Homenaje

Ana María entre fronteras

“Me deslumbraron su perspicacia política y su irreverencia ante el poder. Ambas, según ella, producto de su trabajo de tantos años como periodista”.
domingo, 25 de octubre de 2020 · 00:00

Carmen Beatriz Ruiz 
Comunicadora social

Mi primer contacto con la periodista Ana María Romero de Campero fue cuando la entrevisté, en La Paz, siendo ella corresponsal de la agencia alemana de noticias DPA (1983). Me quedaría, creo que para siempre, con la fuerza de esas primeras impresiones: esa mujer era un cóctel de inteligencia, calidez, intuición, fortaleza, sensibilidad y apertura hacia lo distinto. 

Posteriormente, hubo sucesivos encuentros, como el almuerzo de celebración que organizó el Círculo de Mujeres Periodistas con ocasión de la designación de Ana María como subdirectora del periódico Presencia; la cercanía que tuvimos a través de Juan Cristóbal Soruco que tuvo un doble karma: ser mi marido y su jefe de redacción cuando ella dirigió ese mismo periódico, y las entrañables sesiones de té muchos domingos en su casa, donde convocaba a variopintos grupos en los que se mezclaban generaciones, intereses y posiciones políticas.

A través de esos encuentros se podía escuchar, de viva voz, testimonios de actores destacados de acontecimientos de la política y la cultura en el país; antiguos adversarios recordaban sarcásticamente anécdotas compartidas y, cómo no, curtidos periodistas describían y testimoniaban sobre momentos críticos de nuestra historia.

Encuentros que retrataban fielmente el espíritu transfronterizo de Ana María entre dos mundos, el pre y el post Revolución Nacional, su “vocación de cronista” y su disposición a atravesar los linderos que nos encierran en una época, unas ideas o una posición. De ahí provenían también su memoria vital y su apertura a lo nuevo sin perder las conexiones con el pasado.

La trayectoria de mis acercamientos con Anita culminó en la más fuerte y sostenida experiencia durante nuestro trabajo en la Defensoría del Pueblo (1999 -2003). Fue entonces cuando pude experimentar que casi cada una de las virtudes que me deslumbraron en esa primera impresión tenía una contrapartida desafiante. La inteligencia podía ser también desconfianza, la fortaleza, descarnada exigencia; la intuición y la apertura se volvían un desesperante hábito de revisar, corregir y no cerrar (casi nunca) productos y procesos, y la sensibilidad convivía con la obstinación. 

Siempre me deslumbraron su perspicacia política y su irreverencia ante el poder. Ambas, según ella, producto de su trabajo cotidiano de tantos años como periodista. Sin embargo, estoy segura, y lo dije en un anterior artículo, que venían de más lejos, que las mamó desde su infancia con un padre militante falangista y perseguido político, además gran bailarín y seductor… herencia de familia. 

Legado que incluyó, también, un retintín de desconfianza hacia los partidos políticos, particularmente hacia el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). La perspicacia política se expresaba en dos de sus refranes favoritos: “piensa mal y acertarás”, y “conozco las uvas de mi majuelo”.

Recuerdo, por ejemplo, dos ocasiones ilustrativas. Una fue la primera reunión con un recién elegido superintendente, que la visitó en la oficina como un gesto de cortesía hacia un par en instituciones concebidas como estatales no gubernamentales. 

Cuando la defensora del pueblo le planteó algunos temas de interés ciudadano para considerar en el área de la superintendencia, la autoridad le contestó que “de esos temas menores” podría ocuparse otras instancias, que la suya estaba para ocuparse de grandes temas”, a lo que Ana María replicó rotundamente –te ocupabas, ahora también debes ocuparte de las necesidades de la ciudadanía de a pie, porque nosotros te estaremos mirando–.

 La otra ocasión fue una visita del presidente Sanchez de Lozada, entonces como candidato (2001), quien le planteaba la necesidad de pedir la renuncia del presidente Hugo Banzer Suarez porque corrían rumores de que sufrían una grave enfermedad –lo que luego se confirmó–. 

Ana María escuchó toda la argumentación política y jurídica, al cabo de la cual sentenció: –en política y jurisprudencia hay, evidentemente, cosas que se pueden hacer, pero no deben hacerse–. Fin de la reunión.

Pero mi admiración se convertía en desesperación cuando me enfrentaba al noctambulismo en sus horarios de trabajo, un verdadero castigo para mí, burócrata con rutinas fijas. Cuando estábamos, supuestamente, terminando las jornadas, generalmente arduas, intentaba pasar sin ruido por la puerta de su oficina, sin resultado, porque por algún secreto super poder, me detectaba y me la encontraba, fresca como una lechuga y dispuesta a seguir hasta que las velas no ardieran.

 O cuando, luego de muchos pasos de formulación y prueba creía llegar al final de un documento, audiovisual o folleto y a ella se le ocurría mostrárselo a alguien más para escuchar otras opiniones o “cambiar sólo estito” … con lo cual el proceso se rizaba y se ampliaba sin compasión de horarios ni fecha en el calendario. 

Quizá el prurito de perfeccionar y la dificultad de poner punto final era su fortaleza en la reflexión y en la construcción de relaciones, aunque la llevó al proceso fallido de su reelección y a insistir en la reedición su experiencia defensorial en un clima político tan adverso. 

Por eso y por muchas otras anécdotas alguna vez dije que hice seis años de servicio militar obligatorio con Ana María en la Defensoría del Pueblo. También digo que lo que logré aprender con ella equivale a varias maestrías, sin contar todo el sedimento que esta mujer incomparable me dejó en el corazón.

 

 

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