Contra viento y marea

La procacidad detrás de la rebeldía

Destrozar monumentos, dice el autor, “es muestra de una intolerancia de grupículos ideologizados sin trascendencia intelectual”.
domingo, 18 de octubre de 2020 · 00:00

Augusto Vera Riveros 
Abogado  Economista

En la patética coincidencia predominante de los gobiernos llamados del siglo XXI, que por razones populistas fomentan la ideología de género o la inicua descolonización de los pueblos, se entremezcla un debate insulso respecto al descubrimiento de América, sus causas y consecuencias, pero también sobre sus valores, ideales, evaluaciones, anhelos, y ante todo, juicios históricos, políticos y culturales.

Finalmente, a mucho más de 500 años del descubrimiento de América, se hace estéril y acaso injustificado dar a ese hecho –de todas maneras incontrovertiblemente histórico– un vistazo unilateral, cuando lo más ecuánime es alcanzar la convicción de que se produjo un doble descubrimiento. La perseverancia de Cristóbal Colón dio por resultado no sólo conocer a los indígenas americanos, sino que éstos también descubrieran hombres y cosas de las que hasta entonces no sabían siquiera su existencia. 

La demagógica mirada de los pueblos latinoamericanos (especialmente de algunos estratos en Bolivia) es tan parcial, que todo resentimiento por un hecho que la evolución más que dinámica de la historia que no siempre es infalible pero que es inevitable, no puede evitar creer que ante todo hubo un encuentro de dos mundos, de tal manera que, si algún viaje en el decurso de la historia de la humanidad tuvo de trascendental, aún más que el viaje a la Luna, fue el de 1492; por eso no debe extrañar la categórica afirmación de Francisco López de Gómara que sostiene que “la mayor cosa, después de la creación del mundo, es el descubrimiento de las Indias”. 

Y no como  exaltación política y espiritual de España en el Nuevo Mundo, sino como hallazgo que permitió echar las bases para una proyección americana en el ámbito mundial, que los siglos que le siguieron probaron que fue vital para el hemisferio occidental del planeta. 

Ahora, negar que ese encuentro del que finalmente ambos sacaron provecho fue durante casi cuatro siglos desigual por donde se lo vea, es cosa distinta.  La superioridad tecnológica de una cultura sobre las culturas de este lado del orbe, que poseía otras riquezas, fue determinante como para que aquélla opaque en cuanto tuvo a su alcance las virtudes de ésta, imponiendo las suyas y, por si fuera poco, progresando una buena parte de Europa con los tesoros que los fecundos suelos de las Indias (que resultaron no ser tales) tenían. 

En cualquier caso, el descubrimiento puramente intelectual de América cuando en realidad Colón creyó estar en las Indias orientales, se debió a otros navegantes. Y aún más: estudios serios dan cuenta de que varios siglos antes del genovés, los vikingos ya habían transitado el continente. Por todo eso parece muy razonable añadir la tesis de Borges, de que “le birlaron a Colón la gloria de su accidente”.

Todo lo anterior deviene una disociación de hechos que pudieron haber ocurrido y que no son secreto para nadie que se interese en los prolegómenos de la cultura europea en el continente americano. Es una labor poco menos que estéril e inacabable el buscar culpables de una invasión, especialmente cultural (que es la que más parece doler a los todavía existentes renegados de la fusión que derivó en un mestizaje también inevitable), mucho más si traspuesto casi un cuarto del siglo XXI el mundo se dirige vertiginosamente hacia una globalización ya no únicamente tecnológica, económica o social, pues es ocioso pretender ir contracorriente e impedir también una simbiosis en aquél ámbito.

 Promocionar un debate sobre el carácter ontológico del tal encuentro o invasión de un mundo sobre otro del que parece ya tuvieron conocimiento antiguos navegantes, entra en la categoría de estéril. ¿Cuál es el justificativo sociológico, entonces,  de condenar o lamentar hechos que la historia de suyo hace inexorables? ¿Podríamos anclarnos en una mirada solo expectante de lo que otras culturas tienen de bueno, para sólo conservar la pureza de una raza que hace muchos siglos la perdió? ¿Existen razas puras en el mundo? Quizás. 

Sin duda el mestizaje se ha extendido por todas las latitudes. Su presencia en el mundo no es únicamente innegable, sino beneficiosa a estas alturas del desarrollo de la historia. Nadie puede vivir prescindiendo del otro. Nuestro país, sin ir muy lejos, conserva aún aborígenes que en grados distintos se nutren de los adelantos de la civilización occidental, y las etnias que aceleradamente van extinguiéndose de la escena demográfica, deben esa su suerte a que no tienen acceso a las ventajas de civilizaciones más desarrolladas. 

Por todo ello, resulta primero injusto y segundo estúpido disfrazar cualquier expresión de rebeldía con actuaciones como las que con regularidad se ponen en escena en nuestro contexto latinoamericano. Esas representaciones burdas, de falsos patrioterismos y con tintes circenses que los colectivos marginales, las feministas, los indigenistas (cuando no revalorizan su visión cosmogónica éstos, o el reclamo de sus derechos y capacidades que el tradicional patriarcalismo les ha negado por siglos a aquéllas), no son más que la expresión de un atraso intelectual que se debe superar. Basta de acomplejamientos expresados en la destrucción del patrimonio o propiedad pública o privada.

Destrozar monumentos, que más allá de lo que representan son piezas de alto valor intrínseco para las bellas artes, como en pasados días sucedió con la escultura de El Prado y de la plaza Isabel la Católica, es muestra de una intolerancia de grupículos ideologizados sin trascendencia intelectual, aunque altamente populares y nocivos para la convivencia civilizada. 

Ninguna estatua merece ser vestida con una pollera y una manta que representan el orgullo de la chola y su pasado hispánico, y ninguna obra del patrimonio cultural puede ser impunemente untada con sustancias que no son parte de su composición original. ¡Qué descaro! 

La historia del mundo está escrita por sucesos que no son posibles de borrar, y no hay por qué lamentarlo. Si algo está en el imaginario colectivo como impropio de haber ocurrido, es simple: la realidad a veces rebasa el entendimiento y se convierte en un juego peligroso de apariencias. El choque entre Europa y las Indias fue fundacional, y quien lo niegue está negando su propia realidad y existencia. Ya es tiempo de respetar los códigos de convivencia civilizada. 
 

 

 

 


   

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