Chesterton: “El primer deber de un hombre enamorado es comportarse como un idiota” (Ensayos escogidos. Barcelona, Acantilado, 2017, p. 154). 

Pero no es el amor sino la vida lo que está comprometido. El héroe rompe en un punto llamado aquí “enamoramiento”, con quienes están dominados por el círculo de la conciencia y la culpabilidad; tiene la audacia de la que carecen los dioses, cuyo poder es vivir en medio de la desgracia. Carentes de audacia vital los anti-héroes no pueden enfrentarse ya a la ley ni a las instituciones (derribar dioses, miedos imaginarios) y son parte del viejo orden.

Cumplir un deber con la sencillez del que no teme es tarea impensable para los anti-héroes en Bolivia. “La hora de los asesinos es a la vez la hora en la que el Che entra (…) en la historia de Bolivia con las características de un héroe nacional”, escribió René Zavaleta (octubre, 1969). Lo contrario de descalificar su guerrilla fabulando una profundización de la Revolución Nacional del MNR y nombrando admirativamente al ala católico-centrista de Hernán Siles Zuazo. (Vgr. Rafael Archondo: “Octubre o el valor de matar”, Página Siete, miércoles 8 de octubre del 2020); guerrilla que representó –con su mera existencia y contra argumentos constitucionalistas que podían relativizar su eficacia– la caída del escenario ideológico del Estado del 52, la ficción de que la revolución continuaba. 

Acusar al Che Guevara de “disparar porfiadamente”, engañando y traicionando a los comunistas, pero además como funcionario de Estado (Cuba) en un “epílogo poco glorioso de su trayectoria personal”, recuerda a burócratas del MAS cuyo silencio cómplice secundó la represión policial y militar contra indígenas del TIPNIS. 

Escribir que el guerrillero argentino-cubano “eligió matar” y “empezó a suicidarse” (sic), sugiere que fue el único culpable de su muerte. En la historia documentable, descalificar de ese modo al Che es “una forma curiosa de estulticia e incomprensión del proceso histórico del que Guevara fue uno de los actores” (Quiroga Santa Cruz, octubre de 1967).  

Cito a un héroe de la democracia y de su horizonte socialista en Bolivia, de quien se dijo también que no era propiamente “un héroe”, que no había que exagerar… Con el tiempo, el discurso de los anti-héroes arrecia: Bolivia no necesitaría lo mismo héroes que caudillos, pues tendría “genios”, anónimos claro y que serían tales por la convicción del anti-héroe ocasional. 

Se trata, en mi opinión, de una lámpara de Aladino en versión local; de la política de avestruz y el antiintelectualismo de individuos de clase media aquejados de mediocridad terminal. 

Bolivia, entre otras necesidades que no es preciso ocultar, requiere de ciudadanos que no escupan a los muertos. Esto al menos para comenzar.

 

 

 


   

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