Anécdotas

Ana María, según ella contaba

Gonzalo Mendieta cuenta la experiencia de Anamar cuando un expresidente le pidió que prologue un libro de su autoría.
domingo, 25 de octubre de 2020 · 00:00

Gonzalo Mendieta Romero
Abogado

Todos contamos episodios de nuestras vidas para retratar cómo imaginamos nuestra personalidad. Las siguientes anécdotas, que Ana María Romero narraba, desprendían ese sabor.

En 1964, poco antes de la caída de Paz Estenssoro, en la casa No. 2441 de la calle Hermanos Manchego de La Paz (que perteneció a la familia de Anita, donde después funcionó la Fundación Fundemos y ahora hay una guardería) el padre de Ana María se encontraba con otros políticos, entre ellos Luis Adolfo Siles, redactando un manifiesto.

Como Ana María estaba por ahí, su papá la llamó para las tareas a bordo de la máquina de escribir Olimpia de la casa. Ella accedió, interesada en los afanes públicos. Era un ambiente masculino, veterano y politizado, frecuente entre los amigos de su padre (se los denominaba “conspiradores” con admiración, consintiendo a la vez su riesgo de fracaso). 

Gonzalo, su padre, empezó a dictarle el manifiesto en medio de la reunión. Ni bien comenzó a teclear, Anita abandonó su papel y le soltó a su papá que no estaba de acuerdo con una frase. Ella recordaba, con añoranza traviesa, que su papá, al tercer motín de ella frente a la máquina, la sacó “tostando”, como evocaba ella: “mocosa de cuerno, caramba, salga de aquí”.

Ya madre y periodista, oficio para el que estudió de casada, acudió a una marcha de la Federación de Trabajadores de la Prensa en El Prado de La Paz. Debió ser a fines de los años 60 o inicios de los 70, tal vez cuando laburaba en El Diario. Carlos Romero Alvarez-García, su tío y mentor en el periodismo, le consiguió allí su primera pega. Ella anotaba que los Carrasco, dueños de El Diario, no andaban felices por su incursión en los gremios, después de haberle procurado empleo.

En esa marcha politizada, Alfonso Prudencio Claure, Paulovich, la vio pasar en esas filas de periodistas en apronte. Contactando su mirada, Paulo levantó el brazo derecho, enseñándole a Ana María el saludo de la Falange. Era una alusión socarrona a la antigua militancia del padre de Anita, a esas alturas ya fuera de FSB, partido al que renunció más o menos cuando murió Barrientos, en 1969. Para sorpresa de Paulo, Ana María lo miró, sonrió y le respondió levantando el puño derecho, símbolo que el Partido Comunista y otros en la izquierda (no los “troskos”, que empuñan la izquierda) usan para caracterizarse.

Finalmente, un exmandatario de cuyo nombre no quiero acordarme en esta historia, invitó a Ana María a que le prologara su libro. No fue un expresidente con quien ella trabajara ni simpatizara en política, aunque existiera una relación de familia. Me reservo más datos para evitar mensajes de indignación o cartas a la directora, que ya recibe suficientes y mal redactadas. Ana María plasmó y envió el prólogo al interesado, consciente de que no cumplía, decía ella, las obligadas notas de elogio al autor y al libro, habituales socialmente.

Después de un período de silencio, el expresidente pidió visitarla en la casa de Ana María y su esposo Fernando Campero, en la calle Capitán Ravelo, esquina Belisario Salinas, de La Paz. En el tercer piso había un altillo amplio que hacía las veces de sala familiar, de televisión y lectura, adonde llegó el expresidente. Dando vueltas, como buen montañés indirecto e ilustrado, le confió que había leído el prólogo y que, estupendo como era, mejor nomás que ella lo publicara a modo de reseña. Le falto agregar: “como cosa tuya”.

Mientras el expresidente alegaba, blandía en sus manos el texto impreso del prólogo a punto de abortar. Ana María lo interrumpió y le pidió que por favor le prestara el texto. Su interlocutor accedió. Ella, con la firmeza y el tris de suficiencia que poseía, agarró el montón de hojas y lo rompió, descargando los trozos en el basurero. Ante el azoro del veterano político, amigo del padre de Anita, que sólo repetía “pero, Ana Maria…”, ella añadió que la sugerencia de que se publicara “como una reseña” significaba que el texto no servía para el fin buscado y que lo mejor era admitirlo, y botarlo a la basura.

Fue su segundo incidente con ese personaje. El previo ocurrió 15 años antes. Ella le retiró el saludo entonces por una trastada política que le hizo a su papá. Esta vez, Ana María ya no le quitó el saludo al expresidente; sólo hizo flecos ese prólogo con pinta de reseña. Qué carácter, Anita. Te extrañamos.

 

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