Mesa, Camacho, Murillo y Ramsés

Mesa no supo llegar a la gente con una campaña diferente, Camacho se sobrevaluó a niveles siderales y Murillo aportó con su torpe gestión.
domingo, 25 de octubre de 2020 · 00:00

Augusto Vera Riveros   
Abogado

Con seguridad, si CC ganaba las elecciones, o al menos forzaba una segunda vuelta, nadie se hubiera percatado de sus falencias en la campaña (aunque en honor a la verdad, uno que otro analista anticipó algunas negligencias en la actitud de Carlos Mesa), pero cuando las cosas salen mal, las críticas llueven y ello no es para condenar de oportunismo; es parte de las reacciones naturales de quienes no esperaban un desenlace como el que el último domingo se dio, determinando que los cuestionamientos afloren para explicar el rotundo fracaso de una oposición al MAS fragmentada.

Pocos días antes del acto eleccionario, Carlos Valverde manifestó que sería la primera vez que un candidato perdería la contienda por flojo. Valverde,  hombre de excesos verbales pero de gran claridad mental, sabe que el candidato por  CC es un intelectual y hombre de Estado de primer orden y que por tanto a esas cualidades no le estaban sacando partido como era de esperarse. Por otro lado, ningún juicio ecuánime puede clasificar al expresidente de corrupto o comprometido con actos dolosos o de derramamiento de sangre.

Ojalá esas virtudes fueran suficientes para conquistar a un electorado tan abigarrado como el nuestro. La derrota de  Mesa por un margen muy superior al que en otros tiempos era suficiente para hacerse presidente, es materia de un estudio antropológico y social en consecuencia. Pero existe un fuerte componente personal en el excandidato de CC responsable de la catástrofe política. Ya sabemos que el avance en las comunicaciones expresadas en el incontenible progreso de internet, casi definen elecciones en otras partes, pero esas partes tienen un componente cultural y estándares de vida en que ni las edades ni el estrato al que pertenecen limitan su acceso a esa herramienta de la tecnología. 

Mesa no sabe bailar, tampoco toca charango y, con un ortodoxo apego a la norma, este año tampoco estuvo encabezando caminatas o presidiendo concentraciones, que es lo que le gusta a la gente. Ver de cerca a su candidato, estrechar su mano, y en lo posible robarle un beso.  Nada de eso hizo, y eso pesó. Sus tuits diarios o sus centenares de entrevistas en medios de comunicación no fueron suficientes para ganar la simpatía del electorado. Había que arriesgarse a lo que Camacho y Arce hicieron con las medidas de bioseguridad vigentes. Les valieron madre.  

En circunstancias normales, uno podría pensar que el aspirar a algún cargo público, pero concretándonos a la Presidencia del país, es un derecho político de todos y mucho más de un dirigente que ha tenido destacada participación en la revolución de las pititas, como es Luis Fernando Camacho, eso está fuera de debate, pero gran parte de la sociedad leyó que, para el excívico como para el resto de las tiendas políticas autodenominadas democráticas que pregonaron unidad entre ellos para derrotar al común enemigo, la prioridad era impedir la victoria de Luis Arce. Fueron solo palabras sin apoyo fáctico porque, utilizando la fe, el candidato de Creemos hizo gala de un regionalismo recalcitrante que de haber actuado con el desprendimiento que farisaicamente reclamaba de los demás, hubiese cambiado la historia de las elecciones recientes. 

Camacho se sobrevaluó a niveles siderales, creyendo que la política es un ejercicio de posiciones irreductibles. Su decisivo aporte en la movilización de los 21 días quedó sepultado por su soberbia. Lo que demuestra que tampoco es suficiente gritar si no se tiene un programa sustentable y serio de gobierno. En política el diálogo y el consenso son presupuestos a los que ningún buen actor puede renunciar. El expresidente del Comité Cívico Pro Santa Cruz demostró que tiene agallas, pero también las tuvo Mariano Melgarejo y ya sabemos cómo le fue al país durante su mandato. En el occidente, a nadie le importó que fuera camba, pero compulsaron correctamente que no tenía ninguna posibilidad de llegar a segunda vuelta. Sorprende entonces que un porcentaje cruceño lo vea como un líder emergente, cuando en esa tierra existen pensadores e intelectuales jóvenes de proyección nacional. Luego, tenerlos bien puestos tampoco alcanza para ser presidente. Hablando siempre de Carlos Valverde y su opinión sobre el fracasado candidato, no sé si será cierto aquello de que nunca leyó un libro ni por la tapa. De cualquier manera, las incansables exhortaciones previas al domingo 18, de quienes sí sabían lo de su mesianismo de fantasía,  demostraron que Camacho le hizo un flaco favor a la causa. 

Poco o nada hicieron los estrategas de CC para enervar las acusaciones que decían que con el régimen de Jeanine Añez no tenían gran diferencia. Que un eventual gobierno suyo, sería nada más que la prolongación de las políticas de la accidental presidenta.  Está por demás escribir acerca del desastroso gobierno de Añez, gestión con que, guerra sucia de por medio, la ilusa alianza Creemos se encargó de endilgar a Mesa nexos programáticos con ella. Consolidar en la conciencia colectiva una asociación de cualquier naturaleza con un gobierno de las características del actual es, por supuesto, credencial más que eficiente para hundir cualquier aspiración de poder. 

Existen varios factores para la derrota de Mesa; uno de ellos fue su indiferencia para denunciar los varios desaciertos del gobierno de transición; especialmente cuando el locuaz ministro de Gobierno, quien más bien se tomaba un cafecito “casual” con el jefe de campaña de CC, vociferaba para dejar sentado que con él no se juega y al mejor estilo de lo que por tantos años criticamos, Arturo Murillo fue el que con su perfil excesivamente duro cuando convino a sus intereses políticos llamó cobarde a Mesa para luego sumarle abiertamente su apoyo. Pero en el argot político, bien se dice que hay sumas que restan. En una cartera ministerial de tanta sensibilidad política como es la de Gobierno, no puede estar a la cabeza la abadesa de las Hermanitas Ursulinas, eso es evidente, pero tampoco alguien de tan pocas luces y de tan torpe desempeño como Murillo.  

Por último, hacer vaticinios es una de las labores menos provechosas de la vida. Ramsés II, aquél notable faraón del antiguo Egipto, ha de estar quitándose las vendas, que por miles de años lo cubren, para ajustarle cuentas a su homónimo por haber mancillado su nombre. Moraleja: tampoco hay que creerles a los videntes. 
 

 

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